22 mayo, 2015

CONVERGENCIAS CULTURALES
EN LA REGIÓN Y CON ALEMANIA
Julio Escoto MA

30 AÑOS DEL SERVICIO ALEMÁN
DE INTERCAMBIO ACADÉMICO (DAAD)
San José, Costa Rica - Mayo 13, 2015

…la ciudad alemana de Berlín marcó el inicio del mundo bipolar (USA-URSS) en Mayo de 1945 con la toma por el Ejército Rojo del parlamento alemán y fue esta misma ciudad la que marca el principio del mundo monopolar y el inicio de la globalización capitalista neoliberal con la caída del muro en Noviembre de 1989.

A Helmut Lutz, maestro cervecero.

A
ntes de escribir la primera palabra de esta plática, llamada conferencia, tuve muchas dudas e inquietudes.
El director, Michael Eschweile, me había pedido referirme al proceso de construcción académica forjado desde el DAAD en los pasados treinta años, pero debí declinar tan honrosa distinción pues soy inexperto en el tema.
Propuse más bien derivar esa indagación hacia el proceso de influencias culturales generadas por la cultura alemana en Centroamérica, hasta desembocar en la exitosa como extraordinaria labor del DAAD, ya que allí me sentía más cómodo.
Comencé entonces una ambiciosa búsqueda de informaciones interesantes y partí a revisar mis libros, revistas y folletos en torno a la materia, ocurriéndome con que a cada entrada en mi biblioteca, a cada tomo que exploraba para comprobar lecturas previas, el mundo de la presencia alemana, en general, se abría como selva frondosa que amenazaba tragar el tema de mi conferencia.
Allí descubrí que al primer germano que llegó a León, Nicaragua, en 1810, la gente lo llamaba, por no poder pronunciar el nombre, “Don Alemán”, quizás originario de Hamburgo o Bremen, y que era un comerciante que vendía “productos del país como cacao, índigo, cochinilla, nácar, carey, hule, así como también importaba artículos europeos[1]”.
Décadas más tarde, en 1881, la institutriz María Soltera, que viene contratada desde Londres, mientras viaja de Amapala a San Pedro Sula se encuentra con un prusiano, el Dr. M. G. Gaertner, por veces nombrado Fritzgaertner, quien llegó a ser minero y geólogo del gobierno hondureño. Gaertner es el fundador del segundo periódico en idioma inglés publicado en Centro América, el bisemanario Honduras Progress[2].
Casi al mismo tiempo, en 1880, el alemán W. Goodyear concluye el primer reconocimiento científico de los volcanes de El Salvador, de los que cataloga 177, y tiempo después Karl Sapper extiende esa investigación y publica su densa obra “Volcanes de América Central” (1925).
Cuando se reorganiza la Escuela Militar hondureña, en 1904, surge otra influencia alemana indirecta al contratarse al Capitán chileno Luis Oyarzun, quien establece planes de estudio y disciplina calcados del ejército de Chile, a su vez saturado con influencias alemanas desde 1885. Encanta a la tropa el nuevo fusil Mauser Werke y las tesis de estrategia son esencialmente prusianas[3]. Entre sus egresados surgen los luego generales Vicente Tosta Carrasco y Abel Villacorta, quienes además formaron parte del cuerpo académico de esa escuela militar. Otro graduado de la Escuela Superior de Guerra del Imperio Alemán. Terencio Sierra, llegaría a ser presidente constitucional entre 1899 y 1903.

Consulado de Alemania

Situado en 2ª calle y 1ª avenida de San Pedro Sula. Sentados: don German Gastel (izq.) y Eduardo Kraft. De pie: Pablo Meyer y Alfredo Gerhart; ca. 1925. Del libro Centro Editorial. IMÁGENES DE SAN PEDRO SULA, 2002.
n

A mediados del siglo XIX La Mosquitia era sitio estratégico mundial gracias a la posibilidad de construir allí, vía el río San Juan nicaragüense (San Juan del Norte o Greytown), el canal interoceánico.
“En este contexto el príncipe Karl de Prusia y el príncipe Schonber-Waldenburg, quien también tenía interés en proyectos coloniales ~dice Benjamin Tillman~ dirigieron su atención a la costa misquita. En 1844 el príncipe Karl envió una comisión para investigar el potencial de una colonización. El grupo concluyó que la Costa era apta para tales fines y, de regreso en Alemania, publicó un reporte de sus hallazgos”.
Mientras en Berlín y en Konisberg se fundaban organizaciones para promover y llevar a cabo el proyecto colonizador, los dos príncipes intentaban comprar extensiones de tierra que fueran adecuadas. Pero los líderes alemanes no podían concretar las compras ya que las personas que ofrecían tierras carecían de títulos de propiedad (…).
El gobierno alemán prohibió después promover la migración y el proyecto desapareció, si bien “un pequeño grupo de personas en Konisberg persistió en su intento y adquirió tierras cerca de Bluefields, las cuales fueron vendidas por comerciantes ingleses. Desafortunadamente, cuando llegó a Bluefields, en Septiembre de 1846, el grupo de 107 miembros encontró que los títulos que respaldaban su derecho de propiedad eran ilegales”. “Para empeorar la situación el barco en que se transportaban salió sigilosamente de la bahía sin pagar los impuestos portuarios. Los inmigrantes quedaron abandonados a su suerte y varios miembros del grupo murieron a causa de enfermedades”. Les ayudó Patrick Walter, diplomático británico en la costa misquita, quien les dio medicinas y albergue[4].

n

Tras su independencia, Costa Rica empezó a recibir migración masiva de países europeos, especialmente de alemanes, franceses, españoles, ingleses, italianos y polacos, con menor proporción de países latinoamericanos.
En 1864, siglo XIX, vivían 164 alemanes en Costa Rica, y tras otros noventa (90) años, en 1950, apenas 360, una migración muy pobre.

n

Los Tiffer, de origen alemán, llegaron a Nicaragua hacia 1770, como parte de la armada española. Luis Tiffer fue jefe de las cañoneras del Gran Lago en la década de 1770 y fue quien escoltó a la joven española secuestrada en Juigalpa, Maria Manuela Rodríguez, para viajar con su marido y jefe misquito desde León a Tuapi pasando por Matagalpa, tras matrimoniarse ambos (el Jefe y la Bella) en la catedral de León. Fue una increíble historia de amor entre dos culturas opuestas: española y misquita-inglesa. El primer Tiffer que entró a Nicaragua fue Luis, hacia 1750, quien se estableció en Masatepe y luego entre Nandasmo, Diriomo y Masaya[5].
La inmigración alemana en Guatemala comienza con Rodolfo Dieseldorff, en 1863. Otros grupos siguieron su ejemplo ya que se hablaba bien del lugar y lo que más gustaba a los germanos de la Verapaz era su «aislamiento natural, su clima templado y su suelo fértil, y las posibilidades de desarrollo agrícola y comercial[6]»
Tuvieron buenos resultados porque, a fines de 1890, la producción cafetalera de ese departamento estaba en manos de alemanes. Los primeros colonos eran jóvenes con recursos propios, apoyo de familiares y garantías crediticias de firmas comerciales para iniciar empresas agrícolas o comerciales, además de facilidades que incluían líneas navieras hasta el comprador en Alemania5
Los alemanes se organizaron en una comunidad unida y solidaria. Hacían sus actividades sociales en el Club Alemán o Deutsche Verein, en Cobán, fundado en 1888.

SIGLO XX
El siglo XX europeo se inicia con una intensa descomposición social que obliga a las gentes a buscar respuestas políticas y económicas desesperadas. El imperio español se ha debilitado pero han tomado fuerza los regímenes autoritarios en Francia, Holanda, Inglaterra, Prusia y Bélgica, que influyen en América.
Se habla de una cultura idealista, seguidora de Platón, y dos filósofos alemanes, Kant y Hegel, imponen su pensamiento en las universidades del mundo, pero también de culturas anarquistas, que no creen en ningún principio de autoridad y uno de cuyos actos ~el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo (Junio, 1914)~ inicia la primera guerra mundial. Durante ese conflicto el presidente salvadoreño Carlos Meléndez, junto con México y Argentina, se niega a declararle la guerra a Alemania hasta que es forzado por Estados Unidos.
Si hasta el siglo XIX Alemania era muy visible en el istmo centroamericano debido al número de sus ciudadanos que cruzaba rumbo a California por las rutas de Panamá y del lago de Nicaragua, a inicios el siglo XX lo que estremece a las comunidades del mundo, y por ende latinoamericanas, es el pensamiento de un ciudadano alemán, Karl Marx, cuyo materialismo revoluciona ~es el término correcto~ a las sociedades.
Marx desarrolla una teoría de la lucha de clases que va a servir como argumento político a generaciones de pensadores de izquierda y revolucionarios, quienes consideran, como Marx, que lo que empuja a la historia es la tensión irresoluble entre pobres y ricos. Otros dogmas marxistas, como la tesis de la dictadura del proletariado, la extinción de la propiedad privada y del dinero, así como del Estado mismo, originaron interminables, incluso cruentos debates, a lo largo del siglo XX.
Pero también el arte alemán crea, junto a otros aportes, nuevas estéticas y fija cánones, alienta gustos internacionales. Aunque sus composiciones provienen del siglo XIX, es en el XX cuando Ludwig van Beethoven se impone como registro supremo, equilibrio clásico, patrón ejemplar, con sus diversas sinfonías, estudios y conciertos. La Quinta de sus sinfonías (Opus 67) es la polifonía interpretada mayor número de veces en escenarios musicales.
Antes de él fue Wagner, a quien inspiró otro hosco aunque visionario filósofo, Federico Nietzstche, fallecido en 1900, quien afirmaba que el hombre culto y sensible está más allá del bien y del mal, lo que le confiere superioridad. Los amantes centroamericanos de música consideran a la ciudad de Bayreuth, donde vivió Wagner, como la meca de la ópera.
Nietzstche aparece citado en artículos y poemas de casi todos los autores de los movimientos modernista y postmodernista latinoamericanos, desde Rubén Darío y Juan Ramón Molina a Rafael Arévalo Martínez[7].
Por estos y otros factores de cultura el siglo XX de nuestra historia está plagado de presencias alemanas.
El compositor de la música del himno nacional de Honduras (1904), Carlos Hartling, es alemán, y en su factura se escucha, al fondo, el redoble de los fastos prusianos[8]. Juan Gaspar Stork, de Colonia, fue nombrado Obispo de Costa Rica en 1904, tras haber enseñado en el Seminario de San José durante una década, y apellidos como Thiel, Niehaus, Effinger (Ministro de Obras Públicas, 1930), Rohrmoser, Bolandi, Orlich, son frecuentes, habiendo sido veinte de ellos diputados y ministros[9]. En Guatemala el presidente Jacobo Árbenz Guzmán era de ascendencia germana, en tanto que en Honduras el Arzobispo Agustín Hombach, originario de Colonia, gobernó la iglesia local durante una década (1923 a 1933).
Las primeras cervecerías en Guatemala y Honduras fueron fundadas por alemanes[10], mientras que en Amapala, Golfo de Fonseca, los mejores establecimientos comerciales ~no siempre honestos~ eran de alemanes[11]; el único edificio que resistió los terremotos de 1931 y 1972 en Managua fue el Palacio Nacional, construido por Theodor Hocke, de la misma forma que el barrio Sajonia de esa ciudad se titula así porque allí fundó un taller mecánico con tal nombre el ingeniero alemán Julius Wiest, llegado de Württemberg a fines del siglo XIX[12].

n

Cuando la segunda guerra mundial, los alemanes que aún residían en Centroamérica fueron capturados, confiscados sus bienes y enviados a campos de concentración en Estados Unidos, habiendo existido también campos de detención en Nicaragua, Costa Rica y la Zona del Canal de Panamá[13].
Varios buques de bandera hondureña fueron hundidos en el Caribe por submarinos alemanes, entre ellos el mercante “Nicolás Cúneo” (Agosto, 1942); el SS Amapala (Mayo, 1942) y varios barcos de la flota de la Standard Fruit Co., que tuvieron encuentros con diversos U-Boats.
En varios países, incluso México, persiste el rumor de que las compañías bananeras llegaron a acuerdos secretos con los capitanes de submarinos para proveerles agua y bastimentos a condición de que no torpedearan sus naves. Esto nunca ha sido probado.

Desde la partitura a la tecnología del café o al fusil Máuser; desde las lentes Schneider Kreuznach a la Escuela de filosofía de Frankfurt[14], a la Bauhaus de arquitectura, o a la Escuela Austriaca de Friedrich Hayek, el intercambio cultural alemán con Centroamérica ha sido extenso, productivo y constante.

COLOFÓN
En la década de 1960 impactaron sobre Centroamérica tres poderosos modificadores culturales. Fueron la minifalda, la píldora anticonceptiva y el Volkswagen.
Con la primera ~la corta pieza de moda (36 centímetros) ideada por Mary Quant~ la mujer adquirió por vez primera el derecho a mostrar la belleza de su cuerpo sin sentimiento de pecado, imposición varonil ni hipocresía. Los machos quedamos tanto sorprendidos como maravillados. El mundo ya nunca fue igual.
Mediante la pastilla anticonceptiva la mujer adquirió por inicial vez la potestad para regular su propia renovación genética. Fuera quedaron las advertencias eclesiales de que hay que tener todos los hijos que dios manda, que el sexo es pecado y que prevenir embarazos es criminal, conceptos medievales sufridos por nuestras abuelas.
Pero, se consultarán ustedes: ¿y el Volkswagen, qué tiene que ver en esta relación…?
Es que en la Centroamérica del siglo pasado los medios de transporte eran obligadamente de estilo rural: carreta, mula, diligencia. Era escaso el transporte masivo. El caballo fue sustituido, en las ciudades, por la bicicleta y sólo muy tardíamente por la motocicleta o el automóvil personal.
Y de pronto arriba en la quinta década un vehículo no sólo de bajos costo y mantenimiento, enfriado por aire y ligero sino que además con capacidad para trasladar de media a una docena de personas y la economía se acelera, los tiempos de compromiso se perfeccionan, el circulante adquiere velocidad, la sociabilidad se incrementa ya que las gentes se ven de cerca, apretujados o no, unos junto a otros y se conocen, se citan, se comunican, posicionan negocios, se enamoran quizás...
El transporte del pueblo nunca fue tan democrático como entonces e incluso, hacen la broma en Tegucigalpa, los buseros aprenden a hablar alemán ya que para comprimir a los viajeros y conseguir más ganancia gritaban: “suban, siéntensen, estrújensen…”

n

Lo anterior permite entonces comprender que el Servicio Alemán de Intercambio Académico no surge del vacío sino dentro de toda una experiencia histórica que hermana a nuestras naciones ~y particularmente a nuestros pueblos~ mucho más allá de un llano organismo oficial.
Cuando se crea al DAAD nace dentro de una tradición de contacto entre Alemania y Latinoamérica que data de por lo menos dos siglos. Es un tejido de asociación donde las dificultades del idioma, la diferencia de cultura y las asimetrías tecnológicas parece que más bien contribuyen a acercar que a distanciar.
Luego de la etapa imperial alemana del siglo XIX, cuando envió sus cañoneras para cobrar empréstitos oficiales, igual que todos los imperios, el peso democrático y civilizador se hizo más vigente que nunca.
Aquellos pioneros que empujados por la guerra, el desarraigo o la ambición cruzaron Centroamérica y se quedaron en ella deben haber motivado, con sus cartas y narraciones a casa, un primer afecto transnacional que rinde hoy maravillosos frutos. De alguna manera logramos insertarnos en el corazón de la comunidad germana y generamos su voluntad de apoyo.
Pienso, sin embargo, que deberían existir niveles más profundos de compromiso entre los becarios del DAAD. La cooperación para el desarrollo implica una praxis del conocimiento, no sólo el conocimiento egoísta de beneficio personal; a Centroamérica no le sirve tener hombres y mujeres mejor formados si estos carecen de principios solidarios, si no se convierten en motores de la transformación y en agentes de cambio.
La cultura no es, obviamente, aseguro de dedicación a los demás pero debería serlo, de lo contrario carece de razón para existir. El sabio que masculla su sabiduría circundado de pobres y menesterosos se vuelve una negación de la marcha de la historia.
Digo esto, para concluir, porque es el espíritu del DAAD, extraído quizás de los cientos de casos que narra la biografía centroamericana en que ciudadanos alemanes avecindados se sacrificaron por beneficiar a sus comunidades.
En 1841 cierta compañía belga fundó una colonia en la costa de Guatemala y escogió como su director a Alexander von Bulow, un ingeniero que ansiaba poblar el istmo con obreros germanos. Bulow consiguió que un rey misquito le autorizara asentar 400 migrantes en Bluefields (1849) pero la colonia fracasó y los alemanes partieron a las ciudades.
Más adelante (185l), con el auspicio de la Sociedad Colonizadora de Berlin, von Bullow trajo tres barcos con migrantes hasta el interior de Costa Rica, particularmente San José. Muchos murieron en el tránsito o en el viaje desde el litoral.
Finalmente von Bullow, enamorado de estas tierras, se unió al ejército liberador que combatía al filibustero de Tennessee, William Walker, quien buscaba apoderarse del istmo para instaurar la esclavitud.
En algún instante de 1856 von Bullow cayó infectado por el cólera y murió aún con la espada en la mano…
Cuando escucho historias tan heroicas como esta siento que quizás fue de allí de donde se gestaron los primeros impulsos de la fraternidad germana con Centroamérica.
Una solidaridad que estamos obligados a corresponder edificando a la Centroamérica de la paz, equitativa, justa y feliz.
Larga vida, pues, al DAAD.
Gracias.



[1] Güetz Von Houwald. “Los alemanes en Nicaragua. Pioneros y emprendedores”. www.manfut.org.
[2] Mary Lester. UN VIAJE POR HONDURAS (A lady’s ride across Spanish Honduras. Londres, William Blackwood 1884). Trad. Anita Herzfeld, notas: Marcos Carías. EDUCA, 1982. ISBN-84-8360-149-4. EL primer periódico bilingüe español inglés debió ser el creado por Henry Gottel en Rivas (1865 ó 1866) con nombre “El Porvenir”
[4] Benjamin F. Tillman. LA INFLUENCIA MORAVA EN EL PAISAJE DE LA MOSQUITIA HONDUREÑA. Guaymuras 2004.
[6] Wikipedia
[7] Julio Escoto. “Prólogo”. TIERRAS, MARES Y CIELOS. Centro Editorial. ISBN-84-8360-037-4.
[8] Originario de Erfurt, nació el dos de Septiembre de 1869, hijo de Jorge y Enriqueta Hartling. Estudió música en Conservatorio del Gran Duque de Weimar, continuó estudios en el de Leipzig, que culminó en la Academia de Música de Munich. Dirigió varias obras musicales para orquestas, operetas y marchas en diversos conjuntos de su patria, además de ser director de una Banda de la Marina de Guerra antes de venir a Honduras en 1896. Roberto R. Reyes Mazzoni. UN PUEBLO EN BUSCA DE SUS SÍMBOLOS NACIONALES. LA HISTORIA DEL HIMNO NACIONAL DE HONDURAS. ISBN-978-99926-33-80-9.
[9] David Tock. German Immigration and Adaptation to Latin America. Senior Thesis in the Honors Program Liberty University, Spring 1994. http:// digitalcommons.liberty.edu/cgi/viewcontent.cgi?article= 1110&context=honors
[10] En 1898 Oertge y Federico Werling fundan en Tegucigalpa la Cervecería Alemana; en 1912 inmigrantes alemanes establecen en Tegucigalpa Cervecería Brema.//“A principios de 1858 Teodoro Kreitz tenía una confitería en La Calle del Hospital frente a Variedades, actual Zona 1. Probablemente aprendió el oficio de repostería con su padre Pedro. Fue precisamente en ese negocio donde también estableció un negocio de cerveza, dando inicio de esa manera a la influencia licorera alemana en aquel entonces y que permanece hasta estos días haciendo eco en La Cervecería Centroamericana”. http://www.afehc-historia-centroamericana. org/index.php/index. php?action=fi aff&id=3590
[11] Bustillo Lacayo. G. EL GOLFO DE FONSECA: REGIÓN CLAVE EN CENTROAMÉRICA. ISBN-00026-28-09-X; Segisfredo Infante. LOS ALEMANES EN EL SUR (1900-1947). Tegucigalpa, Editorial UNAH. 1993; Mario Argueta. LOS ALEMANES EN HONDURAS. Centro de Documentación de Honduras, 1992.
[12] Von Houwald, op cit.
[13] The following nations set up their own detention facilities for enemy aliens of Axis nations: Brazil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Curaçao, the Dominican Republic, Mexico, Nicaragua and Venezuela, as well as in the Panama Canal Zone”. http://www.calms.org/where_we_work/guatemala.html

17 febrero, 2015

LOS QUISIMOS TANTO
Ella fue siempre una maestra; él un destacado alumno. En 1968 ella, Leticia Silva de Oyuela, me invitó a proponer un libro al Departamento de Extensión de la UNAH, quería autores novedosos; en 1989 él, Roberto Castillo, me confrontó tras un evento cultural en que habíamos participado: “me olvida, le ocurre a profesores con muchos pupilos” exoneró piadoso a mi memoria “me educó Español en La Salle durante los años 60”. A ella la miraba hacia arriba, mostraba tanto de que aprender; a él cual colega, su calidad literaria me enseñaba tanto de lo que yo había deseado. De ambos casos, distantes en tiempos, el fruto que quedó fue una cálida y formidable amistad. Acaban de recibir su finiquito ambos, partieron para siempre, terminaron su misión, si bien fórmula tan fría de decir que fallecieron es para no caer en tristeza, los quisimos tanto.
En el fondo esta manera de considerar a la muerte sólo la consigue uno cuando ha cruzado el límite de la tercera edad y sabe que las primaveras se ofrecen pocas, los otoños muchos. Y se comienza a ver hacia atrás y se perdona uno a sí mismo las impropiedades, se felicita por lo que hizo bien, deduce que el viaje no fue gratuito, nos lo impusimos nosotros para cumplir ciertos objetivos y por ende, viendo al calendario, urge finalizar tareas, concluir labores, amarrar al ideal. A veces el mal físico domina y se asiste primero al cansancio de la enfermedad y luego a la enfermedad del cansancio: hay mente lúcida, capacidad para producir, pero las fuerzas anatómicas se reducen. El espíritu entonces se afina y se expresa hondo en la obra artística y en la solidaridad, en la convivencia y comprensión del acá y del más allá, como hizo Lety. Privilegiados como Roberto Castillo lo entienden temprano, desde jóvenes: este mi talento no fue producto del azar, me fue otorgado para guiar a otros.
Y consiguieron sus propósitos. Prueba de ello es el impresionante número de publicaciones que ambos realizaron, aparte desde luego de lo fugitivo: conferencias, charlas, prólogos, intervenciones, entrevistas, manifestaciones. No sé de alguien que se les aproximara sin que recibiera su apoyo. Ni de nadie que procurara su consejo sin que se le condujera a superiores cánones de calidad, sin egoísmo. Pues una característica que los configuró siempre fue su decidida aquiescencia para ayudar a otros, para hacerles ascender, para encausarles su búsqueda desde un libro, una técnica, una anécdota y, por qué no, en algún caso una reprobación. Asistimos ante una de dos condiciones humanas: del intelectual despectivo y soberbio, instalado en vana torre de marfil, o del que ansía derramar sus luces acumuladas sobre los demás. Esto fueron ambos.
Mil obras escritas, empero, valen menos que un gramo de voluntad. Lo impresionante de Lety y Roberto –y que los eleva a íconos de lo mejor del hondureño– fue su deseo de hacer trascender, por medio de la cultura, al resto de la población. Sus textos no son juegos retóricos y caprichos de la palabra sino asentados fundacionalmente en lo nuestro, como si alumbrando con sus dones el camino se volviera menos árido el camino social, particularmente en los campos del nacionalismo y la identidad colectiva. Desempolvaron, estudiaron, investigaron, bregaron como gambusinos en una veta que sabían ricamente abundante y que era la personalidad –móvil, fluida, densa como es siempre– de su pueblo para tratar de fijarle momentum y de allí extraer conclusiones. Leticia desde la microhistoria y exégesis del arte hondureño; Roberto desde el pensamiento filosófico y la imaginación narrativa, pero invariablemente con valentía, honor y dignidad. En el panteón de las almas creativas merecen túmulo propio.

Personalmente añoraré de ambos su bondad comprensiva y su altura humana, su amistad que honré tantos años; emergen de la doble caja de la memoria las anécdotas. Su rectilínea amistad, diría, sin doblez ni falso compás, sin recelo superfluo. Su cariño prontamente expresado, su vitalidad y humor. A Roberto le advertí, la última vez que conversamos, sobre una broma que hago de él en mi próxima novela, y rió; a Leticia le canté un feliz cumpleaños tras la ventana en Agosto del año anterior. Ambos fueron grandes, gracias a dios que los conocimos y disfrutamos.
Excepto que no pervivieron solos. Si en algún futuro día tengo que ver con la estatua que se les alzará en alamedas voy a exigir terminante que junto a Roberto esté en el mármol Leslie, que lo cuidó conyugalmente y sobre todo con desespero y privadísimo amor en los finales días buscando su salud; y junto a Lety imposible que faltara Félix, su indómito escudero, amanuense, taquígrafo, solícito esposo y convencido cómplice en la inspiración. Para que se vea que cuando amamos amamos mucho más de lo que vemos, que los sentimientos nobles manan de aquellos a quienes admiramos pero que a la vez nos enraizan, nos multiplican en redes benefactoras de carácter social multiplicadas hasta el infinito. Que hermoso ejemplo nos prodigaron estos dos. Merecen, ganaron abundantemente la paz.
(Columna “Con otra Óptica” en Diario El Heraldo)

SOBRE LETICIA DE OYUELA

(Diario El Heraldo)

1-hableme un poco del libro “Constructores Artísticos entre Siglos”, que será lanzado el martes en Tegucigalpa.
JE: Lo siento, todavía no lo conozco.
2-Como surge su amistad con Leticia de Oyuela

JE: En 1967 yo había ganado un modesto premio literario en la Escuela Superior del Profesorado, con tres cuentos todavía medio costumbristas, y en algún momento llegué a regalarle un ejemplar a Lety, que por entonces estaba en la UNAH. Se interesó y me preguntó si tenía otros. Efectivamente yo estaba trabajando en un libro de cuentos más ambicioso y año y medio más tarde, cuando Lety estaba en la editorial de la UNAH, se lo presenté. Lo aprobó y editó, pero lo más importante para mí es que me señaló que esos cuentos ofrecían una factura diferente a lo tradicional en Honduras y me alentó a proseguir escribiendo. Fue el inicio de una amistad prolongada y siempre llena de cariño y respeto mutuos.
3-Hableme de ella como persona y amiga
JE: Lo que aún me maravilla de ella es su increíble capacidad para acumular información y relacionarla. De ella aprendí a ser un procesador de información, un transformador de la misma, cosa que hago en mis escritos. Es probable que a ambos se nos recuerde no por haber inventado algo maravilloso sino por haber reflexionado mucho sobre lo que la gente sabe o medio sabe pero que es incapaz de interconectar. En ese campo Lety era una maestra del uso del conocimiento y como tal se prodigó a mucha gente que agradeció o no agradeció su colaboración. En mi caso, como era algo menor que ella y yo quería llegar algún día en el futuro a poseer ese dominio de alguna o varias materias, le expresé siempre admiración. Esa manera de agradecimiento que es la admiración llevó a una amistad muy sólida donde ambos nos respetábamos y sobre todo no nos mentíamos ni engañábamos, ni siquiera por etiqueta social. Lety fue una amiga de profunda raíz ética, que es la virtud que más admito en las personas.
4-Hableme de ella como profesional
JE: Leticia fue muy rigurosa en la búsqueda de la información, es decir en los procesos de investigación y consulta, pero no así en el procesamiento de ese material, dentro del cual se permitía libertades creativas e imaginativas, siempre como propuestas de interpretación. Esto ocurría por su misma y enorme capacidad de relacionar informaciones. Así, un dato histórico sobre Tegucigalpa, por ejemplo, le permitía deducir características de personas en esa ciudad, o de colectividades, algo a lo que no se atreve el historiador común, quien se ciñe rígida y escrupulosamente al dato. Lety exploraba ese dato, lo hacía explotar, no porque impusiera sobre lo exacto la imaginación sino porque tenía mucha fe en sus deducciones. Cuando se le lee debe comprenderse, por tanto, que en sus textos existe una base concreta de realidad pero igual una superestructura de indagación. Si muchas personas comprendieran esto se darían cuenta de que fue un método suyo de trabajo, no un defecto o error.
5-Hableme de su legado
JE. La ciudad malagradecida que es Tegucigalpa nunca reconocerá su legado, probablemente. Y ello porque, como Leticia misma lo señalaba, la ciudad se despersonalizó, se distorsionó, empezando en 1970 dejó de ser lo que originalmente era para convertirse en otra cambiante y sin sustento. La burguesía capitalina, que en diversas épocas tanto peleó por salvar al país, al final, es decir ahora, fue sustituida por arribistas y por gentes que carecen de raíz en ella. Por tanto, si esa población no vibra, no se reconoce con su medio, menos para que reconozca el legado de Leticia.
Ese legado es una vida íntegra dedicada al estudio de Honduras pero sobre todo de su ciudad Tegucigalpa. Es una interpretación permanente del alma de Tegucigalpa y Comayagüela, es la búsqueda de las voces de antaño en los labios de hoy; es la comprensión de cómo la luz, la montaña, los vientos, la piedra, el canario pertenecen a un determinado entorno y formulan con ello una personalidad social. Cosa que desde luego no se hace sino con intenso amor.
6-Qué distinguió a Lety de Oyuela de los demás escritores de su genero
JE: La indagación permanente, la búsqueda insomne de alguna forma de verdad. No es que otros artistas no tengan esta virtud sino que ninguno otro de ellos, con excepción del ya también ido Ramón Oquelí, la transformó en obsesión. Pensar la historia 24 horas al día es agotador, pero igual puede convertirse en orgasmo intelectual. Caminar y sentir, especialmente eso, sentir, que bajo cada piedra urbana se oculta una anécdota histórica, un suceso político, un júbilo, un crimen, requiere no sólo ser profundo conocedor sino también intenso imaginador.
7-Si tuviera que describirla como la definiría en pocas palabras

JE: La última heroína de la cultura hondureña del siglo XX.
(Retrato por Johnny Mcdonald, 1988).

06 diciembre, 2014

Para leer texto picar con el puntero sobre la página










De izquierda a derecha: Manlio Argueta (El Salvador), Ernesto Cardenal 
(Nicaragua) y Julio Escoto en el evento "El amor y la Palabra", Bogotá, 2002.

07 noviembre, 2014

Sobre
Magos Mayas Monjes Copán

Comentario del Licenciado Omar Pinto,
Profesor de UNAH-VS y Gerente de Librería Caminante

E
n su más reciente obra literaria, Julio Escoto reivindica  que el futuro del libro no debe estar en parámetros meramente mercantiles sino en la calidad literaria.
Con este libro, el autor consigue que el lector reproduzca en su imaginación espacios y lugares por todos conocidos pero teñidos en esta ocasión, de una fuerte carga dramática.
Siento que es del tipo de novela Negra tal y como la definió Raymond Chandler en su momento ya que refleja el mundo del crimen y debe su nombre, entre otras cosas, a los ambientes oscuros que suele reflejar.
La vorágine de acontecimientos atrapa desde las primeras líneas al lector, guiándole por reconocibles escenarios y ambientes tan actuales como la situación que vivimos en estos momentos difíciles en nuestro país.
El autor encara con soltura y un estilo trepidante que narra de Yax-Pasah que vive, (en la novela), momentos de gran intensidad emocional y cuyo destino queda marcado para siempre. Por otro lado, la capacidad que tiene el ser humano para sobrepasar sus propios límites es otro punto fuerte de una historia en la que, con cierta maestría, Escoto sumerge al lector desde la primera página y se pregunta cuestiones como si seríamos capaces de hacer por salvaguardar nuestro estilo de vida o hasta dónde llegaríamos por evitar que se llevaran de nuestro lado aquello que más queremos. Nada más.


Diciembre 10, 2009.

05 noviembre, 2014

Se recomienda:
ANIMACIÓN PARA
MAGOS MAYAS MONJES COPAN
NOVELA

AUTOR JULIO ESCOTO / LITERATURA / HONDURAS

EN:

http://rafavalrios.blogspot.com/2014/05/magos-mayas-monjes-copan-novela-autor.html

(Portada de la edición de URUK Editores, Costa Rica, 2014)
Verdad tropical, verdad kitsch en
El génesis en Santa Cariba de Julio Escoto

Dr. Héctor M. Leyva
Universidad Nacional Autónoma de Honduras

Si hubiera que calificar con una palabra la última novela de Julio Escoto, habría que decir que es espléndida. Espléndida en el sentido de extraordinaria y en el de brillante. Por una parte la novela recorre una estética posmoderna novedosa en Honduras, y por otra, se halla lograda con gran dominio del oficio, con el lenguaje maestro de las obras maestras. En cierto modo es el arribo a tierra firme de un narrador que ha navegado largo tiempo y que por fin conoce todos los secretos de la isla que buscaba. Aunque también es cierto que conviene al lector advertir los atractivos pasionales que tal esplendidez comprende porque, como no podía ser menos, la obra encierra un sortilegio.  
La novela de Julio Escoto trata de un pecado y es el de la seducción por la sensualidad. Su obra es la del disfrute de ese lenguaje neobarroco, propio del realismo maravilloso, capaz de fagocitar inagotables mundos imaginarios, y es también la seducción por la rotunda pasión sexual, generalmente atribuida a los trópicos, que como sostiene la novela podría ser uno de los rasgos más profundos de la identidad y el supremo impulso vital. En este sentido, la novela es un pecado y una provocación. Un entender la literatura como disfrute, que confronta la seriedad del arte difícil y del torturado realismo, y un celebrar la pasión libidinal tropical como aquello que le falta al mundo.
Entre todas las regiones, el Caribe quizás sea la más irreal. Archipiélago de tumultuosa historia pero sobre todo arrecife de sueños. Escollos y cordilleras semisumergidas poblados por ubicuos habitantes que han alentado el vuelo de un imaginario desarrendado, especialmente en la literatura. Imaginario del desorden y la autodestrucción, pero también del amor. La novela de Julio Escoto es entrega feliz a una de sus islas, Santa Cariba. Una isla imposible, construida en el mismo acto de contarla y que viene a ser más bien la proyección de un portentoso deseo de fecundidad y alegría.

“La costa se encendía con brillos fatuos –nos dice la novela- cuando las mantarayas anidaban en la playa y el viento oreaba a los cocoteros espumando la savia de sus frutos, que colgaban de los penachos como gárgolas de amor… (p. 10).

Las metáforas convocan el paisaje en el disfrute sensorial que provoca su dinamismo y su sustancia interior. La isla es un juego de reflejos (“brillos fatuos”, “espejos rotos”), un concierto de ruidos (“bostezos de pelícanos”, “ronquidos de peces”) y especialmente es refluir de substancias (cocoteros que “espuman savia” en “gárgolas de amor”, luz de mediodía que es “esperma de mercurio”).
Todo en la isla está modelado por el sentimiento, “sus farallones” dice el enigmático narrador (a quien se atribuye el lenguaje de la novela) eran “redondos y con paisajes tan lúbricos que sólo provocaban echarse a la hamaca para hacer el amor o meditar”. La situación es tan idílica que algunos extranjeros que llegaban se echaban a dormir y se despertaban ancianos. Los propios caribanos vivían en tal armonía con su mundo que confundían lo que soñaban con lo que era real y solían soñar lo que iba a acontecer. Hambre no se padecía pues los frutos del mar y de la tierra se prodigaban en abundancia. Más que eso añade el narrador “los suelos eran tan fértiles que escupíamos y brotaban hongos contumaces” (p 40-42).
La sensación del lector ante las descripciones de la isla es comparable a la que suscita el famoso mural de una adolescente pintora en la novela, que recrea con tal verismo los frutos tropicales de la isla que a los espectadores se les hacía agua la boca de sólo verlos: “…aguadeaban las encías ante el dulzor de las piñas, anonas, guayabas, caimitos, naranjas y mangos de la cornucopia tropical retratada” (p 217).
La idea de una prosa narrativa que se entrega a la incorporación del imaginario caribe como disfrute de un banquete suculento, tal vez sea apropiada para describir la novela en su conjunto, aunque por la relevancia de los apetitos sexuales, quizá incluso pudiera entenderse como seducción por la orgía en sus dos sentidos de banquete y goce erótico. El narrador comulga con el pueblo caribano en la celebración de la eterna y sensual primavera que los alberga a todos:

“Cariba lucía entonces –dice el narrador- un prodigioso chal de aroma a guayaba y exhalaba un penetrante aliento a infusión de anona, cuyas mónadas ingresaban a la nariz y anidaban en la cabeza volviendo a hombres y mujeres gran árbol de ramas que se buscaban, perseguían y enlazaban como si sus raíces pulpares fueran una sola congestión vegetal. Pájaros de vuelos insospechados picoteaban los huertos y la imaginación haciendo del universo una maravilla inconclusa, gran tapiz, retablo feraz donde bastaba querer concebir para salir preñado” (p134).

Los aromas de las frutas son afrodisíacos por compartir la misma sustancia amorosa de la isla que contagia a los hombres y mujeres que se buscan entre sí como las ramas de un gran árbol.
La novela sorprende a los habitantes en un momento edénico, anterior al parto de la historia cuando eran una olvidada aldea de pescadores. En efecto ahí el tiempo no había sido descubierto y sin que se entendiera a cabalidad el por qué o el cómo, el hecho es que habían venido a juntarse hombres de distintas razas y de las más remotas procedencias. El pueblo había venido fraguándose por la mezcla fuerte de sus cuerpos:

“…fundíanse salivas, razas disímiles se hacían melaza de endulzar pan” (p 11).

En un momento, sin embargo, son visitados por los ingleses e ipso facto son sometidos por la fuerza de los cañones. La colonización los humilla y los presiona a dejar de ser lo que eran. Los ingleses arriban con costumbres antinaturales como las de controlar las emociones y también las de fingirlas; lo mismo que con ideas degradantes con respecto al sexo. Pronto desleales y rencorosos mestizos se suman como testaferros a las esferas del poder y aparecen prelados católicos y militares que llegan a conformar una oligarquía aún más tiránica para los caribanos. Bajo la influencia de los hombres de la iglesia se condena abiertamente toda forma de disfrute del placer y especialmente el sexual. El alma de los caribanos se ve así gravemente aherrojada.
Ahora eran “una perla en el majestuoso anillo verde británico” (p 40), habían perdido la libertad y la inocencia, pero casi al mismo tiempo también habían comenzado la lucha por recuperarlas y recuperarse a sí mismos. Al principio los caribanos yerran en sus esfuerzos libertadores y algunos líderes como Crista Meléndez (encarnación de Jesucristo en una mulata) caen muertos bajo la represión (Crista falla porque su prédica era quizás un punto pasada de moralizante y mística). No obstante, otro líder, Salvador Lejano, viene a dar con el secreto crucial del pueblo caribano y tal vez por ello consigue conducir al triunfo la revuelta antibritánica. Después de haber estudiado marxismo y otras ciencias materialistas, llegó a descubrir que “…el motor de la especie radicaba en su centro sexual” (p193).

“Se trabajaba para asegurar la manutención, cierto, [pensaba Salvador Lejano] pero se escribía, pintaba, tallaba y musicaba con apetito sensual. El varón [decía], era máquina de poblar… codiciaba muslos, brazos y nalgas no por estéticas sino por anunciar fuerza, y las mamas que ellas traían enclavijadas al costillar eran, en la más pura conciencia animal, bastimento para la tribu, seguridad alimentaria. No nos equivocáramos, al fondo de la reproducción no quedaba sitio para poesías, nos amasábamos de la más cruda exigencia…” (p193).

Descubierto el reclamo más íntimo de su ser por este lúcido líder, los caribanos  obtendrán la independencia y lo entronizarán en el poder, aunque con él y con los infaltables enemigos surgirán nuevos peligros que deberán volver a ser enfrentados. Su verdad esencial, sin embargo, se les ha hecho perfectamente clara y esa será su principal esperanza.
La idea de que la sensualidad del trópico es cierta y de que podría abrazarse como una verdad (o de que debería alimentar como si lo fuera nuestros sueños), la comparte esta novela con otras corrientes del tropicalismo latinoamericano. Vasos comunicantes la unen con el realismo maravilloso de Carpentier, tanto como con los cálidos ritmos del calypso o de la bossa nova. Hay la misma invitación a encontrarse y autocomplacerse en este espejismo afectuoso de la propia identidad. Sergio Ramírez, compañero de generación y centroamericano como Julio Escoto, escribía no hace mucho que el neobarroco que puso en boga Carpentier vino a convertirse en “la voz encontrada del continente latinoamericano”, el lenguaje más apropiado –a su juicio- para esta tierra de la exageración, la voluptuosidad y la música. (Ramírez, S., 2004).

Caetano Veloso en un libro titulado Verdad Tropical (por analogía con la Vereda Tropical de la canción) viene a coincidir con estos planteamientos. El cantautor reflexionando sobre la música brasileña, concluye que ésta ha hecho una “sutil pero crucial” contribución (dos adjetivos que califican apropiadamente el delicado arreglo y la hondura sentimental de sus propias composiciones) al confuso mundo globalizado. Junto con otras manifestaciones artísticas, dice Veloso, ha participado “en un gran movimiento que ha llevado la llama civilizatoria de las áreas calientes a las regiones del frío hemisferio norte” (Veloso, C., 1997).
Puede reconocerse en efecto que el tropicalismo puede suponer una estructura sentimental contracultural con respecto a la deshumanización del orden mundial, pero no puede evitarse tampoco reconocer el exceso sentimental, el estereotipo y la idealización que también encierra esta corriente del arte.
Frente al Caribe real, contaminado por la industrialización, los vicios del turismo y la pobreza, la dulzura del arte tropicalista parece perder arrestos subversivos y más bien asimilarse al statu quo y al mercado.
Liv Sovik, dice por ejemplo del tropicalismo musical brasileño, que ha dejado de hallarse asociado a los movimientos de izquierda para convertirse en el discurso estable de la identidad brasileña y en una fórmula de éxito en el mercado global de la cultura (Sovik, L.: 1998). Ernest Papin, llega más lejos al decir que la literatura que mitifica al Caribe, al presentarlo con “aguas azules, arenas doradas, aves cantarinas, vegetación lujuriosa” y con “la gracia física” de las mujeres creoles”, restablece la “ilusión de un inocente paraíso” que anula toda posibilidad de referirse a la naturaleza o a la realidad (Papin, E., 2003: 2).
Tales críticas encierran sin duda verdades que no pueden dejar de tenerse en cuenta, pero la novela de Escoto parece aferrarse a la suya con deliberada conciencia del gesto[1].
Podría ser que en la entrega a la idealización y a los juegos de degustación del lenguaje, haya una rendición de beligerancias y también un halago de lo placentero, que aproxima comprometedoramente la obra a los productos de las industrias culturales. Pero en esas críticas parecen advertirse también los resabios de un viejo moralismo, que ahora como antes reclama a la literatura extrema seriedad y lucidez, sangre, sudor y lágrimas; sufrimiento y dolor como pruebas de la verdad. A fin de cuentas podría ser el antiguo y recalcitrante reclamo del realismo, ahora entendido mejor como hiperrealismo. Tal vez se piensa que los escritores están en la obligación de presentarnos la misma realidad que la prensa gráfica y televisiva, o tal vez otras realidades incluso más duras gracias a un estilo y a unos sentimientos más desgarrados. La novela de Julio Escoto, sin embargo, parece menos interesada en esas realidades que en los sueños, y más quizás en las verdades del corazón que en las verdades verdaderas.
La novela de Escoto se desmarca de la estética que entiende la obra de arte como obra de conocimiento o de edificación moral. No quiere elevar a la mente una imagen de realidad que la agotara en todos sus sentidos (como quizás tampoco normas sobre lo bueno, o lo justo). En cambio se entrega y quiere invitar a entregarse a un lance pasional. Quiere unirse y que el lector se una a la sensualidad tropical como disfrute pleno de un algo que si no es verdad (si acaso lo inventa el escritor o lo ha inventado la gente) es algo que se desea y que bien pudiera ser. Es su verdad tropical.
El gesto cruel del escritor, como sacerdote de la erudición y del lenguaje, que sacrifica la realidad a los sueños, se justifica así en esta estética kitsch que da la espalda a los valores puritanos del humanismo para reivindicar los más terrenales y también humanos de la benevolencia y la amabilidad.
Las observaciones de Ludwig Giesz sobre la fenomenología del kitsch aportan elementos para comprender esta experiencia estética que propone la novela. “Lo importante en este arte –dice- es poder bañarse, desahogarse en una disposición de ánimo agradable, homogénea” (Giesz, L.: 52). Lo kitsch es lo cursi pero no porque sea necesariamente feo o pasado de moda, sino por su enganche sentimental, por la facilidad con que conmueve o con que instala al artista y al espectador en el disfrute. En el arte kitsch el sujeto se funde con el objeto, el artista o el espectador se unen con la emoción o el placer que suscita la obra; se relajan las serias actitudes y las severas distancias del arte clásico; el sujeto abandona su imparcialidad, el juicio se rinde al sentimiento; y el espíritu claudica su libertad: no quiere más conocer sino sentir. No se trata de una actividad del conocimiento o de una acción moral, sino del acto más crudamente material de satisfacer una necesidad emotiva, y en esto se haya más próximo al consumo de una mercancía que a la contemplación desinteresada de la belleza  o de la verdad (Giesz, L.: 52-72).
El kitsch es pecaminoso, tanto por su invitación al placer como por su implícito nihilismo que condena al descrédito los antiguos caminos del arte, la ciencia y la filosofía, que se consideraba que debían ser tortuosos y ásperos para conducir a algo bueno. Más emotivo e inmediatista, el kitsch quiere para ahora y en la mayor cantidad posible aquello que pueda dar felicidad. Desconfía de lo puramente intelectual como de los reclamos moralistas y descree de toda forma de trascendencia (o se resigna a la idea de que no existe).
Efectivamente la novela de Julio Escoto sacrifica el Caribe real para lograr una obra de arte seductora y acariciadora. El dilema moral que convoca, sin embargo, no es ajeno a la experiencia estética universal que desde antiguo se ha dicho que encuentra valores de belleza en el sufrimiento humano. Numerosos pasajes de la novela podrían citarse para hacerla ver como una piedra de sacrificios en la que la sangre de los caribanos, derramada en sus luchas por la libertad, es convertida en gemas preciosas de expresión verbal.
“Sangre, había sangre por todas partes. Sangre pronta a cuajarse como lácteo vital. Sangre que empezaba a oxidarse con delgado esplendor mate y proseguía derramándose a impulsos, como descompensada de un hígado gigante, sangre de linfocitos aráctiles en camino a pudrirse y fraguar la plasta, torta o delirio de moscas y canes, sangre de presencia inesperada, estera de flogisto y estupefacción, sangre desconocida y anónima, curtida, vertida, incombustible sangre que cristalizaba al sol. Tanta era la sangre allí expuesta que debía provenir de un mártir ciclópeo o de una legión de soñadores (p 123-124).

Terribles son también los pasajes de tormentos que los poderosos inflingen a los rebeldes caribanos. A Crista Meléndez los británicos la cuelgan en un cadalso con trampa y su vida se escapa en un instante narrado con lujo de detalles (“un temblor agónico indicó haberse desalineado la traquea y los músculos deltoides se contrajeron dos veces en persecución de un oxígeno escaso” (p80)). A Chepito Martí (encarnación dudosa del independentista cubano) lo queman a “fuego rápido” sobre un tablado de ciprés y su cuerpo despide un “humo dulzón” comparable según el narrador al de la “grasa de pollo”, la “chicharra de lechón” o el “aire de pato quemado” (p 209). A Salvador Lejano, cautivo en el despuntar de la revuelta, sus torturadores lo sientan en una “silla de patas imperiales” y lo golpean de todas las formas imaginables pero las marcas de violencia en su cuerpo cobran las formas de una rara belleza: así “mostraba el ojo como carbunclo, de un rubí encendido por la serosidad nueva del tejido celular” (p 247).
Algunas de las torturas son psicológicas pero igualmente perversas y así convertidas en motivo de juego neobarroco en la novela, como las que aplican a un estilista homosexual, a quien en lugar de arrancarle las uñas se las pintan con simpáticos motivos (“corazoncitos salmonados, culebritas vibrátiles, arañitas coquetas”) y lo mismo hacen con su cuerpo que en lugar de golpearlo lo empolvan y perfuman, e incluso le pintan tatuajes (por ejemplo “claveles de témpera en la nalga y las mejillas”) -aunque al final todo esto termina con un balazo mortal (p 249-250).
Debe observarse que la transformación de la realidad en objeto estético está visiblemente tamizada en la novela por la ironía. Lo que con derroche de arte se dice, suscita en la conciencia del lector lo que a propósito no se dice: la conmoción moral. De este modo, en el entrelineado de la novela puede apreciarse la apelación a la estética convencional (justa y buena) que quizás con nostalgia se añora. Así, por ejemplo, cuando la novela narra el proceso de degradación moral a que arrastra la colonización británica, lo que resalta es la celebración de los pormenores de la corrupción y el vicio que se extienden entre los caribanos, aunque tras ello pueda presumirse un lamento.
Véase el caso de la descripción de la casa de placer reconocida por el nombre de Catedral Citroen:

“Catedral Citroen aún existe… de la primigenia galera techada con palma y horcones creció y amplió luego su variedad coreográfica: champanes al inicio, aguardiente, chichas y marihuana al final; cantoras alsacianas y castrati de Italia, o púberes de Viena que viajaban para deleitarnos, a sifilíticas y transitadas garotas y anoréxicas de París encampanadas con vistosos revuelos o peladitas como venidas al mundo. Exuberantes tetonas de Marsella, sudanesas de cuello jiráfico, nalgudas garífunas, carnosas balletistas zutuhíles, gitanas de Hamburgo, cómicos de la legua y los más bellos travesti de la humanidad desfilaron por un escenario que al comienzo era un tablado de pino embreado con cola de buey pero que después fue un inmenso auditorio sembrado con bambalinas, candilejas y fresneles, dotado con cámaras de nieve, humo y vapor, flanqueado por bares de licores exóticos, pianos, orquestas, salas, combos, tragamonedas y el cubículo estrecho del mortuario, donde los quebrados por la ruleta se aplicaban el pistolazo fatal. Los meseros recorrían en patines de madera el estruendo cacofónico de la multitud depositando las órdenes y recogiendo a puños la propina mientras en las terrazas el espectáculo de la bahía encendida con farolas de yates y cruceros del mundo daba la sensación de contemplar a la urbe de la prosperidad. Gentes con curiosos aspectos y acentos transitaban vestidos en bermudas o frac pasando la larga noche del trópico en una orgía sin tiempo” (p 56).

Todas estas notas sombrías de la novela, no consiguen, sin embargo, opacar el rutilante foco de atención puesto en el amor. Menos que una delectación solipsista, la novela parece más bien confesar un acto de fe. La escritura ama sus  objetos como los personajes se aman entre sí, sabiéndose ficticios pero queriéndose verdaderos. Es el amor subido de tono de las representaciones que solemos llamar cursis, que son falsas y se quieren ciertas.
Como se destaca en la reseña de la contraportada, la novela está plagada de amores: la pintora adolescente Alfonsina Mucha desfallece de amor por el viril rebelde Salvador Lejano; dos apasionados homosexuales se aman bajo una montaña justo en el momento en que ésta se derrumba; un fervoroso sacerdote cae en el pecado de perder su virginidad en brazos de una hembra descomunal, para terminar horriblemente torturado por los remordimientos; etc.
El encuentro de Selva Madura, el personaje más plenamente sexual, con el cura Casto Medellín, podría pasar por un típico, acalorado y demorado capítulo de novela erótica. Siendo ambos vírgenes en ese momento, el roce de sus cuerpos desata energías insospechadas para ellos:

“Lo peor vendría luego, lo que ni sus fantasías más tiernas podían inventar y era el voltaico chispeado de los labios, roce de comisuras que para lo único que servía era para apetencia de más…” (p 24).

Enamorada inútilmente de Salvador Lejano, Alfonsina Mucha (encarnación adolescente de Alfonsina Storni) va a soñar y a delirar por su amado hasta terminar en el fondo del mar, muerta de amor. Loca por pintar, pintará también el rostro de Salvador Lejano en las paredes de Santa Cariba, pero sobre todo se entregará a ensueños del todo literarios en los que se verá a sí misma recibiendo a su combatiente como las damas de los castillos a sus señores en las novelas de caballería:

“Y entonces ella vendría y le tiraría del dormán mientras él roncaba agotado, y le extraería las botas de cuero con pezuña de peltre y espuela de plata, y los guanteletes con resina de caucho y arenilla de sudor, los cinturones triples con gotas de mercurio y amaranto y oro, los escapularios santos y el suspensor húmedo para dejarle al aire las bolas reproductivas donde se le recluía la síntesis última del valor, aquel espécimen heroico de la raza tendido allí sobre el jergón cual amapola desecada, girasol desorientado mientras ella le sobaba y repasaba grasa de danto y untos de cloroformo, restituía las partes y apujaba las hernias deformes, regaba el hervor de su saliva desesperada aquí y acullá y allá y de a poco el retoño despertaba” (p 241).

Selva Madura, la campeona sexual de la novela tiene tan cautivadores encantos que según el narrador “sólo requería levantar los brazos, bostezar, abrir las piernas, únicamente respirar para que el planeta extraviara el rumbo atento al desplazamiento de sus deliciosas moléculas” (p 120). Desgraciadamente el verdadero amor, aquel de un hombre dispuesto a compartir su vida con ella le será negado, hasta que ya sea muy tarde y ella se vuelva enormemente gorda. Uno de los momentos culminantes de la novela, sin embargo, será cuando ella se percate que tampoco Salvador Lejano, a quien acaba de tener entre sus brazos, querrá casarse con ella. La escena es aquí de un exotismo utópico y ucrónico:

“En el jardín un ebrio flautaba un turbio minueto y las notas espumaban y se perdían en la avenida líquida de la mar. El globo de la luna se alzaba al fondo de la retina rizando el agua, cercado por un abejeo de estrellas. Allí, recostada en el alféizar, engrudados sus muslos con la savia bendecida de Lejano, que daba a sus piernas un barniz de salmón, Selva Madura recapacitó sobre lo oblicuo de la felicidad” (p 334).

El amor que resplandece en la novela se haya exagerado o sobredorado por el lenguaje y los escenarios irreales. Como se decía al principio parece más la proyección de un portentoso deseo o de un sueño que una cosa cierta. Como en el arte kitsch es el esplendor de lo imposible, de lo que más se quiere aunque en el mundo no exista.
El amor es algo en lo que se quisiera creer, es algo que debería ser cierto aunque ya nada pueda darse por seguro con ingenuidad. La novela pareciera concederse una autoindulgencia, la de permitirse creer, si bien riéndose, que el amor es su verdad o al menos una verdad necesaria para los trópicos y para todos. 

Bibliografía
Calinescu, Matei. 1987. Five faces of Modernity. Modernism, Avant-Garde, Decadence, Kitsch, Postmodernism. Durham. Duke University Press.
Escoto, Julio. 2006. El génesis en Santa Cariba. Tegucigalpa. Centro editorial.
Giesz, Ludwig. 1973. Fenomenología del kitsch. Una aportación a la estética antropológica. Barcelona. Tusquets.
Pepin, Ernest. 2003. “The Place of Space in the Novels of Créolité Movement” en Ici-la: Place and Displacement in Caribbean Writing in French editado por Mary Gallagher. Amsterdam/Michigan. Rodopi.
Ramírez, Sergio. 2004.  “Esplendor del Caribe. Homenaje a Alejo Carpentier”. Revista Carátula.  www.caratula.net
Sovik, Liv. 1998. “Tropical Truth: a reading of contemporary debate on Tropicália” Ensayo presentado en el Congreso Latin American Studies Association, Chicago, Illinois, September 1998.
Veloso, Caetano. 1997. Verdade Tropical. São Paulo, Companhia das Letras. Cit en Sovik, Liv. 1998. “Tropical Truth: a reading of contemporary debate on Tropicália” Ensayo presentado en el Congreso Latin American Studies Association, Chicago, Illinois, September 1998.





[1] En la presentación de esta novela, el autor reaccionó ante estas críticas señalando la intención paródica de la idealización neobarroca del Caribe, lo que concuerda con la voluntad kitsch que en este trabajo quiere destacarse. La imitación de estilo de la parodia, supone un distanciamiento humorístico del modelo, pero tal humor puede encerrar una forma de ambigua empatía como aquí quiere hacerse ver.
(Fotografía inserta de JE en 1994).