28 marzo, 2011
19 septiembre, 2010
Peso del Caribe en la literatura
Julio Escoto, M. A.
Congreso en Eichstätt
KATHOLISCHE UNIVERSITÄT EICHSTÄTT
ZENTRALINSTITUT FÜR LATEINAMERIKA-STUDIEN
Abril 17, 2002
El complejo Caribe
Durante el pasado Equinoccio de Primavera asistí en la ciudad de La Ceiba, litoral Atlántico de Honduras, a la inauguración de la Casa de Cultura con que el pintor Julio Vizquerra abría al público una nueva opción de desarrollo intelectual. La Ceiba, a 403 kilómetros de la capital Tegucigalpa, es un puerto de 300 000 habitantes, sumamente alegre, donde se dice que el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob concluyó su “Canción a la Vida Profunda”, donde José Martí conferenció con sus convidados a la revolución, temporalmente residenciados en Honduras —Máximo Gómez, Antonio Maceo, Flor Crombet— (Antúnez. 1989) antes de emprender la gesta final; en que nació uno de los más vigorosos enclaves de ascendencia árabe asentados en América (Euraque, 1996), y una ciudad que, curiosamente, lleva el nombre del árbol sagrado de los pueblos Mayas (Ceiba pentandra), que ellos consideraban como puente gnóstico entre realidad visible e Inframundo.
Los actos de inauguración incluyeron la presentación de un exquisito violinista nacional, Fernando Raudales, así como de una pianista salvadoreña y un tenor guatemalteco, quienes debieron competir con el oleaje cercano para hacer oír sus melodías clásicas. Luego el cantautor Guillermo Ánderson interpretó diversas composiciones a ritmo de punta y reggae; más tarde ocupó el improvisado escenario un cuadro local de ballet y el acto finalizó con doce bailarinas de raza negra, todas ellas de la tercera edad, que forman el grupo de danzarinas de Sambo Creek, una villa poblada por descendientes de garífunas exportados por los ingleses a la costa de Honduras desde la pequeña isla de San Vicente en 1796 (Gargallo, 2002).
En esa cita se hablaba español, inglés, francés y garífuna, y un médico alemán, Sigfried Seibt, conversaba con su nieto instruyéndolo en ese idioma. Los invitados consumían vino francés, ron de Cuba, whisky escocés o cierto ponche en que no debía estar ausente el aguardiente local. Al concluir la velada se descubrió una hermosa fuente de paté de foie que los invitados no vacilaron en acompañar con cazabe, una especie de tortilla costeña mayormente elaborada con pasta de yuca.
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http://www.fileden.com/files/2009/8/16/2545575/Conferencia%20Alemania%202002.pdf
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Plan Nacional de desarrollo
PRESENTACIÓN
En las próximas dos décadas celebraremos dos acontecimientos emblemáticos para la historia
del pueblo hondureño: el bicentenario de la independencia en el 2021, y en 2030, los cien años
de la llegada de Francisco Morazán a la Presidencia de la Confederación Centroamericana.
Por esta razón, para el año 2030, fecha en que conmemoramos un acontecimiento memorable
para la integración centroamericana, y en la que Honduras tendrá dos siglos de vida
independiente, queremos invitar al país a una reflexión profunda sobre nuestro pasado y
nuestro presente, sobre nuestros logros y pérdidas, sobre nuestras fortalezas y debilidades,
sobre nuestros aciertos y equivocaciones, pero sobretodo, plantear una interrogación sobre
nuestro futuro.
En consciencia de que nuestro futuro está íntimamente ligado con nuestro pasado y nuestro
presente, este documento pretende promover en los hondureños la necesidad de que exista un
análisis profundo sobre cómo deberá ser Honduras al cumplir 200 años de vida independiente.
En las próximas dos décadas celebraremos dos acontecimientos emblemáticos para la historia
del pueblo hondureño: el bicentenario de la independencia en el 2021, y en 2030, los cien años
de la llegada de Francisco Morazán a la Presidencia de la Confederación Centroamericana.
Por esta razón, para el año 2030, fecha en que conmemoramos un acontecimiento memorable
para la integración centroamericana, y en la que Honduras tendrá dos siglos de vida
independiente, queremos invitar al país a una reflexión profunda sobre nuestro pasado y
nuestro presente, sobre nuestros logros y pérdidas, sobre nuestras fortalezas y debilidades,
sobre nuestros aciertos y equivocaciones, pero sobretodo, plantear una interrogación sobre
nuestro futuro.
En consciencia de que nuestro futuro está íntimamente ligado con nuestro pasado y nuestro
presente, este documento pretende promover en los hondureños la necesidad de que exista un
análisis profundo sobre cómo deberá ser Honduras al cumplir 200 años de vida independiente.
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25 agosto, 2010
HISTORIA DE UNA GUERRA
Culturales…Culturales…Culturales
HISTORIA DE UNA GUERRA
Lo que no se sabía sobre la guerra entre Honduras y El Salvador lo tiene ahora al alcance de todo público la nueva serie de minilibros de Centro Editorial, cuyo primer número lleva como título “Lectura Postraumática del Año de la Guerra, 1969” escrito por Julio Escoto. Esta es una conferencia que el autor presentó en el segundo congreso de estudios culturales celebrado en Costa Rica en 2009 y que atrajo la atención de críticos e historiadores debido a la novedad de la información que contiene.
Tras un año de investigación Escoto descubrió que, según César Elvir Sierra, el ejército salvadoreño tenía programada la invasión a Honduras (Plan Gerardo Barrios) desde fines de 1967, que en Abril de 1969 inició la convocatoria a reservas y requisó las avionetas civiles disponibles para propósitos de apoyo, y que la expulsión de salvadoreños que el gobierno de Oswaldo López Arellano realizó, teniendo como excusa la reforma agraria de Honduras, fue el aliciente perfecto para pasar a la fase militar del conflicto.
No queda libro sobre la materia que Escoto no haya leído para preparar esta conferencia, la que además es amena y por ratos humorística. De esa forma vino a saber, entre otras, que el blog “jabalí digital”, abierto en 2004, registró durante cinco años terribles discusiones de hondureños y salvadoreños en torno a las causas y sucesos de la guerra; que al producirse el rompimiento de hostilidades un salvadoreño que residía en Honduras huyó hacia las montañas de Guatemala, y que allí permaneció ¡30 años escondido!, temiendo lo capturara el ejército catracho; que la guerra duró 100 horas, equivalente a 6000 minutos, y que produjo 6000 víctimas, a muerto por minuto, y que la fanaticada futbolera de cada país compuso canciones sarcásticas, incluso ofensivas, contra la otra. Revela además que la tropa salvadoreña ocupó una larga faja de frontera común pero que nunca profundizó más allá de diez kilómetros; que el temido General “Chele” Medrano se perdió en los cerros aledaños a Ocotepeque y jamás ganó una batalla. El minilibro citado ofrece además catorce “testimonios” de personas que vivieron directamente la guerra, a quienes Escoto solicitó su participación.
“Lectura postraumática del año de la guerra, 1969”, de Julio Escoto, es el mejor auxiliar documental e informativo para maestros de educación secundaria y superior que encuentren dificultades para explicar a sus alumnos lo complejo de aquel suceso histórico, ya que sus páginas si bien no contienen todo aluden a todo y ofrecen citas y referencias útiles para el proceso educativo. La edición, de bajo costo y con ilustraciones de época, se encuentra ya en librerías.
HISTORIA DE UNA GUERRA
Lo que no se sabía sobre la guerra entre Honduras y El Salvador lo tiene ahora al alcance de todo público la nueva serie de minilibros de Centro Editorial, cuyo primer número lleva como título “Lectura Postraumática del Año de la Guerra, 1969” escrito por Julio Escoto. Esta es una conferencia que el autor presentó en el segundo congreso de estudios culturales celebrado en Costa Rica en 2009 y que atrajo la atención de críticos e historiadores debido a la novedad de la información que contiene.
Tras un año de investigación Escoto descubrió que, según César Elvir Sierra, el ejército salvadoreño tenía programada la invasión a Honduras (Plan Gerardo Barrios) desde fines de 1967, que en Abril de 1969 inició la convocatoria a reservas y requisó las avionetas civiles disponibles para propósitos de apoyo, y que la expulsión de salvadoreños que el gobierno de Oswaldo López Arellano realizó, teniendo como excusa la reforma agraria de Honduras, fue el aliciente perfecto para pasar a la fase militar del conflicto.
No queda libro sobre la materia que Escoto no haya leído para preparar esta conferencia, la que además es amena y por ratos humorística. De esa forma vino a saber, entre otras, que el blog “jabalí digital”, abierto en 2004, registró durante cinco años terribles discusiones de hondureños y salvadoreños en torno a las causas y sucesos de la guerra; que al producirse el rompimiento de hostilidades un salvadoreño que residía en Honduras huyó hacia las montañas de Guatemala, y que allí permaneció ¡30 años escondido!, temiendo lo capturara el ejército catracho; que la guerra duró 100 horas, equivalente a 6000 minutos, y que produjo 6000 víctimas, a muerto por minuto, y que la fanaticada futbolera de cada país compuso canciones sarcásticas, incluso ofensivas, contra la otra. Revela además que la tropa salvadoreña ocupó una larga faja de frontera común pero que nunca profundizó más allá de diez kilómetros; que el temido General “Chele” Medrano se perdió en los cerros aledaños a Ocotepeque y jamás ganó una batalla. El minilibro citado ofrece además catorce “testimonios” de personas que vivieron directamente la guerra, a quienes Escoto solicitó su participación.
“Lectura postraumática del año de la guerra, 1969”, de Julio Escoto, es el mejor auxiliar documental e informativo para maestros de educación secundaria y superior que encuentren dificultades para explicar a sus alumnos lo complejo de aquel suceso histórico, ya que sus páginas si bien no contienen todo aluden a todo y ofrecen citas y referencias útiles para el proceso educativo. La edición, de bajo costo y con ilustraciones de época, se encuentra ya en librerías.
03 febrero, 2010
01 febrero, 2010
25 enero, 2010
MORAZÁN MARCHA A BATALLAR EN EL SUR
Culturales... Culturales...Culturales...
“El General Morazán marcha a batallar desde la muerte”, novela de Julio Escoto originalmente publicada en 1992 y que ha sido reimpresa varias veces con un tiraje acumulado de 60 mil ejemplares, acaba de sumar otro más en Caracas, Venezuela, donde el Ministerio de Educación, teniendo como representante de patrimonio al embajador German Espinal, contrató con las editoriales Monte Ávila y El Perro y la Rana cinco mil copias de la obra destinadas a la academia, universidades y público en general. Bajo el esquema de subsidios culturales que maneja aquel gobierno, el libro se ofrece a los lectores al precio de 2.5 Bolívares, equivalente a veinte Lempiras.
A fines de 2009 Escoto lanzó en San Pedro Sula su más reciente producción narrativa, “Magos Mayas Monjes Copán”, que los comentaristas opinan es obra de inclinación metafísica y que aparece precisamente cuando para 2012 se anuncia el supuesto vaticinio maya de cambio del mundo. En la noche de presentación pública el catedrático universitario Omar Pinto señaló que en “Magos… el autor consigue que el lector reproduzca en su imaginación espacios y lugares por todos conocidos pero teñidos, en esta ocasión, de fuerte carga dramática… un estilo trepidante que narra de Yax-Pasah momentos de gran intensidad emocional y cuyo destino queda marcado para siempre.
Sumado a esos logros, en Mayo pasado el Editor Fernando Aparicio, de Central Impresora, sentó un record cultural al producir una versión de lujo del libro “Bajo el Almendro, Junto al Volcán”, la cual se vende localmente y por internet al equivalente de US. 250 dólares. La misma, de formato coffee-table book, es bilingüe (español-inglés) y llega ilustrada con 20 dibujos exclusivos del acuarelista Pito Pérez, pinturas que además de ser impresas en el cuerpo del libro se reproducen separadamente en papel Goya, para enmarcar. Los primeros clientes de esta exquisita edición fueron los ministros y funcionarios de relaciones exteriores de América que asistieron a la reunión de OEA en San Pedro Sula, para cada uno de los cuales fue adquirido un ejemplar. En Abril previo, y en el teatro Francisco Saybe, Damario Reyes ofreció un montaje escénico de ese mismo libro, con sumo éxito de crítica y público.
“Magos Mayas Monjes Copán” fue escrita hace dos años pero curiosamente en ella Escoto narra un golpe de Estado que se fragua contra Yax Pasah (Madrugada), decimosexto gobernante de Copán. Quienes se conjuran para el evento son los sacerdotes del templo mayor de la ciudad y ciertos comerciantes, los que exigen al rey les permita talar más bosques cercanos, así como ocupar las tierras céntricas de la urbe, que aseguran les pertenecen por tradición. El fondo histórico es verosímil pues sus parámetros fueron adaptados de un ensayo científico divulgado por William Fash y Ricardo Agurcia en el volumen “Visión del Pasado Maya” (1997), si bien la trama de literatura es ficticia y de fuertes imágenes cinematográficas, especialmente en el final, así como de semejanza con el presente.
Metromedia de Tegucigalpa ha programado la presentación de “Magos Mayas Monjes Copán” para Febrero. UNITEC y Universidad Católica ya la han aprobado como lectura semestral.
13 enero, 2010
LECTURA POSTTRAUMATICA DEL AÑO DE LA GUERRA (1969)
JULIO ESCOTO
PIE DE FOTO:: Tropa salvadoreña tras ocupar la ciudad de Nueva Ocotepeque. Foto de Colección Pito Pérez.
11 enero, 2010
EL GOLPE DE ORO NEGRO Alguien consiguió petróleo tras caer Zelaya
Julio Escoto, MA.Según diversidad de enfoques, para que se activaran los resortes del golpe de Estado de Junio 28 en Honduras bastó la propuesta de instalar una cuarta urna que decidieran si se convocaba a una asamblea constituyente, motivo este sospechosamente primario y elemental. La defenestración, ejecutada a dos tiempos, inclina a dudar si el rápido golpe se originó en exclusivo por razones políticas o si hubo otras. De acuerdo con fuentes avaladas, al oscurecer del jueves 25 se abortó al primer intento de rebelión, cuando el entonces presidente del Congreso, Roberto Micheletti, recibió dos llamadas a su móvil: una del embajador estadounidense en Tegucigalpa, Hugo Llorens, quien le advirtió en manera categórica sobre la inconveniencia de romper el orden institucional. Y la segunda supuestamente del jefe del Estado Mayor, Romeo Vásquez, quien le expresaba que si había golpe alguno las fuerzas armadas estaban obligadas a participar. Esa y subsiguientes noches el presidente Manuel Zelaya se fue a dormir con la confianza de haber conjurado la sedición.
El segundo tiempo ocurrió el domingo 28 de Junio, día del golpe, exactos tres meses después de que Diario la Prensa insertara en su espacio de “Negocios” (edición de 29.03.09), como al azar, dos extraordinarias noticias de su redactora Yessile Ponce: una era que según el novato Ministro de Recursos Naturales y Ambiente, Tomás Vaquero, la empresa estatal Petróleos de Venezuela, Pdvsa, estaba interesada en explorar petróleo en Honduras.
Lo cual luciría como información usual si no fuera por el antecedente registrado en la misma sección, que informa:
“Noruegos ya iniciaron exploración. Honduras firmó un convenio con la Petroleum Geo Services, PGS, que realizará estudios en 10 mil kilómetros de líneas sísmicas del mar territorial de Honduras, para posteriores exploraciones de crudo durante los próximos diez años. A finales de febrero pasado iniciaron las primeras exploraciones a través de un barco equipado con sensores de búsqueda geológica [buque Falcon Explorer]. Al concluir el proceso, el Gobierno determinará a qué empresa concederá derechos de explotación en caso de hallarse petróleo en el subsuelo marino. PGS invertirá en la realización de los estudios en Honduras alrededor de 23 millones de dólares, que recuperará al vender los estudios a cualquiera de las firmas que manifestaran interés de hacer exploraciones, indicó Vaquero. El gerente de desarrollo de PGS, George Buzan, explicó que los análisis se llevarían a cabo entre febrero y marzo próximos, y que su duración [máxima legal] será de diez años” (subrayado nuestro).
El gobierno zelayista se obliga a otorgar la explotación a alguna empresa y, segundo, los primeros análisis están listos a 90 días de iniciarse la investigación. O sea que si el buque Falcon Explorer arranca en Marzo, para Junio produce ya resultados [algún informe preliminar debió estar accesible en Mayo]. En Junio sucede el golpe de Estado, exacto a tres meses. ¿Se percibe alguna relación?
Para acrecentar la sospecha sobre intereses particulares, y conforme a la edición del citado diario, Gustavo Coronel, ex-miembro del Consejo de Petróleos de Venezuela, Pdavsa, afirmó que “lo peor que pudiera pasar a Honduras en este momento es que Petróleos de Venezuela logre explorar y explotar”. O sea que ya existía, a nivel de cúpulas inversionistas y empresariales, temor de que, hallándose petróleo en Honduras, a cualquiera escala de calidad, la concesión se diera, por factores políticos, a Pdvsa.
PROBAR Y CERTIFICAR YA SON VERBOS POLÍTICOS
Cláusulas del Convenio hondureño con PGS (que esta redactó pero que revisó el costoso asesor Robert Meyerling) obligan a que tal compañía provea al Estado información fidedigna sobre reservas “certificadas” (de acuerdo al Act. 404 de la Ley Sarbanes Oxley, de EUA, 2002), o sea reales de petróleo, no sólo en torno a reservas potenciales o “probadas” (medio especulativas). Dice Fernando Travieso Lugo que las mega empresas cotizantes a Bolsa se obligan a sustentar su producción en reservas “certificadas”, muy superiores a los flujos de caja de estados contables (medio entre “tener y querer tener”). De allí que PDVSA sea la empresa más sólida del planeta ya que posee la mayor reserva de petróleo del mundo ––la faja del Orinoco dispone en total de un billón trescientos sesenta mil millones [1 360 000 000 000 000 000] de barriles de petróleo “certificados”. Hablamos de que posee más de lo que el hombre consumió desde su primera flama petrolífera, en 1859, hasta hoy.
Cuando se conoce esto se comprende el por qué de la rabiosa campaña concreta y mediática en contra de Hugo Chávez, a quien se acusa de todo pero cuyo gobierno ha estatuido rígidamente que el petróleo de Venezuela es y será siempre exclusivo beneficio para venezolanos e iberoamericanos... No de lucrantes compañías internacionales o transnacionales del orbe, conste.
“El golpe de Estado en Honduras” opina Travieso “es parte de la guerra por el control de reservas remanentes de petróleo dado que el debilitamiento de las alianzas que el gobierno bolivariano ha establecido en Latinoamérica, y en especial por medio del ALBA, es objetivo estratégico en concordancia con el ideal neoconservador republicano y el liberal demócrata de evitar la aparición de potencias de índole regional y de debilitamiento sistemático de la capacidad defensiva de los países con reservas de petróleo, o que constituyen vías de paso de hidrocarburos, como ejemplifican Iraq, Afganistán, Ucrania, Sudán, Somalia, Franja de Gaza, Bolivia, otros”.
De allí que la primera medida anunciada por el gobierno usurpador de Micheletti fuera designar a una comisión congresional que sacara a Honduras del ALBA, pues se parte del principio de que las inversiones petroleras significativas no deben ser negociadas con gobiernos de corte “latinoamericanizado”, tipo ALBA, a los que se debe más bien deponer y exiliar a sus líderes. “No hay negocio sin devoción” aseveraría Micheletti.
PROLONGADA ILUSIÓN
Hay registros coloniales que tratan sobre brotes de óleos y betúmenes azufrados en las superficies de Honduras, particularmente tras sacudidas telúricas (para el sector Comayagua ver obras del historiador Mario Felipe Martínez). Tempranas búsquedas petroleras se dieron concluyendo la segunda guerra del mundo ––detesto escribirla en mayúscula–– cuando, según leyendas más que ciencia, científicos alquilados, que frecuentemente lo son, aperturaron en secreto pozos costeros luego de calibrar sus potencialidades de producción. Se informó no haber cantidades comerciales, lo que se dudó nacionalmente pues ciertos pozos prospectivos de 1945 fueron sellados ––se les ve todavía desde el aire–– para oportunidades guerreras, como al parecer ocurriría contra Corea y Rusia. La leyenda, otra vez, afirma que se les dejó como reservas norteamericanas para eventualidad de contiendas.
En 1980 empresas foráneas perforaron 31 pozos en costas de Mosquitia, donde se localizó petróleo grado 38.1, fluido dentro de 30 kilómetros al noreste de lo que es hoy Departamento de Gracias a Dios; a la zona se llamó Mai Cape. Fue exploración autorizada a Union Oil, que localizó abundante gas natural al corte del Paralelo 15, propio para industria, región que disputaba sin consistencia legal Nicaragua.
Durante el gobierno de R. L. Callejas (1990-1994) se anunció haber petróleo pero en escasa cantidad comercial. En 1996 expertos del Instituto de Geofísica de Japón iniciaron comprobaciones, concluidas en 1997, de las que se ocultó resultados. En Agosto 2008 ––exacto un año previo al golpe–– se autorizó a una compañía de Alternativa Bolivariana para las Américas –CALBA– para “buscar petróleo en aguas hondureñas del Caribe”, según documento firmado por Honduras al adherirse a esa iniciativa y divulgado por EFE el martes 26 de Agosto de 2008. La declaración conjunta acuerda la “prospección y producción petrolera en el Caribe hondureño”, entre otras formas de “cooperar de manera inmediata” y en “demostración solidaria” con Honduras. Obsérvese el curioso y rarísimo índice de “manera inmediata” exhibido por el comunicado. Cierto clima de urgencia se percibe.
Asevera este, además, que “la empresa gran-nacional de Energía, Gas y Petróleo de ALBA efectuará estudios correspondientes, y que bajo coordinación del Estado hondureño podrá desarrollar el plan de producción y comercialización”, según noticia publicada por diario local “Tiempo” el mismo día. Nadie conoció entonces ni ahora dicho plan.
El gobierno de Zelaya jamás divulgó los documentos suscritos ese lunes 25, que tampoco fueron leídos durante el acto, celebrado en multitudinario predio junto a Casa Presidencial: asistieron Hugo, Evo, Ortega, Alarcón, otras importantes figuras políticas internacionales. “Fuentes de la Presidencia hondureña dijeron a Acan-Efe que ‘por el momento’ no se distribuirán los documentos, pues ‘no hay instrucciones para eso’ ” (cable de Efe).
Arribamos por ende a encrucijadas: aún no hay datos conocidos sobre hallazgos realizados por la compañía noruega ––lo que es de importancia estratégica y nacional––, pero de súbito surge del cielo Pvdsa, a la firma del ALBA; lógico es suponer por tanto que alguna sopa se cocina dentro. La política interna de Pvdsa recomienda que el Estado tenga control absoluto de la actividad petrolera ––60% mínimo en paquetes accionarios–– como socio estratégico, o máximo de 40% cuando haya presencia de terceros países o empresas. “La faja Orinoco” expresa el gobierno bolivariano “es epicentro energético mundial, y Venezuela potencia energética del mundo”. Ninguna de ambas situaciones gusta a las transnacionales petroleras.
TRANSNACIONALES
Contra tales iniciativas nacionalistas lucharon las compañías Chevron, Exxon Mobil y Shell, así como la local Dippsa, desde Mayo 2007, cuando Zelaya inició un intenso debate orientado a sustituir el tradicional esquema de importación y manejo de combustibles, en manos de las citadas empresas, por uno de control nacional.
Fue cuando los geólogos Aleskesei E. Kontorovich, Michael D. Belonin y Leonid F. Khilyuk revisaron la documentación existente y con pruebas científicas comunicaron a SERNA (Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente) que hay cuantiosos yacimientos petrolíferos (con reservas de tres billones de toneladas “probadas”, de las que se puede explotar siete mil toneladas al año) en las cuencas de Tela y Mosquitia, costa Atlántica de Honduras, los que se extienden dentro de Nicaragua. Un cálculo elemental determina que eso significa “negocios por unos 8000 millones de dólares. La inversión básica ascendería, según los rusos, a alrededor de cien millones de dólares para exploración y perforaciones de pozos en la plataforma continental”. El área entre Tela y La Mosquitia comprende 150 mil kilómetros cuadrados y en ella se determinó la presencia de petróleo bajo en azufre y por consecuencia liviano, circunstancia que facilita su extracción.
La II Cumbre Extraordinaria de Jefes de Estado y de Gobierno de la ALBA fue curiosa. Zelaya nunca la anunció como tal sino como visita de mandatarios sudamericanos y caribeños solidarios con su gobierno, hasta que el comunicado final declaró ser efectivamente una cumbre. Ni Zelaya ni Chávez mencionaron en sus discursos la materia del petróleo, si bien el convenio de adhesión suscrito toca el tema en forma amplia.
Cualquier arreglo que se haya dispuesto en forma pública o confidencial debió ser eminentemente político. En 2008 Honduras incrementó su factura petrolera de consumo significativamente: US$. 800 millones más que en 2007, con lo que la necesidad de localizar petróleo se incrementó. Según Lucy Bú, Directora de la Comisión Administradora de Petróleo (CAP), la compra de combustibles en 2008 ascendió a dos mil millones de dólares, mientras que en 2007 alcanzó los mil 200 millones de dólares” (diario@elheraldo.hn).
La oportunidad de noticias frescas dadas por la exploradora noruega, el dictamen de los técnicos rusos y la suscripción del convenio con la ALBA acumularon momentum: Honduras estaba lista para profundizar la nacionalización de su “política” petrolera más allá del limitado rubro de los combustibles, es decir hasta la exploración y la concesión. Según Tomás Vaquero, entonces ministro de Recursos Naturales y Ambiente ante Diario La Prensa (29.03.09), Pdvsa estaba presta para asumir su papel innovador constituyendo una empresa “gran-nacional”, propiedad de los países miembros, para la nueva etapa planificada.
Y si bien habría competencia de proyectos originales por parte de Chevron, Pemex y Petrobras, allí es donde ingresaba el factor político, que daría a la venezolana millas de ventaja en la distribución del pastel.
EL GOLPE NEGRO
Entre los documentos confiscados al presidente Zelaya la mañana del 28 de Junio había uno que destacaba por voluminoso y por su membrete verde: Petroleum Geo Services, PGS. Preliminar Report, de 22 a 40 páginas, formato carta y refrendado con sello manual, esto es de tinta líquida, que resaltaba: “Confidential”. A los soldados que ingresaron al despacho en 07:52 horas de ese domingo les sorprendió que alguien hubiera “limpiado” ya el sitio: no había presencia hostil ni civiles con armas, excepto la caja fuerte cerrada y una nota manuscrita del Secretario Privado, Jacobo Lagos, que lucía sospechosa: “Presidente”, alertaba “los datos de este informe son halagantes y reveladores”. Halagante es palabra rara del idioma español.
Desde luego que para conseguir una copia de tal informe no se ocupaba una operación compleja y grande como un golpe de Estado, pero sí para desactivar las alianzas de negocios oficiales que el presidente Zelaya había establecido en semanas anteriores, y a las que se agregaba ciertos resentimientos políticos. Un año antes Zelaya había incomodado a Exxon y Chevron al ocuparles sus terminales, mientras que Dipssa tuvo que recurrir a astucias legales, y a sus buenos contactos dentro de la Corte Suprema de Justicia, para que el Estado no le confiscara, o a lo menos le comprara en “justiprecio”, sus instalaciones operarias de combustible; el caso permanece sin fallar. De la misma forma, y al ascender velozmente el precio internacional del barril del petróleo (US$. 147.oo/barril, Junio 2008), Zelaya propuso implantar un sistema de ahorro vial nominado “Hoy no Circula”, semejante a los de “Pico y Placa” colombiano y “Número Par” costarricense, este último demandado por los mismos conductores ya que extrae 50 000 automóviles diarios de la circulación. “Hoy no Circula” fue atacado con 27 demandas de suspensión inmediata, incoadas por abogados de empresas privadas y del opositor Partido Nacionalista, e igualmente vencido en instancia judicial con un poco de ayuda, otra vez, de la Corte Suprema de Justicia. Lo que significa que todos los recursos del gobierno para economizar combustibles y energía se estrellaban ante la indiferencia colectiva y las argucias legales disfrazadas como denuncias de irrespeto a la constitucionalidad. Sólo había un sector al que convenía que no se racionara combustibles, y es innecesario nombrarlo.
El rencor por esos intentos debe haberse incrementado a escalas de encono por las “atrevidas” declaraciones de Manuel Zelaya cuando lo visitara el Subsecretario de Estado John Negroponte, en Junio 2008. Negroponte, que recorrió los países del triángulo Norte de Centroamérica –Guatemala, Honduras, El Salvador–, fue recibido en Honduras con protestas, obviamente consentidas por el gobierno a causa de la práctica criminal del norteamericano cuando fuera embajador en Tegucigalpa, entre 1981 y 1985. Con obvia emoción en la voz, como si hubiera aguantado 25 años para balbucir aquello, Zelaya advirtió al Subsecretario Negroponte que la región vivía un nuevo contexto y que Honduras no era el mismo país que en 1980, debido a que sus gentes habían desarrollado amplia tolerancia y apertura para con el sistema democrático. “ La Centroamérica que usted visita” dijo “no es la misma que durante la guerra fría, cuando se entrenaba a los ejércitos para violar derechos humanos de las personas por causas ideológicas. Hoy” insistió “ponemos énfasis en la paz y la democracia y nunca más en las doctrinas de la seguridad nacional”. Negroponte no sonrió, ni siquiera diplomáticamente. Tampoco, sin duda, olvidó la afrenta.
PETROLERAS Y ALBA
Lo grave, empero, fue que Honduras se integrara a la red geopolítica de influencia de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) impulsada por el presidente Hugo Chávez, y que comprendía a la vez la asociación del país con la empresa Petrocaribe de la República Bolivariana de Venezuela.
La ALBA se caracteriza por impulsar empresas tipo “gran-nacionales” –bi o multinacionales– que son propiedad de sus países miembros, no de trasnacionales capitalistas, para explotar y administrar petróleo y productos derivados del mismo, tal como lo atestigua el convenio de adherencia suscrito en Tegucigalpa. Un año más tarde la cuota de suministro de petróleo venezolano a Honduras era de 20 mil barriles diarios de hidrocarburos.
Al transcurrir el tiempo y aproximarse el momento en que la contratista noruega Petroleum Geo Services debía aportar un informe primero, en Junio 2009, y cuando debía iniciarse los trámites para el pitazo inicial, el nerviosismo se apoderó de las trasnacionales. El entonces viceministro de Recursos Naturales y Energía, Valerio Gutiérrez, asistió por la época a un seminario titulado “Sí hay petróleo en Honduras”, celebrado en Houston, Texas, que contó con representantes de 17 compañías del mundo “pendientes de las concesiones que Honduras estaría haciendo en los próximos meses”. En realidad no se otorgarían concesiones sino permisos de exploración y posteriormente se autorizaría la explotación en caso de encontrarse hidrocarburos. O sea que restaba mucho por andar previo a clamar ¡eureka!
Y el nerviosismo no era por los riesgos de perder al ajedrez energético de Centroamérica ––que no sería escaso pero tampoco fenomenal–– sino por la cercanía del lobo que rondaba. Del lobo bolivariano, que otro podía ser, personalizado en la alianza de Chávez con Zelaya, capaz de condicionar, según las petroleras, expertas en ello, la asignación de la concesión, manipulándola o falseándola políticamente. Coronel, el contrachavista ex-miembro de Petróleos de Venezuela, corrió a denunciar esa posibilidad ante los medios de comunicación: “está el peligro de que se asigne la licitación a una empresa por razones que no sean de naturaleza técnica y financiera”. El bloque constituido por Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Antigua y Barbuda, Honduras y San Vicente y las Granadinas, desde luego que procuraría que fuera la ALBA la que se hiciera con la autorización, a fin de fortalecer su composición estratégica, recaudar mayores recursos para proyectos sociales, combatir a las transnacionales imperiales e instaurar en América nuevos conceptos y frescos equilibrios de democracia, justicia económica y dignidad humana.
Para conjurar ese alto riesgo intermediarios de Chevron, Exxon Mobil y Shell debieron comisionar a militares, políticos y financistas hondureños ejecutar con brevedad quirúrgica, aunque igual lo hicieron con torpeza, la operación del golpe, probablemente el inicial petrolero y el debutante para la clase empresarial de América en el siglo presente. Si este tiene triunfo habrá muchos otros triunfos más; si este falla será inevitable una recomposición de las potencias energéticas del mundo, donde el protagonismo de Latinoamérica, y luego de otras regiones tercermundistas, impondrá una moderna ética, nuevas ideas de gobierno societario pero, particularmente, a la negociación —y no a las guerras ni los golpes de Estado— como fórmulas consuetudinarias de paz. Tanto es lo que se decide hoy en Honduras que no se puede descansar un minuto hasta no ver —y hasta no contribuir— a su buen final.
20 noviembre, 2009
El peso del Caribe en la última novela de Julio Escoto
Sara Rolla...pero esta no es saga o leyenda mediterránea, canto
heráldico o rapsodia de raza civilizada sino recuento,
copla bohemia de la realidad. (p.123)
Es evidente que la región caribeña no suele ser ámbito propicio para los estilos fríos y descarnados, ni para la expresión de tormentos existenciales. Es, en general, territorio abierto para la imaginería desbordada y el desenfado sensual, tanto en la forma como en el contenido. Es un espacio ideal para la burla y la carcajada; en síntesis, para el carnaval (que, desde luego, no deja de ser, en gran medida, un desahogo catártico y una mascarada que encubre desengaños).
Estos criterios se corroboran al leer la última novela de Julio Escoto, El Génesis en Santa Cariba (1). Toda su obra anterior ha manifestado una propensión temática a explorar los elementos constitutivos de su ámbito de origen (2). No pocas veces ha pulsado, también, la cuerda del humor. Recordemos, al respecto, algunos de sus cuentos, como esa joya titulada “El gozo en el pozo”, y el libro Historias de los operantes, un ejercicio de ludismo que prefigura ciertos rasgos de El Génesis....
Hay un documento que arroja luces para acercarse a esta novela: un ensayo de Escoto –que originariamente fue ponencia en un congreso literario internacional-, incluido en el libro Literaturas centroamericanas hoy. Desde la dolorosa cintura de América (3). Se titula “Peso del Caribe en la literatura centroamericana actual”. Allí el escritor hace una síntesis muy amena y documentada del “paisaje cultural” del Caribe centroamericano. Y termina destacando una tendencia de la narrativa actual de esta zona geográfica, y aun del resto de América Latina: la de inspirarse en la “urdimbre histórica” o “imaginario real” de la región para componer sus ficciones. Arriba a esta importante conclusión:
Pues en Centroamérica, como desde luego en todas partes de América, parece ser que no hemos podido superar aún cierta propensión didáctica, llamémosle mejor exploratoria, en que concebimos a la obra literaria no sólo como un juego verbal, un efecto lúdico, sino bajo cierta responsabilidad, o lo que se llama en la postmodernidad el compromiso ético.
Los escritores (…) sentimos que no nos es llegado aún el tiempo del hedonismo de la palabra y que, como lo asevera el mayor novelista caribeño, aún no descubierto por los congresos literarios, el nicaragüense Lizandro Chávez Alfaro, “cierta misión se impone, la de facilitar un segundo descubrimiento, el de nosotros mismos”…. (P.C., 34)
Los escritores (…) sentimos que no nos es llegado aún el tiempo del hedonismo de la palabra y que, como lo asevera el mayor novelista caribeño, aún no descubierto por los congresos literarios, el nicaragüense Lizandro Chávez Alfaro, “cierta misión se impone, la de facilitar un segundo descubrimiento, el de nosotros mismos”…. (P.C., 34)
No nos engañan, al respecto, los juicios de la contratapa de este nuevo libro de Escoto, al decir que, detrás del enorme despliegue imaginativo de esta novela “divertida e intensa”, está “la historia de América”.
Planteado el marco general en que se sitúa la obra, enfoquemos ahora algunas de sus características resaltantes. Apuntábamos la idea de lo carnavalesco en el texto. En este sentido, resultan aplicables a El Génesis… ciertos postulados de M. Bajtin (4), ya que se advierte claramente ese sentido cómico popular, contrapuesto a la cultura del poder, que enfoca el mundo a través del filtro de un humor hiperbolizante, desprejuiciado y burlesco.
Escoto abandona aquí la tesitura grave de la novela histórica e incursiona en una especie de “roman comique” que busca, creo, armonizar el desborde imaginativo con el enfoque referencial, evitando el riesgo del discurso claramente pedagógico, que es, por esencia, antiliterario.
El texto traza, desde ángulos paródicos a menudo desopilantes y pese a sus deliberados anacronismos, un panorama histórico del “subcontinente”, centrado en la región caribeña, pero con indudables alusiones a Latinoamérica en general. Hay también claves que nos remiten al contexto nacional y ciertos guiños para los conocedores del ámbito local e, inclusive, familiar del escritor. (5)
Queda claro, entonces, que en El Génesis…nos movemos en un espacio y un tiempo sincréticos, donde se funden los componentes geográficos e históricos reconocibles con los elementos míticos. Surge así una ficción en la que conviven la actitud lúdica y esa propensión “exploratoria” de la que hablaba Escoto.
El tiempo, particularmente, es manejado en forma libérrima, además de constituir un motivo importante en la trama. El personaje narrador –que en ocasiones cede paso a una voz colectiva- es una especie de profeta y sabio caricaturesco, acompañado de un asistente inseparable de conducta no menos irrisoria. La misión que se ha propuesto es la de inventar el reloj, en un ámbito donde se ignora el tiempo y alternan o coexisten, con la mayor naturalidad, acontecimientos que, situados en la perspectiva del lector, no encajan en el eje histórico convencional.
Al respecto, dice el narrador:
Les inquietaba mi noción del tiempo, que en la isla era loco y errático. En Cariba las circunstancias ocurrían todas a la vez y se resistían a dejarse medir. Las noticias llegaban a veces disparatadas pero lo considerábamos un procedimiento normal de los espejismos del arcano del universo. Hoy moría el hijo de Vincenzo Galileo en Arcetri
pero un verano después nos enterábamos de que el santo oficio lo juzgaba y lo obligaba a retractarse. Mañana los babilonios desvelaban inventando la manera de escribir los números y ayer los misiles de algún imperio estaban cayendo sobre Iraq. (G.S.C.,37)
Este fenómeno de los “anacronismos” en la trama de El Génesis… admite diversas lecturas. Puede, por ejemplo, interpretarse como alusión a un rasgo cultural típico de las naciones del área, donde conviven la carreta y el jet, el curanderismo con el laser, etc. Recordemos el estado de inocencia adánica, que García Márquez patentiza en las páginas iniciales de Cien años de soledad, respecto al “conocimiento del hielo” y los demás inventos traídos a Macondo por los gitanos. La actitud de Escoto, en ese sentido, tiende a incrementar el uso de la sátira hiperbólica y el juego temporal.
A veces, los anacronismos suscitan otra lectura posible. Por ejemplo, cuando se narra la llegada e imposición sangrienta del colonialismo inglés, se incluyen ciertos detalles anacrónicos que, tras la broma de grueso calibre, nos muestran, en definitiva, un signo trágico: el carácter cíclico de los imperialismos, con las amputaciones y degradaciones que infligen a la cultura local. Se describe de este modo la conducta lasciva de las “damas” inglesas, que persiguen a los nativos para dar rienda suelta a su voraz apetito sexual:
Jolgorios fáunicos escandalizaban el bosque, suitis y darlins alborotaban la floresta, acentos londinenses silbaban hasta la mañana en los pinares, cuando rastrillábamos los puchos de condones para que los niños no los soplaran. Cariba se hizo isla de putería y asimilábamos curiosas hablas del tipo menage y voyeur, propias de nobles habituados a la exquisita costumbre de hacerse los locos cuando sus mujeres les tallaban cuernos. (G.S.C., 50)
Más allá de la ficción hilarante y disparatada, la trama, insistimos, va mostrando el panorama histórico-cultural de la región caribeña, a la que (volvemos a auxiliarnos de Peso del Caribe…) el escritor juzga como una “polenta humana en permanente ebullición y cambio, un espacio en constante transición, tráfico de influjos e influencias, cuando no de expresiones directas o sutiles de los más grandes imperios del orbe durante todas las épocas….” (P.C., 25)
Cuando Escoto, en el ensayo, caracteriza los rasgos esenciales de la cultura caribeña, establece algunos parámetros fácilmente reconocibles en la temática de la novela. Habla, por ejemplo, de las “típicas rebeliones en Centroamérica”, originadas en un “fervor caliente de oposición a todo régimen” (P.C., 29), a raíz de la experiencia histórica de las distintas formas de esclavitud que han abatido a la población del área. La trama abunda en referencias a ese tipo de revueltas, todas con sangrientas consecuencias.
También habla el escritor, en Peso del Caribe…, de “una religiosidad abundantemente dispar (P.C., 29), y éste es otro aspecto resaltante en la ficción, donde se hace referencia a la práctica de los más variados cultos, por debajo de la preeminencia oficial del catolicismo en su variante más conservadora, la del Opus Dei.
Asimismo, se desprende, de las apreciaciones de Escoto en el ensayo, la idea de que, en medio de esa gama de creencias, juegan un papel destacado, en la visión del mundo, los “elementos originarios de las profundas vivencias de la practicidad indígena local” (P.C., 29). Esto es evidente en El Génesis…, donde se pone de relieve la tendencia de la población de la isla a abordar el mundo desde la perspectiva de la conciencia mítica. La vida es gobernada por sueños y visiones: …sus habitantes habíamos aprendido, a fuerza de soliloquio, a navegar en el tránsito enmarañado de los sueños para compartir por la mañana las premoniciones nocturnas como si fuesen verdad, pues nada sustancial acontecía sin que lo percibiéramos mientras desguarnecíamos dormidos. (G.S.C., 41)
Otro rasgo característico de los caribeños que menciona Escoto en Peso del Caribe…es “una inclinación preferente hacia la sensualidad que a la meditación intelectual” (P.C., 28). Esto se hace patente en la fuerte carga de erotismo desenfrenado que cubre muchas páginas de la novela.
El ensayo alude, además, citando fuentes documentales, al mestizo criollo como explotado y a la vez explotador (P.C., 28). La novela presenta una visión muy crítica de este componente ambiguo de la “polenta humana” caribeña, al que el narrador define como “cancro de nuestra propia carne” (G.S.C., 162).
Todos estos contenidos, que hemos enfocado aquí de un modo muy panorámico, se expresan en un lenguaje que se corresponde con esa tendencia general a fundir el ludismo y la referencialidad. A veces, la prosa nos impresiona como un puro artefacto verbal con el que el autor juega antojadizamente, siguiendo determinada línea melódica: …al mirar que la mirábamos con la mirada con que la estábamos mirando se abstuvo y sólo nos miró con desolación. (G.S.C., 129)
Pero, generalmente, el juego lingüístico resulta claramente satírico: Monseñor Nobando de Vita era célibe por escogencia, incompetencia, inapetencia, abstinencia e impotencia. (G.S.C., 131)
La comicidad verbal –importante para crear el tono de farsa que campea en el texto- se nutre de los más variados registros, como en este diálogo que involucra citas de conocidas canciones populares de orígenes culturalmente contrapuestos:
“El cielo se está cayendo” insistió Recamier procurando contener el deslizamiento de Josué Jerusalem. “Let it be” ensayó ella un ingles británico que pronunció como ciclista galesa. (G.S.C., 153)
La esencia tragicómica del texto se hace evidente en el capítulo titulado, precisamente, “El cielo se está cayendo”, en el que los personajes principales, huyendo de una matanza emprendida por las autoridades insulares, se encuentran con un espectáculo auténticamente dantesco, en cuya descripción se reitera obsesivamente, como espeluznante leit-motiv, la palabra “sangre”. Citamos sólo el principio: Sangre, había sangre por todas partes. Sangre pronta a cuajarse como lácteo vital.
Sangre que empezaba a oxidarse con delgado esplendor mate y proseguía derramándose a impulsos, como descompensada de un hígado gigante, sangre de linfocitos aráctiles en camino a pudrirse y fraguar la plasta, torta o delirio de moscas y canes, sangre de presencia inesperada, estera de flogisto y estupefacción, sangre desconocida y anónima, curtida, vertida, incombustible sangre que cristalizaba al sol. Tanta era la sangre allí expuesta que debía provenir de un mártir ciclópeo o de una legión de soñadores. (G.S.C., 123-124)
Pero ese tono de horror cede paso, en fuerte anticlímax, a un relax humorístico, al encontrarse los fugitivos con un grupo de hampones que se expresan en su cómica jerga o “caliche”. Este pasaje (pp. 125 a 129) nos recuerda aquel cuento de Escoto titulado “Diálogo en la casa de las siete suelas” (de La balada del herido pájaro). El autor parece establecer, así, un puente intertextual, con la complicidad de sus lectores.
Para concluir, recalcamos que ésta es una aproximación muy general al texto, como una ojeada panorámica que busca enmarcar la novela en la poética narrativa de Escoto. Otros analistas contribuirán sin duda, “con mejor pluma”, a desmenuzar los múltiples aspectos que la configuran como un eslabón importante de la obra de este autor esencial en el panorama de la narrativa centroamericana contemporánea.
Notas
(1) Julio Escoto, El Génesis en Santa Cariba. Honduras, Centro Editorial, 2006. (Todas las citas del texto corresponden a esta edición, que identificamos como G.S.C.)
(2) Cfr. Mario Gallardo. Identidad e historia en Julio Escoto. Revista CriticArte. San Pedro Sula, Junio 2006, pp. 4-5.
(3) Karl Kohut y Werner Mackenbach (eds.). Literaturas centroamericanas hoy. Desde la dolorosa cintura de América. Frankfurt/Main-Madrid. Vervuertverleg-Iberoamericana, 2005. (Todas las citas del ensayo corresponden a este libro. La fuente es identificada como P.C.)
(4) Passim Mijail Bajtin. La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais. Madrid, Alianza Editorial, 2003.
(5) Véase esta muestra mínima de asociaciones sugeridas por algunos nombres de personajes: Chepito Martí (José Martí), Salvador Lejano (Salvador Allende), Monseñor Nobando (Monseñor Obando) , Alfonsina Mucha (Alfonso Mucha y Alfonsina Storni), coronel Diógenes Arellano (general López Arellano), comandante general Alvergue (lleva el apellido de la esposa del autor). También se incluyen referencias humorísticas directas a varios escritores contemporáneos, como el uruguayo Mario Benedetti, el hondureño Oscar Acosta y el nicaragüense Lizandro Chávez Alfaro (todos en la página 54).
San Pedro Sula, 17 de septiembre de 2006
16 noviembre, 2009
II Congreso Centroamericano de Estudios Culturales , San José

El escritor hondureño Julio Escoto participó en el II Congreso Centroamericano de Estudios Culturales realizado del 22 al 24 de julio, en San José, Costa Rica, luego de que la crisis política y social desatada en Honduras tras el golpe de estado del 28 de junio impidió que se llevara a cabo en Tegucigalpa, donde originalmente estaba programado.
En un acto dedicado el tema del golpe, Escoto explicó que las razones del golpe están en una serie de reformas que impulsó el Zelaya y que tocaban grandes intereses, pero que no consideraba que existiera un interés real por reelegirse.
Autor de obras como El árbol de los pañuelos, Madrugada, Bajo el almendro… junto al volcán, El ojo santo, El general Morazán marcha a batallar desde la muerte, entre otras, Julio Escoto cultiva el verso, la narrativa y el ensayo y ha logrado fungir como enlace de varias generaciones de escritores de Honduras y Centroamérica, al ser un autor en constante búsqueda e inquietud productiva.En esta breve entrevista conversa acerca del tema prioritario que es la actual crisis política en su país que repercute en todo el continente y de la cual es un atinado analista, pero también de esa posición como autor de dos generaciones cambiantes en Honduras.
¿Cómo valora las heridas que deja ya este proceso Honduras desde el golpe de Estado del 28 de junio?
- Con mucha preocupación porque se fragmenta y polariza. Desde los años 1910 a 1915, cuando se fundaron orgánicamente los dos mayores partidos políticos, en el país se estableció una división entre los dos caracteres, el nacionalista conservador y el liberal, un poco más reformista. Pero, con el paso de los años, esas divisiones fueron teniendo aristas un poco redondeadas, es decir la gente aprendió a vivir con esa división porque cuando se mejoró el sistema del sufragio, ya se pudo votar por uno y desechar, alternativamente. Esa división pudo ser manejable en la vida moderna del hondureño. Lo que ocurrió ahora abrió una zanja que no habíamos previsto; la habíamos visto en 1963 cuando se dio un golpe de Estado contra Ramón Villeda Morales, entonces la división provino entre golpistas militares y el resto de la sociedad. Pero ahora el golpe fue dado por el mismo partido político del presidente, por una gran división interna del partido Liberal.Además, el Partido Nacional, de oposición, se unió al golpe, pero algunos de ellos han renunciado a apoyarlo con lo que tiene su propia división. Por otro lado está la gran división en torno al retorno de Manuel Zelaya o no, porque es un proyecto político, aunque sea pequeño, el del presidente mismo, que ahonda una división todavía mayor. Se ha llegado ya a hablar de riesgo de guerra civil, que sería algo tajante en la historia. Sea cual sea la solución que se encuentre va a dejar heridas extensas. Si se resuelve por vía pacífica o no violenta, que es lo que todos deseamos, es probable que las próximas elecciones del 29 de noviembre contribuyan a suavizar un poco la división, porque la gente se va a interesar en le proceso puramente electoral. Pero si ocurriera un derramamiento de sangre la división sería mucho más prolongada y terrible.
¿Pero siempre pasaría por un gobierno de transición como se ha sugerido en el proceso de negociación?
- No creo. Tiene escasas posibilidades un gobierno de transición que no comprenda la restitución del presidente. Cualquier solución que se diera sin esa restitución sería una validación del golpe y lo que estamos tratando es que no se valide de ninguna manera, no queremos ser el primer país del mundo en el siglo XXI con un golpe de Estado y que además lo tolera. No queremos aparecer en el récord Guinness de la maldad.Yo hablo con todo tipo de gente en Honduras y nadie quiere que se nos vea como un pueblo que aceptó que se le modificara una forma de vida que pacíficamente había aceptado o que hemos vuelto a las cavernas y que los gorilas salieron de la jaula. Cómo lograrlo sin que haya muertes es la gran preocupación. Hay negociaciones públicas y tras bambalinas: las promovidas por la OEA, las impulsadas por el Departamento de Estado de Estados Unidos, con Oscar Arias como mediador e incluso las del exministro de defensa hondureño y designado vicepresidente, Arístides Mejía, directamente con las Fuerzas Armadas. Todas se orientan hacia hacerlo por la paz.
¿Qué pasará después, aún con la eventual restitución del presidente, porque él no tiene partido, ni siquiera candidato para las elecciones de noviembre?
- Sí el presidente Zelaya no va a tener mucho margen de acción. Esa es la razón por la cual en la última propuesta de Arias que Zelaya aceptó, renuncia a plantear el tema de la cuarta urna ni de la convocatoria a la constituyente, porque se da cuenta de que ese fue un punto muy fuerte de división en la sociedad y que fue uno de los motivos, quizás el más público, por los cuales se dio el golpe.Zelaya no tendrá una gran capacidad de maniobra, lo único que podrá es quedar en la historia como el presidente que fue restituido por el pueblo, que se bañó en multitudes, que el pueblo lo regresó al solio presidencial, como el presidente que planteó la necesidad de cambios en el país para modernizarlo o instar a la sociedad civil que sea ella la que plantee la convocatoria a una constituyente sin que él intervenga.. Creo que él se preocupa por su imagen histórica y trataría de entregar el poder de una forma legal y pacífica tal como está establecido en la Constitución.En estos cinco o seis meses que le quedarían en el gobierno, con esos “méritos” de haber sido devuelto por el pueblo, volver a lanzarse a la política en una ocasión posterior pero ya no desde la presidencia sino desde la llanura. Desarrollar su proyecto político.
Pero eso tomaría tiempo mientras la sociedad hondureña sigue polarizada.
- Sí y creo que él lo sabe. No puede regresar el poder una vez dejada la presidencia porque no hay reelección ni inmediata ni alterna a menos que más adelante se modifique la Constitución. Pero también está otro aspecto que no se visualiza en el exterior, que es el liderazgo del partido Liberal.Mel Zelaya llega al poder mediante una coalición de pequeñas fuerzas liberales dentro de las cuales está la Izquierda Democrática, el M líder etc, que lo impulsan para que llegue frente a la presidencia en contra de los caudillos tradicionales del Partido Liberal como Carlos Flores y Pineda Ponce, quienes lo han manejado tradicionalmente. Se presume que el viejo líder Carlos Flores, quien fue presidente de la República, maquinó el golpe con Micheletti. Suponemos que Mel Zelaya intentaría conquistar el Partido Liberal desde dentro y desde la llanura en contra de liderazgos viejos como el de Flores o Pineda Ponce.
¿Y cómo quedaría el ejército tras todo esto?
- No lo visualizo bien. Ellos acaban de probar otra vez, tras catorce años de buen sometimiento a la civilidad, el dulce del poder y de ser árbitros de una situación histórica. Pero suponemos que si esta generación que está en la cúpula desaparece y entran las nuevas generaciones jóvenes que están entre los 30 y 35 años, puede haber otro tipo de mentalidad y retornar a esa conducta de apoyo a los proyectos sociales. Se trata de sencillos proyectos sociales. Para decirlo con más claridad, por ejemplo, desde 1995, cuando se elimina el cargo de Jefe de las Fuerzas Armadas para un militar y se le pasa al presidente de la República y se elimina el servicio militar obligatorio y se pasa al electivo, en estos catorce años el ejército se ha comportado con una gran dignidad: nos ha ayudado a combatir incendios forestales, en los terremotos, con el huracán Mitch, ha llevado y asegurado las urnas durante los procesos electorales, y particularmente durante las inundaciones su ayuda ha sido extraordinaria, o sea, se ha ganado incluso un respeto de parte de la población. Habría que ver si después de esta experiencia ellos vuelven a ser lo que venían siendo o si es inevitable que queden viciados.
¿Y permanecerían como una sombra detrás del poder?
- Durante algunos años creo que, como en muchos países de América, va a quedar el temor de que esa sombra reviva y cobre fuerza.
No podemos dejar de hablar de literatura. Ud es una figura que de alguna manera enlaza dos generaciones de escritores en Honduras ¿cómo se ve, es una transición de la vieja guardia?
- Bueno, a las viejas guardias se les llama por dos acepciones: una por edad, porque pertenecen a una generación previa y asentaron un tipo de criterio en la construcción literaria; la otra porque se petrifican dentro de posiciones estéticas, técnicas, temáticas, etc., y en Centroamérica hay muchos que se anclaron ahí y no quieren salir de eso. En mi caso, y no es que pretenda darme méritos, una de mis ambiciones es siempre buscar la innovación. En la propuesta de temas y técnicas nuevas, en estéticas renovadoras quiero estar siempre pensando. Me siento a veces como una especie de puente entre escritores mayores de 60 años y algunos jóvenes que empiezan.
¿Cuáles son sus interlocutores?
- Curiosamente mayoritariamente son jóvenes, con los que converso e intento ayudar incluso a que publiquen sus libros porque soy editor también. Los apoyo siempre que sea su primer libro, ya para el segundo que se las arreglen como puedan. Me interesa apoyar ese primer libro. De manera que tengo mucho contacto con jóvenes y eso me rejuvenece, es indispensable para mí, para aproximarme a una realidad presente de la que quiero escribir y conocer el lenguaje que es la manifestación de una visión de mundo.
¿Y con otros autores de Centroamérica?
- No, casi no. Lo que pasa es que Centroamérica continúa balcanizada, dividida por fronteras artificiales, dentro de las cuales creo que Honduras tiene las más altas. Eso no es nuevo, Honduras ha sido históricamente uno de lo países menos comunicativos con el resto del mundo, aunque ha tenido figuras como Froilán Turcios que era como García Monge aquí en Costa Rica, que se escribía con mucha gente en el mundo.
¿Pero puede hacer un diagnóstico de la producción literaria hondureña actual?
- Bueno, fíjese que hasta hace unos diez años me quejaba de que no había un semillero, no miraba la generación siguiente arrancar, despertar. Pero ahora veo jóvenes escribiendo bastante, intentando algo nuevo, incluso diría que se intuye una generación parricida. Lo único es que no es tan joven, sino que ronda los 30 años, pero ya está el semillero naciendo.
Fuente; Revista Universitaria, Sab José, Costa Rica.
Madrugada

por Fausto Leonardo Henríquez
Julio Escoto ha escrito “Madrugada”, una novela de largo aliento con sabor histórico. En esta pausada obra el lector va a encontrar a personajes con vida propia, surgidos de la imaginación o asociados a hechos y momentos de la historia centroamericana antigua y contemporánea.
El narrador pone en boca de algunos de sus personajes el discurso de la identidad catracha y el ideal inalcanzable de lo que somos y podríamos ser como pueblo. “Madrugada” se remonta a los tiempos de la emancipación de los indígenas y de los esclavos negros. Pero no se queda ahí, sino que regresa a los tiempos de la guerrilla y Los Contra, época en la cual, como todos recordaremos, sucedieron numerosos episodios de intriga, oscurantismo, miedos y tragedias lamentables.
Hay capítulos en “Madrugada” que recrean la vida y la época en que los esclavos indígenas y negros –para mí lo mejor logrado por Escoto- que abstraen los modos y costumbres de siglos anteriores, transportando al lector al mundo de la memoria del pasado, es decir, a reconstruir la historia para redescubrir su identidad. Una de las claves de lectura de la obra que podría dar mucho de sí en una tesis.
Los personajes de ficción actúan de tal suerte que nos sorprenden a lo largo y ancho de sus enjundiosos capítulos. En los tramos en los que el narrador zurce una descripción panorámica, alcanza verdaderos hitos de la imaginación, instantes en que las palabras se vuelven bellas.
Al término de mi lectura de “Madrugada” –esto no es un juicio crítico, sino un comentario de lector- concluyo que la novela es un texto sólido y de un gran alcance a nivel de composición. El despliegue fictivo es epopéyico, al grado de que el desarrollo de la obra, su densidad y extensión, requiere de una vasta pericia y dominio del género.
“Madrugada” es una novela con genialidad narrativa y de hallazgos poéticos brillantes. Hay tramos, para mi gusto y goce en la lectura, de mucha fruición y espontaneidad que pueden ser considerados sin ambages a la altura universal del idioma de Cervantes.
En mi opinión, “Madrugada” requiere de lectores iniciados, amigos de los libros y del entretenimiento y de la buena lectura, así como de los viajes de la imaginación. A la pregunta de ¿qué es “Madrugada”? hay que decir que la respuesta no se da, se halla leyendo la obra.
02 septiembre, 2009
Las transnacionales petroleras detrás del clan conspirador golpista

Fuente: TelesurTV
En entrevista con teleSUR, el escritor Julio Escoto (1944) admite: "Es impresionante, ver a multitudes enfrentarse sin violencia a la policía y al ejército, sacudirles los escudos, detenerles los golpes, a los estudiantes universitarios devolviéndoles las latas de gas lacrimógeno, aventándoles piedras; a dirigentes ancianos y ancianas -que participaron en la gran huelga de 1954, clamando por la democracia- esto es emocionante, me llena de orgullo contemplar a mi nación que resiste y no se hunde, que tiene fe en su capacidad para reconquistar la libertad"
TeleSUR _ 24/08/2009 Julio Escoto, Premio Nacional de Literatura de Honduras (1974), es autor de: Los Guerreros de Hibueras (1967); La balada del herido pájaro y otros cuentos (1969); El árbol de los pañuelos (1972). Antología de la poesía amorosa en Honduras (1975); Casa del Agua (1975); Días de ventisca, noches de huracán (1980); Bajo el almendro... junto al volcán (1988); El ojo santo: la ideología en las religiones y la televisión (1990); José Cecilio del Valle: una ética contemporánea (1990); El general Morazán marcha a batallar desde la muerte (1992); Rey del Albor, Madrugada (1993); Todos los cuentos (1999) y El génesis en Santa Cariba (2008).
"¿Y si alguien consiguió petróleo tras el derrocamiento del Presidente Zelaya?" preguntó Julio Escoto a principios de mes, una variable geopolítica descuidada por otros analistas y que toma fuerza: "Ahora que han transcurrido los días se va precisando con mayor claridad el gran objetivo del golpe: el reparto de los bienes nacionales, tanto de la naturaleza como del Estado ... A ello se agrega, la existencia ya comprobada de petróleo explotable en un área de 1500 kilómetros cuadrados en la costa Atlántica de Honduras y Nicaragua; tal plato apetitoso no podía dejarse, debía servirse en el banquete de las transnacionales petroleras, a las que por cierto Zelaya había limitado el monto de sus ganancias. Las grandes petroleras no conciben alianzas que no sean dentro del primer mundo para explotar los recursos del tercero, y de allí que se resistan terriblemente a que surjan otros centros de poder económico"
MC.-Parafraseándolo, y con el toque de queda a cuestas, ¿cómo transcurren las noches de huracán y los días de ventisca entre la represión golpista?
JE.-Transcurren combatiéndola, denunciándola, revelándola, formando conciencia entre convencidos y no convencidos de que esa no es forma civilizada de vivir pues, aunque luzca absurdo, aún existen personas que creen que las palabras "orden" y "civilización" exigen naturalmente a las otras: "garrote" y "bomba lacrimógena". Transcurren igual controlando la ira para transformarla en mensajes orientadores que impongan la cordura sobre la indignación, pues en su inicio la Resistencia ocupó que le advirtieran no permitir provocadores en sus filas, no aportar mártires sino luchadores, operar con cordura pero con valor y, sobre todo, mantener la vista fija en el objetivo central: restaurar lo constitucional. Cuando puse aquel título a la novela ya había vivido yo el golpe de Estado de 1963 y la invasión salvadoreña de 1969, pero no creí que de llegar al siglo XXI iba a presenciar otra vez tales días y noches.
MC.-Escribió un ensayo que bajo otras circunstancias parecería ficción: "El golpe del oro negro", sobre la posibilidad de extraer petróleo en Honduras; por si no fuera suficiente el estudio geopolítico con las consecuencias de la base militar de EE.UU. en Palmerola, ahora propone la variable petrolera, ¿exportación de la doctrina del shock de Afganistán a Irak pasando por Honduras?
JE.-Ahora que han transcurrido los días se va precisando con mayor claridad el gran objetivo del golpe, cual es el reparto de los bienes nacionales, tanto de la naturaleza como del Estado. Cada día es más obvio el concordato de la clase pudiente financiera con el poder militar, mejor dicho con el aparato represor militar. La semana pasada, por ejemplo, un diputado golpista propuso que se proceda pronto a vender los bienes incautados al narcotráfico y a quiebrabancos para financiar al gobierno, pero en verdad, en el fondo, para medrar y ganar comisiones; igual se propuso en el congreso modificar la ley de servicio militar para permitir reclutamiento forzoso en caso de emergencia pública, pero en realidad para acrecentar los batallones y contar con mayor fuerza represora; algunos diarios pro-golpe critican esta semana al sistema telefónico celular del Estado (Hondutel) precalificándolo de fracaso, pero en verdad con el propósito de eliminarlo y pasarlo a la telefonía privada, que ya cuenta con millones de usuarios por los que no paga impuesto; y luego el canal supuestamente educativo de televisión ha empezado a "informar" sobre la conveniencia de sustituir la producción térmica de energía por la originada de recursos naturales, lo que era un proyecto impulsado por el gobierno de Manuel Zelaya, con lo que se manifiesta que la empresa privada va por negocios multimillonarios que pudo emprender el Estado, en particular con apoyo de la ALBA. Son los inmediatos productos del golpe.
"A ello se agrega, lógico, la existencia ya comprobada de petróleo explotable en un área de 1500 kilómetros cuadrados en la costa Atlántica de Honduras y Nicaragua; tal plato apetitoso no podía dejarse, de ninguna manera, a la mesa de la "chusma" nacional, peor aliada con capitales estatales venezolanos, sino que conforme a la tradición capitalista mundial debía servirse en el banquete de las transnacionales petroleras, a las que por cierto Zelaya había limitado el monto de sus ganancias. Y como ya ocurría un clima de confrontación provocado por La Cuarta Urna - que en el fondo era el primer paso para convocar a la Asamblea Constituyente - y como el mismo partido de gobierno estaba dividido ideológica y políticamente, ni se necesitó accionar a los 800 soldados norteamericanos asentados en la base de Palmerola sino que la tribu local castrense obedeció a las órdene$ emitida$ por el clan con$pirador -los signos de dólar son intencionales; el rumor es que los generales fueron abundantemente pagados-"
MC.-He ahí el dilema: ¿Artículos "pétreos" de la Constitución o derivados petroleros?
JE.-Su pregunta remite al meollo del asunto, a la rigidez de que habló Henri Bergson y que es la causa de los autoritarismos y de lo ridículo. Las grandes petroleras no conciben alianzas que no sean dentro del primer mundo para explotar los recursos del tercero, y de allí que se resistan terriblemente a que surjan otros centros de poder económico, en este caso latinoamericanos. Los constituyentes de la Carta Magna hondureña de 1980 igual partieron de su visión rígida del mundo, creyendo, como si fuera Biblia, que su palabra sería imperturbable y que nada debía cambiar. El mundo del humanismo moderno muestra que lo que carece de flexibilidad se quiebra.
MC.-Durante una visita oficial a México, el Presidente Zelaya explicó la innovadora licitación internacional para comprar combustibles a mejor precio; aunado al aumento del salario mínimo, su acercamiento al ALBA, la intencionalidad de una Asamblea Constituyente, ¿qué otros factores se debatieron al interior del país al punto que la oligarquía instauró un régimen de facto?
JE.-Otro aspecto de importancia fue la lucha interna del Partido Liberal entre la dirigencia usual, de la tradición, y nuevas fuerzas llamémosle "contestatarias", si bien lo fueron sólo ligeramente. La vieja guardia de Carlos Flores Facussé y otros caudillos a lo siglo XIX vieron riesgo de que gentes más jóvenes variaran el credo conformista, incluso neoliberal, del partido y se alzaran con la dirigencia, que es lo que se supone lograría Zelaya y su grupo de los "patricios" si triunfaba la convocatoria a la Constituyente. El suceso del golpe vino a probar, así, que había oposición del Partido Nacional pero igual dentro del Liberal ya que la propuesta de Zelaya atentaba contra el sistema. El sistema de expoliación del Estado por parte de esos dirigentes como de la claque económica; el sistema de la corrupción institucionalizada; del aprovechamiento de los beneficios del Estado: en Honduras las transnacionales mineras pagan 11% de canon mientras que un gambusino que explora en los ríos en busca de oro tasa el 40%; las franquicias de comida rápida no pagan impuestos, por ampararse a la ley de fomento del turismo, pero un hondureño que instale un restaurantito de hamburguesas paga 100% de impuestos, eso es también parte del viciado sistema.
"Los beneficiarios del sistema dejaron sin aprobar en el congreso: la ley de minería, porque las mineras no estaban contentas con lo propuesto y que favorecía a la nación; la nueva ley de telecomunicaciones, porque a los dueños de grandes cadenas (algunas hasta con 200 frecuencias radiales y televisivas) no les convenía que se abriera el espectro electromagnético; el sistema aprobó de urgencia, el pasado junio, las fórmulas de referéndum y plebiscito pero en el reglamento los amarró tanto que es casi imposible que el pueblo haga uso de ellos para, precisamente, modificar al sistema. Tras esto no cuesta identificar a los golpistas ocultos y los velados"
MC.-Usted es un estudioso de las ideologías en la religión y la televisión, ¿qué ejemplifica el golpe de Estado en ambas esferas?, lo pregunto porque un obispo hondureño pretende postular a las elecciones presidenciales de noviembre y los mass media son la columna de la dictadura de MichelettiÂ…
JE.-Lo "hermoso" del golpe de Estado, si puede acuñarse tal frase, es que develó con terrible claridad a lo que se mantenía oculto. Hizo caer máscaras. El dolor contribuyó a que miles y millones de personas comprendieran que ciertos vocablos a los que atribuía intención exclusivamente teórica, como "oligarquía", son intensamente reales y ciertos. De pronto esa oligarquía quedó precisamente identificada incluso con rostros que circulan profusamente por Internet, con definición de sus negocios y fortunas, de sus traiciones y manipulaciones. Entre tales surgió cada vez más definido un rostro del que se sospechaba injerencia pero que se conservaba difuso, y que es el del capital en manos de la etnia árabe -libaneses y mayormente palestinos-, de fuerte presencia en Honduras -si no me equivoco, después de Antofagasta, San Pedro Sula es la ciudad con mayor influjo de ascendencia árabe, por cierto extremamente conservadora-
"Las máscaras cayeron también de la faz de pastores y sacerdotes, así como personificaron con honor a otros sacerdotes y pastores dignos que se unieron a la Resistencia y contribuyeron a fortalecer la decisión insubordinada del pueblo. Lo más doloroso en esta materia fue la negación –metafóricamente por tres veces- del hasta entonces respetado Cardenal O. A. Rodríguez, quien sin tener necesidad de ello, pero respondiendo a su condición de clase y su formación sotanada, acuerpó al golpe, lo avaló y certificó. Ha sido este un profundo desengaño amoroso que nadie esperaba. Con todo, ahora la gente está clara de que no se puede separar nunca religión de política"
MC.-A nivel comunicacional, ¿qué distractores están a la vista?, ¿las rondas clasificatorias rumbo al Mundial de Fútbol?, ¿la influenza H1N1?
JE.-Mayormente dos, las elecciones y el fútbol rumbo al mundial. Ya hay quienes proponen una tercería: que renuncien Mel y Micheletti y se haga cargo del Estado el presidente de la Corte Suprema, de quien buenas y malas lenguas cantan impresionantes rosarios de errada conducta y corrupción; yo ni siquiera lo conozco. Adelantar las elecciones sería validar al golpe, algo que no deseamos, no queremos ni podemos siquiera contemplar, menos pedir que renuncie Zelaya a su derecho de restaurar la constitucionalidad. Si él quiere renunciar al siguiente día de colocársele en el solio, perfecto, pero antes no. En este momento circulan miles de autos por las calles de San Pedro Sula reclamando el retorno de Mel, pero no por Mel mismo sino porque la reparación democrática pasa forzosamente por él.
"El fútbol es un gran distractor pero parece que la conciencia ganada por la población es ahora tan amplia y madura que, como ya ocurrió, se da el gusto de marchar en protesta todo el día y luego asiste al estadio por la noche. Parece que ha aprendido a pelear y disfrutar; incluso circulan chistes sobre Micheletti, lo que indica que si la gente maneja el humor en una situación tan crítica es que ya perdió el miedo o tiene confianza en que logrará lo que quiere. Sólo los fuertes sonríen frente al peligro"
"Con todo, luce que lo que se ha iniciado en Honduras no es una coyuntura sino un proceso. Mucha gente afirma que con o sin Mel la convocatoria a la Constituyente y la reforma de la constitución, equivalente a la reforma del Estado, va. Que todo lo que de conciencia y formación política acelerada que se ha ganado en estos días no puede perderse y que deben realizarse cambios profundos en lo nacional. Los subsiguientes meses y años dirán si esto fue sólo una herida o una transformación"
MC.-Usted dice: "sólo los fuertes sonríen frente al peligro", ¿piensa caricaturizar, en una crónica, el patético papel de los golpistas?
JE.-Sé de por lo menos cuatro proyectos de redacción, que es decir de reflexión y condensación, sobre lo que sucede ahora. Hay fotografías extraordinarias y tantas como para cubrir edificios con su muestra de rebeldía y dignidad, así como de bestialidad y represión. Cada día debo dedicar por lo menos dos horas a leer o eliminar los cientos de correos que transitan por Internet y que se refieren a la crisis; no sé si en el futuro escribiré algo extenso sobre ello, puede ser.
MC.-El 24 de julio de 1941, Neruda leyó una sentencia de Simón Bolívar, "Dijo: Despierto cada cien años/Cuando despierta el pueblo" y en el Canto general (1950) dedicó un poema a Centroamérica: "Alta es la noche y Morazán vigila/Te desmoronan hijos y gusanos/se extienden sobre ti las alimañas/y un puñal con tu sangre te salpica" ¿Cada cuándo vuelve a marchar Morazán por Centroamérica?, ¿qué lectura hace de los poemas que se escriben desde la resistencia hondureña?
JE.-Una novela mía se titula el General Morazán marcha a batallar desde la muerte (1992), y ya lo está haciendo. Sin pretensiones folclóricas ni pedanterías superfluas, la movilización que ocurre hoy en Honduras, y desde hace casi sesenta días, es extraordinaria, heroica y épica. Siempre oí de mis padres y abuelos decir que el hondureño es pueblo que aguanta de todo y no reacciona, pero también que "el día que este pueblo despierte va a ser terrible", y lo está siendo.
"Lo que abunda es la canción, música dedicada a estimular la resistencia, poemas y cantos venidos de diversos sitios del mundo -Francia, Venezuela ... -que elevan la estima de quienes se sacrifican día a día por restituir lo dañado. No hay una sola canción de los fariseos, es decir de los 'blancos' y entre los artistas dignos da vergüenza que se les relacione con 'ellos', es decir con los golpistas. Desde luego que los 'contras', como igual se les nombra, tienen también sus acólitos y guardaespaldas intelectuales, pero no son significativos y, lo peor, desde hace 60 días no han podido variar las explicaciones y justificaciones de su discurso. No hay nuevos argumentos y, como se sospecha, pronto incluso quedarán sin voz, pues se les acabará la cuerda al retornar Zelaya y recomponerse la civilidad"
MC.-El Presidente Salvador Allende dijo en su último discurso: "Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos", ¿la resistencia al golpe en Honduras es la confirmación de las grandes Alamedas?
JE.-Absolutamente sí, como es también el ritornello del hermoso poema a Túpac Amaru, aquel de "querrán matarlo y no podrán matarlo". Una de las canciones más queridas y sonadas del momento en las radios alternativas (a las que habría que dedicar extensísimo capítulo de admiración por su arrojo y valentía) fue compuesta por Liliana Felipe y Jesusa Rodríguez, dos artistas mexicanas, y su leit motiv reza: "nos tienen miedo porque no tenemos miedo" ... Es impresionante, Mario, para erizar los cabellos del cuerpo, ver a multitudes enfrentarse sin violencia a la policía y al ejército, sacudirles los escudos, detenerles los golpes, a los estudiantes universitarios devolviéndoles las latas de gas lacrimógeno, aventándoles piedras; a dirigentes ancianos y ancianas -que participaron en la gran huelga bananera hondureña de 1954, o como Dionisia Díaz, la comandante abuelita, que a sus 75 años ha participado en todas las marchas de resistencia megáfono en mano, clamando por la democracia- esto es emocionante, me llena de orgullo contemplar a mi nación que resiste y no se hunde, que tiene fe en su capacidad para reconquistar la libertad. Desde luego, debe declararse, que la solidaridad internacional es la llama que da pábilo a esta heroica resistencia nacional.
"Es un fenómeno trascendente. Sabemos los letrados, e intuyen los iletrados, que estamos en la mirada del mundo y que si nosotros dejamos que este golpe triunfe habremos sido el pueblo que permitió se iniciara el retorno de los gorilas a América, lo que no debemos permitir. Sabemos que no debemos ni podemos quedar en la historia con tal mancha, si bien es la mancha de un grupo pequeño y no mancha nacional. Aún así estamos como obligados, como condenados, dígase así, a lavarla. Y es lo que vamos haciendo día a día, cada vez con más fuerza y más fe. Esto no hay nadie que lo detenga, y no es que sea petulante o excesivamente optimista, pues si acaso no se resuelve ya, en días, se conquistará en años pero se conquistará. Hemos descubierto el principio del honor, del valor y la dignidad y es que 'nos tienen miedo porque no tenemos miedo'"
MC.-Finalmente, ¿escribirá una segunda entrega para la saga novelística de la infamia militar en Honduras?
JE.-Mi novela: Rey del Albor, Madrugada (1993) abarca con amplitud -espero que con calidad- los temas de la dictadura y la guerra sucia. Concluí recientemente otra obra extensa que es como continuación de aquella y que habla sobre el narcotráfico y el lavado de activos, a ver cuándo se publica. En verdad -me doy cuenta ahora- creo que estoy un tanto perezoso, o bien ocupado en acciones concretas, viendo cómo otro gran escritor que se llama pueblo redacta su propio ensayo de libertad y redención. Es, no me canso de alabarlo, insisto, una lectura histórica y apasionante.
Mario Casasús
26 agosto, 2009
Plan Nacional de Desarrollo "Honduras Solidaridad 2030"

Uno de los proyectos prioritarios que realizó el gobierno de Manuel Zelaya Rosales fue la elaboración, por diversos expertos en el ramo, de un Plan Nacional de Desarrollo que, a más tardar 2030, sacara a Honduras de la miseria y la pobreza, así como sentara las bases para el logro de una independencia económica y autonomía política dentro del contexto de los países modernos.
No puedo creer más que hay manos ocultas que fomentan la rusticidad de este pueblo. Y ¿no será una vergüenza tan débiles trámites? ¿No se hará cargo a Vuestra Señoría de indiferente por un pueblo que le ha confiado sus intereses y ha depositado en Vuestra Señoría su autoridad para que defienda sus derechos?… Si no se adopta esta medida, no le queda otra a ese Ayuntamiento para dotar al maestro de Escuela. Sin ésta no habrá buenas costumbres, no habrá igualdad ni en las personas ni en los intereses ni en los bienes y estamos expuestos a que caiga sobre nosotros un yugo que no lo podamos sacudir jamás”.
17 agosto, 2009
LA GUERRA DEL FÚTBOL
Ryszard Kapuściński
Luis Suárez dijo que habría guerra, y yo siempre creía a pies juntillas todo lo que él decía. Vivíamos juntos en Ciudad de México, y Luis me daba clases sobre América Latina. Me enseñaba lo que es y cómo comprenderla. Tenía un olfato especial para ver venir los acontecimientos. En su tiempo, predijo certeramente la caída de Goulart en Brasil, la de Bosch en la República Dominicana y la de Jiménez en Venezuela. Mucho antes del regreso de Perón, creía firmemente que el viejo caudillo volvería a ser presidente de Argentina, como también vaticinó la muerte inminente del dictador de Haití, François Duvalier, cuando todo el mundo le auguraba muchos años de vida. Luis sabía moverse por las arenas movedizas de la política de este continente, en las que aficionados como yo cometíamos error tras error y acabábamos hundiéndonos sin remisión.
En esta ocasión, Luis expresó su opinión sobre la guerra que se nos avecinaba, después de doblar el periódico en el que acababa de leer una crónica deportiva, dedicada al partido de fútbol que habían jugado las selecciones nacionales de Honduras y El Salvador. Los dos equipos luchaban por clasificarse para el Mundial que, según lo anunciado, se celebraría en México en 1970.
El primer partido se jugó el domingo 8 de junio de 1969
en la capital de Honduras, Tegucigalpa.
Nadie en todo el mundo prestó la más mínima atención a este acontecimiento.
El equipo de El Salvador llegó a Tegucigalpa el sábado, y todos sus miembros pasaron la noche en blanco en el hotel. No pudieron dormir porque fueron víctima de una guerra psicológica que desencadenaron los hinchas hondureños. El hotel se vio rodeado por un hervidero de gente. La multitud arrojaba piedras contra los cristales y aporreaba láminas de hojalata y bidones vacíos. A cada momento estallaban con estruendo los petardos. Se disparaban en aullidos espantosos los cláxones de los coches que habían rodeado el hotel. Los hinchas silbaban, chillaban, proferían gritos llenos de hostilidad. El escándalo se prolongó durante toda la noche. Y todo para que los jugadores del equipo contrario, sin haber podido pegar ojo, nerviosos y cansados, perdieran el partido. En Latinoamérica, semejantes prácticas están a la orden del día, así que no sorprenden a nadie.
Al día siguiente, Honduras venció al equipo de El Salvador, muerto de sueño, por 1 a 0.
Cuando el delantero centro del equipo hondureño, Roberto Cardona, metió en el último minuto el gol de la victoria, en El Salvador, una muchacha de dieciocho años, Amelia Bolaños, que estaba viendo el partido sentada frente al televisor, se levantó de un salto y corrió hacia el escritorio, en uno de cuyos cajones su padre guardaba una pistola. Se suicidó de un disparo en el corazón. «Una joven que no pudo soportar la humillación a la que fue sometida su patria», publicó al día siguiente el diario salvadoreño El Nacional. Transmitido en directo por televisión, al entierro de Amelia Bolaños asistió la capital entera. Encabezaba el cortejo fúnebre la compañía de honor del ejército de El Salvador, portando su estandarte. Detrás del féretro, cubierto con la bandera nacional, marchaba el presidente de la república acompañado de sus ministros. Tras el gobierno desfilaban los once jugadores del equipo de El Salvador, que esa misma mañana habían vuelto al país a bordo de un avión especial, no sin que antes, en el aeropuerto de Tegucigalpa, les llenaran de vituperios, les escupieran en la cara, los ridiculizaran y vilipendiaran.
Una semana después se celebraba en un campo de fútbol de bello nombre, Flor Blanca, de la capital salvadoreña, San Salvador, el partido de vuelta. Esta vez fue el equipo de Honduras el que pasó la noche en blanco: una multitud de hinchas encolerizados rompieron todos los cristales de las ventanas del hotel para, a continuación, arrojar al interior de las habitaciones toneladas de huevos podridos, ratas muertas y trapos apestosos. Los jugadores fueron llevados al estadio en carros blindados de la I División Motorizada de El Salvador, lo que los salvó de la venganza del vulgo sediento de sangre que se apiñaba a lo largo del trayecto, enarbolando los retratos de la heroína nacional, Amelia Bolaños.
Las afueras del estadio estaban tomadas por el ejército. Alrededor del campo mismo, cordones de soldados del regimiento de élite de la Guardia Nacional blandían sus metralletas listas para disparar. Cuando sonó el himno nacional de Honduras, el estadio estalló en gritos, silbidos, abucheos e insultos, que no cesaron hasta la última nota. A continuación, en lugar de la bandera nacional de Honduras, que había sido quemada minutos antes para gran júbilo de los espectadores, locos de alegría, los anfitriones izaron en el asta un harapo sucio y hecho jirones. Resulta evidente que, dadas las circunstancias, los jugadores de Tegucigalpa no pudieron pensar en el juego. Sólo pensaban en si iban a salir de allí con vida. «Menos mal que hemos perdido este partido», dijo con alivio el entrenador del equipo visitante, Mario Griffin.
El Salvador ganó por 3 a 0.
Directamente del campo de fútbol, el equipo de Honduras fue llevado al aeropuerto en los mismos carros blindados que lo habían traído. Peor suerte corrieron sus hinchas, que, golpeados y pateados sin piedad, huían hacia la frontera. Dos personas resultaron muertas. Docenas tuvieron que ser hospitalizadas. Ciento cincuenta coches hondureños fueron incendiados. Pocas horas después, la frontera entre ambos países quedaba cerrada.
Todo esto lo leyó Luis en el periódico y dijo que habría guerra. En sus tiempos había sido un gran reportero y conocía a la perfección su terreno.
En América Latina, decía, la frontera entre el fútbol y la política es tan tenue que resulta casi imperceptible. Es larga la lista de los gobiernos que cayeron o fueron derrocados por los militare sólo porque la selección nacional había perdido un partido. Los periódicos llaman traidores a la patria a los jugadores del equipo perdedor. Cuando Brasil ganó en México el Campeonato Mundial, un amigo mío, exiliado político brasileño, estaba destrozado: «La derecha militar», dijo, «tiene asegurados por lo menos cinco años de gobierno sin que nadie la importune.» En su camino hacia el título de campeón, Brasil ganó a Inglaterra. El diario Jornal dos Sportes, que se publica en Río de Janeiro, explica la causa de la victoria en el artículo titulado «Jesús defiende a Brasil» con estas palabras: «Cada vez que el balón se acercaba a nuestra portería y parecía que nada podría salvamos del gol, Jesús bajaba un pie de entre las nubes y despedía la pelota fuera del campo.» El artículo se publicó acompañado de dibujos que ilustraban ese fenómeno sobrenatural.
El que va al campo de fútbol puede perder la vida. Tomemos como ejemplo un partido en el que México pierde con Perú por 1 a 2. Desesperado, un hincha mexicano exclama en tono sarcástico: «iViva México!» Instantes después muere masacrado por la multitud. No obstante, también hay veces en que esas fuertes emociones acumuladas se descargan de otra forma. Después del partido en el que México ganó a Bélgica por 1 a 0, borracho de tanta felicidad, Augusto Mariaga, alcaide de la cárcel de Chilpancingo (estado de Guerrero), que alberga exclusivamente a presos condenados a cadena perpetua, recorre los pasillos pistola en mano, dispara al aire y, al grito de «¡Viva México!», abre una a una todas las celdas, dejando en libertad a 142 criminales peligrosos. El tribunal absuelve a Mariaga, «porque, según se puede leer en la motivación de la sentencia, actuaba llevado por un arrebato de patriotismo».
—¿Crees que merece la pena ir a Honduras?— le pregunté a Luis, que en aquella época era redactor de Siempre, un semanario serio e influyente.
—Creo que sí — me contestó—, seguro que pasará algo. A la mañana siguiente aterricé en Tegucigalpa.
Al anochecer un avión sobrevoló la ciudad y arrojó una bomba. Todo el mundo oyó el estruendo del estallido. Las colinas que rodean la capital multiplicaron la violenta explosión del metal reventado, por lo que más tarde hubo quienes sostuvieron que se trataba de todo un bombardeo. El pánico se apoderó de la ciudad. La gente se refugiaba en los portales, los comerciantes cerraban sus tiendas. Los conductores abandonaban los coches en medio de la calle. Una mujer corría por la acera, gritando: «¡Mi hijo! ¡Mi hijol» De pronto enmudeció, y todo se sumió en el silencio. Un silencio tal que la ciudad parecía muerta. Al cabo de unos instantes se apagó la luz, y toda Tegucigalpa quedó sumida en la más profunda oscuridad.
Fui corriendo al hotel, irrumpí más que entré en mi habitación, coloqué una hoja de papel en la máquina de escribir y me puse a redactar el texto de un telegrama para Varsovia. Tenía mucha prisa, porque sabía que era el único corresponsal extranjero en Tegucigalpa y que podía ser el primero en transmitir al mundo la noticia del estallido de la guerra en América Central.
La habitación estaba tan oscura que no podía ver nada. Bajé a tientas a la recepción, donde me dejaron una vela. Volví al cuarto, encendí la vela y puse mi transistor. El locutor daba lectura al comunicado del gobierno de Honduras sobre el inicio de la guerra con El Salvador. Después vino la noticia de que el ejército salvadoreño había comenzado los ataques a Honduras a lo largo de toda la línea del frente.
Empecé a escribir:
TEGUCIGALPA (HONDURAS) PAP 14 DE JULIO VÍA TROPICAL RADIO RCA HOY A LAS SEIS DE LA TARDE EMPEZÓ LA GUERRA ENTRE EL SALVADOR Y HONDURAS LA AVIACIÓN DE EL SALVADOR BOMBARDEÓ CUATRO CIUDADES HONDUREÑAS STOP AL MISMO TIEMPO LAS TROPAS DE EL SALVADOR VIOLARON LA FRONTERA CON HONDURAS INTENTANDO PENETRAR EN EL INTERIOR DEL PAÍS STOP EN RESPUESTA AL ATAQUE DEL AGRESOR LA AVIACIÓN DE HONDURAS BOMBARDEÓ LOS MÁS IMPORTANTES CENTROS INDUSTRIA-LES Y OBJETIVOS ESTRATÉGICOS DE EL SALVADOR Y LAS FUERZAS TERRESTRES EMPRENDIERON ACCIONES DEFENSIVAS.
En aquel instante oí gritar desde la calle: «¡Apaga la luz!», una, dos, más veces, y con una voz cada vez más apremiante y nerviosa, así que me vi obligado a apagar la vela. Seguí escribiendo a tientas, a ciegas; sólo de cuando en cuando alumbraba el teclado de la máquina con la llama de una cerilla.
LA RADIO INFORMA QUE SE LIBRAN DUROS COMBATES EN TODO EL FRENTE Y QUE LAS TROPAS DE HONDURAS CAUSAN GRANDES BAJAS AL EJÉRCITO DE EL SALVADOR STOP EL GOBIERNO EXHORTA A LA NACIÓN A DEFENDER LA PATRIA EN PELIGRO Y APELA A LA ONU PARA QUE CONDENE LA AGRESIÓN.
Bajé al vestíbulo con el telegrama, encontré al propietario del hotel y le rogué que buscase a alguien que me acompañase a Correos. Como había llegado ese mismo día, desconocía Tegucigalpa por completo. No es que sea una ciudad grande —apenas un cuarto de millón de habitantes—, pero está situada sobre colinas, lo que hace que tenga un entramado de calles complicado. El propietario quería ayudarme, pero no tenía a nadie disponible, y yo tenía prisa. Al final, llamó a la policía. Ningún agente tenía tiempo. Así que llamó a los bomberos. Al cabo de un rato llegaron tres, con sus uniformes de trabajo, cascos y hachas incluidos. Nos saludamos a ciegas; no pude ver sus rostros. Les supliqué que me condujeran a Correos. «Conozco muy bien Honduras», mentí, «y sé que es un país que alberga a la gente más hospitalaria del mundo. Estoy seguro de que: no me negarán el favor. Es muy importante que el mundo sepa la verdad sobre quién empezó la guerra, quién disparó primero, etc., y quiero asegurarles que lo que he escrito es la purísima verdad. Ahora lo primordial es el tiempo; debemos damos prisa».
Salimos del hotel. A través de la oscura noche sólo pude distinguir la línea de la calle. No sé por qué, pero hablábamos en voz muy baja, susurrando. Contaba los pasos en un intento de memorizar el camino. Estaba a punto de llegar a mil, cuando los bomberos se detuvieron y uno de ellos llamó con los nudillos a una puerta. Desde el interior, una voz nos preguntó con insistencia quiénes éramos. Luego la puerta se abrió fugazmente, tan sólo un instante, para que desde fuera no se viese la luz. Ahora ya estaba dentro. Me dijeron que esperara. En todo Honduras había un solo aparato de télex, que en esos momentos estaba ocupado por el presidente de la república. El presidente mantenía por télex un intercambio de impresiones con la embajada de Honduras en Washington, a la que le ordenaba solicitar ayuda militar al gobierno de Estados Unidos. La consulta se prolongó lo indecible, porque tanto el presidente como el embajador usaban un lenguaje increíblemente salpicado de florituras, amén de que la conexión se cortaba a cada momento.
Hasta medianoche no conseguí comunicarme con Varsovia. La máquina imprimió el número TL 813480 PAP VARSOVIA. Di un salto de alegría. El operador me preguntó:
—¿Varsovia es un país?
—No es un país. Es una ciudad. El país se llama Polonia.
—Polonia, Polonia -repitió en un intento de reconocerlo, pero vi que el nombre no le evocaba nada.
Preguntó a Varsovia:
HOW RECEIVED MSG BIBI + + = :?
y Varsovia contestó:
RECEIVED OK OK GREE FOR RYSIEK TKS TKS + + + !
Abracé al operador efusivamente, deseándole que saliera de la guerra sano y salvo, y me dispuse a regresar al hotel. Apenas salí a la calle y recorrí una veintena escasa de metros, me di cuenta de que me había perdido. Estaba envuelto en una oscuridad total, densa, espesa e impenetrable, como si una venda negra me cubriera los ojos; no podía ver nada en absoluto, ni siquiera mis propios brazos, extendidos hacia adelante. El cielo debía de haberse cubierto de nubes pues habían desaparecido las estrellas, y en ninguna parte se veía luz alguna.
Estaba solo en medio de una ciudad extraña y desconocida, que no podía ver y que parecía haber quedado sepultada bajo tierra. Un silencio cargado de tensión lo envolvía todo; la ciudad había enmudecido como si la hubieran hechizado, ni una sola voz, ningún sonido llegaba de ninguna parte. Caminaba hacia adelante, palpando, como un ciego, las paredes, las cañerías de desagüe y las rejas de los escaparates. Me percaté de que mis pasos retumbaban sobre la acera, así que empecé a andar de puntillas y con sumo sigilo. De pronto, mi mano dio en el vacío: no había más pared; debía de haber llegado al final de la manzana. ¿Habría salido a una plaza? ¿O tal vez se trataba del final de un terraplén y tenía delante un precipicio? Palpé el suelo con los pies. ¡Asfalto! Estaba en medio de una calzada. Crucé al otro lado y volví a pegarme al muro. Perdido, sin saber dónde quedaba Correos ni dónde estaba el hotel, seguí avanzando. De repente oí un estruendo ensordecedor, sentí que perdía el equilibrio y me desplomé sobre la acera.
Había volcado un cubo de basura de hojalata.
En aquel tramo, la calle debía de bajar en pendiente, porque el cubo rodó con estrépito durante un buen rato. En ese momento oí abrirse muchas ventanas, de donde me llegaban unos susurros llenos de terror: «¡Silencio! ¡Silencio!», voces ahogadas de una ciudad que quería que aquella noche el mundo se olvidara de ella, que deseaba sumirse en la oscuridad y el silencio, que se defendía de ser desenmascarada. A medida que se alejaba, vacío, el cubo de basura calle abajo, se abrían más y más ventanas y se repetían los susurros de «¡Silencio!, ¡silencio!», suplicantes unos, furiosos otros. Pero no había manera de detener al monstruo de hojalata, que rodaba por las desiertas calles como enloquecido, chocando con estrépito contra los adoquines, las farolas y los bordillos. Aterrorizado y empapado en sudor, me tendí sobre la acera, pegándome a ella como una lapa. Temía que empezasen a dispararme. Había cometido un acto de traición contra la ciudad. El enemigo podía haber oído el ruido del cubo de basura y así localizar la situación de Tegucigalpa, que, en semejante oscuridad y silencio, no había manera de detectar. Pensé que no me quedaba más que una salida: huir, largarme de allí lo más lejos posible. Me levanté de un salto y eché a correr. Me dolía la cabeza debido al fuerte golpe que me había dado al caer sobre la acera. No obstante, seguí corriendo como un poseso hasta que tropecé con algo y volví a caer de bruces. Sentí el sabor de la sangre en la boca. Me levanté y me apoyé contra una pared. El cerco de los muros se cerraba sobre mí, un ser indefenso, acorralado por una ciudad que ni siquiera podía ver. Agucé la vista en espera de la luz de las linternas, convencido de que me seguirían para darme caza. Atraparían al intruso que había infringido la última orden dada en esta guerra, orden que prohibía a todo el mundo salir a la calle durante la noche. Pero no ocurrió nada; todo estaba sumido en un silencio sepulcral y la más absoluta oscuridad. Seguí a tientas mi incierto camino, con los brazos extendidos, perdido en el laberinto de las calles, magullado, sangrando y con la camisa hecha jirones. Debía de llevar allí siglos enteros, seguramente había llegado ya hasta el fin del mundo. De repente cayó un aguacero, una violenta tormenta tropical. Por un instante un rayo iluminó la ciudad fantasma. Me vi en medio de unas calles que me eran completamente desconocidas, vi unos edificios viejos y míseros, una casa de madera, un farol, el empedrado. Todo desapareció en una fracción de segundo. Sólo se oía el ruido de la lluvia y, de cuando en cuando, los bandazos del viento. Temblando de frío y empapado, permanecí inmóvil durante un rato, sacudido por escalofríos. Palpé el muro hasta encontrar la entrada de un portal, donde me refugié del aguacero. Acurrucado entre el muro y el portal, intenté dormir, pero no lo logré.
De madrugada me encontró allí una patrulla del ejército. —Estúpido insensato— me dijo un sargento con cara de sueño-, ¿dónde te metes en una noche de guerra?
Me contemplaban con miradas llenas de sospecha; querían llevarme a la comandancia de la ciudad. Por suerte llevaba encima mi documentación y pude explicarles lo que había pasado. Me acompañaron al hotel. Durante el camino, el sargento me dijo que los combates no habían dejado de librarse durante toda la noche, pero como el frente estaba lejos, en Tegucigalpa no se podían oír los disparos.
Desde la mañana, la gente cavaba trincheras y levantaba barricadas. La ciudad se preparaba para el sitio. Las mujeres hacían acopio de alimentos y sellaban las ventanas con tiras de papel adhesivo. La gente corría por las calles sin orden ni concierto en un ambiente de pánico generalizado. Brigadas de estudiantes pintaban lemas con grandes caracteres en las paredes y en las vallas. Un cargamento de poesía se volcó en Tegucigalpa, y en pocas horas sus muros se cubrieron con miles de inscripciones.
NI LO SUEÑEN CABEZAS DURAS.
JAMÁS CONQUISTARÁN NUESTRO HONDURAS
U otras como éstas:
¡EH, PAISANOS. SIN TEMOR
A DEGOLLAR AL AGRESORI
¡VENGAREMOS EL 3 A 0!
¡CUBRA LA INFAMIA A PORFIRIO RAMOS.
QUE SE ACUESTA CON UNA SALVADOREÑA!
QUIEN VEA A RAIMUNDO GRANADOS
AVISE A LA POLICÍA.
¡ES UN ESPÍA DE EL SALVADOR!
Los latinoamericanos, que ya de por sí están obsesionados con los espías, los servicios secretos, los complots y las conspiraciones, ahora, en circunstancias de guerra, en todo el mundo veían a un confidente de la quinta columna. Mi situación tampoco se presentaba color de rosa. A ambos lados del frente, la propaganda había desatado una campaña salvaje culpando a los comunistas de todas las desgracias, y yo era el único corresponsal en la zona procedente de un país socialista. Queda quedarme allí hasta el final de la guerra, pero sabía que podían expulsarme en cualquier momento.
Fui a Correos e invité al operador a una cerveza. El hombre estaba muy asustado, porque, aunque su padre era hondureño de origen, su madre era ciudadana de El Salvador. Como mestizo, se encontraba entre los sospechosos. No sabía qué suerte iba a correr. Desde la mañana, la policía agrupaba a todos los salvadoreños en unos improvisados campos de concentración, estadios las más de las veces. En toda Latinoamérica, los estadios cumplen esta doble función: en tiempos de paz sirven como terreno de juego, y en tiempos de crisis se convierten en campos de concentración.
Se llamaba José Málaga. Bebíamos cerveza en un bar próximo a Correos. Nos unía la misma situación de inseguridad e incertidumbre, los dos estábamos subidos en el mismo carro. José telefoneaba a cada momento a su madre, que se había encerrado en casa, y le decía: «Mamá, estoy bien, no han venido a buscarme, sigo trabajando.»
Al mediodía llegaron cuarenta corresponsales, mis colegas de México. Fueron en avión hasta Guatemala, y allí alquilaron un autobús, pues el aeropuerto de Tegucigalpa permanecía cerrado. Todos querían ir al frente. Para conseguir este objetivo, nos dirigimos al palacio presidencial, un edificio feo, de fachada seudomodernista y pintado de un azul chillón, situado en pleno centro de la ciudad. Ahora, el palacio aparecía rodeado de ametralladoras, ocultas tras sacos de arena. En la explanada había baterías antiaéreas. Hombres uniformados aparecían por doquier. En el interior del palacio los soldados dormían por los pasillos entre montones de armas. El desorden generalizado era la nota dominante del lugar.
Todas las guerras provocan un terrible desorden y no hacen sino malgastar vidas y cosas. La humanidad lleva miles de años de guerras y, sin embargo, parece que cada vez se empiece desde el principio, como si se tratase de la primera guerra en la historia.
Nos recibió un capitán que se presentó como el portavoz del ejército. Preguntado por la situación, dijo que sus tropas obtenían victoria tras victoria a lo largo de todo el frente y que el enemigo sufría graves pérdidas.
—De acuerdo—convino Green, de la AP—, pero nosotros queremos verlo.
En todas partes hacíamos hablar a los norteamericanos, pues aquélla era su zona de influencia y, como les hacían caso, podían conseguir muchas cosas. El capitán anunció que saldríamos hacia el frente al día siguiente, con la única condición de cumplir el requisito de traer dos fotografías.
Llegamos por carretera a un lugar donde vimos dos cañones de artillería y grandes cantidades de municiones amontonadas bajo un árbol. Delante teníamos la carretera que conducía a El Salvador. A ambos lados del camino se extendían tierras pantanosas y, tras la franja de la ciénagas, la selva, verde y tupida. De la frontera con El Salvador nos separaban ocho kilómetros.
Empapado en sudor y con la barba crecida, el comandante que estaba al frente de la defensa de la carretera nos dijo que no podíamos continuar. Que allí empezaba el territorio de operaciones militares en el que ambos ejércitos libraban duros combates, luchando de tal manera que resultaba muy difícil determinar dónde actuaba y qué controlaba cada uno de los contendientes. En la espesura de la selva no se veía nada. A menudo, destacamentos de bandos enemigos, errando perdidos entre la maleza, se percataban de su mutua presencia sólo en el momento en que se encontraban cara a cara. Por añadidura, los dos ejércitos usaban el mismo tipo de uniforme, llevaban idénticas armas y hablaban la misma lengua, así que, cuando una patrulla topaba con otra, no podía saber si había dado con los suyos o con el enemigo.
El comandante nos aconsejó que volviésemos a Tegucigalpa, pues en caso de intentar adentrarnos en la selva nos exponíamos a morir sin saber ni tan siquiera a manos de quién (como si eso tuviese alguna importancia, pensé). Pero entonces las cámaras de televisión insistieron en que tenían que seguir adelante y llegar a la primera línea de fuego para filmar a los soldados en acción, cómo disparaban y cómo morían. Gregor Straub, de la NBC, dijo que tenía que conseguir el primer plano del rostro de un soldado chorreando sudor. Rodolfo Carrillo, de la CBS, pretendía captar la imagen de un oficial moralmente derrotado que, sentado junto a un arbusto, llorara desconsolado porque habían muerto todos los hombres de su destacamento. El cámara francés quería conseguir un plano general en el que se viera el ataque de un batallón hondureño a uno de El Salvador o a la inversa. Alguien más pretendía rodar la secuencia de un soldado cargando a cuestas el cuerpo de un amigo muerto. Los cámaras fueron secundados por los reporteros de la radio. Enrique Amado, de Radio Mundo, quería grabar el gemido de un soldado herido de muerte, suplicando ayuda con un hilo de voz cada vez más débil, hasta que exhalara el último suspiro. Charles Meadwos, de Radio Canadá, deseaba hacerse con la voz de un soldado maldiciendo la guerra en medio de un tiroteo infernal. Noatake Mochida, de Radio Japan, quería obtener el grito de un oficial que, superponiéndose a la barahúnda de los cañones, hablase con su superior a través de un radioteléfono japonés.
Debido al fuerte estímulo de la competitividad, que siempre se manifiesta en estos casos, muchos otros corresponsales también se mostraron dispuestos a seguir adelante. Si ya se había decidido la televisión norteamericana, ¿cómo habrían podido dejar de hacerlo sus colegas de las agencias de prensa? Ya que iban ‘las agencias norteamericanas, ¿cómo podían faltar la Reuter y la AFP? Puesto que iba el reportero de la NBC, ¿cómo podía quedarse el de la BBC? Llevado por un arrebato de patriotismo, y siendo el único polaco entre aquella gente, decidí unirme al grupo que había optado por emprender la temeraria marcha. Se quedaron bajo el árbol aquellos que dijeron estar enfermos del corazón y los que aducían que los detalles no les interesaban porque se disponían a escribir tan sólo comentarios generales.
Finalmente, unos veinte hombres enfilamos el asfalto vacío e inundado por el sol. El riesgo o, más bien, la locura de aquella marcha consistía en que la carretera pasaba por lo alto de un terraplén, de modo que éramos un blanco perfecto para ambos ejércitos, ocultos en la selva, de la que nos separaban unos cien metros. Bastaba con que nos enviaran una sola ráfaga de ametralladora.
Al principio todo iba bien. Aunque podíamos oír un intenso tiroteo y las explosiones de los proyectiles de artillería, aquellos sonidos nos llegaban de una distancia bastante lejana todavía, de unos dos kilómetros. Para que no decayeran los ánimos, no dejábamos de hablar, nerviosa y agitadamente (a decir verdad, sin sentido). Hubo quien no paró de contar chistes. Y todo para dar la impresión de normalidad: hete aquí ni más ni menos que un grupo de hombres caminando tan tranquilos por una carretera. No obstante, después de recorrer un kilómetro, el miedo empezó a hacer mella en nosotros. Verdaderamente, resulta muy desagradable la sensación que experimenta uno cuando camina consciente de que en cualquier momento le pueden meter un balazo. Las piernas se le vuelven como de plomo y gotas de sudor le empapan la frente. Sin embargo, nadie reconoció abiertamente que tenía miedo. Primero, alguien propuso que nos detuviésemos un rato para descansar. Nos convenía sentarnos unos minutos para tomar aire. Al reanudar la marcha, dos empezaron a quedarse cada vez más rezagados, fingiendo haberse enzarzado en una conversión tan sumamente interesante que no lograban mantener el ritmo de los demás. Después, alguien vio un grupo de árboles de extraordinario interés y quería contemplarlos con más detenimiento. Luego, otros dos declararon que tenían que regresar, porque se habían dejado olvidados los filtros de sus cámaras. Volvíamos a descansar en unas pausas cada vez más largas y frecuentes. Al final quedábamos diez.
Mientras tanto, a nuestro alrededor no pasaba nada. Caminábamos por una carretera vacía hacia El Salvador, respirando un aire puro, cristalino y maravilloso, y contemplando la puesta del sol. En realidad, fue aquel sol el que nos brindó la oportunidad de salir airosos de tan apurada situación, pues de pronto los cámaras de televisión sacaron sus fotómetros y declararon que ya no había luz suficiente para rodar. No había nada que hacer, ni planos generales, ni enfoque de detalles, ni movimiento, ni inmovilidad. Además, la primera línea de fuego quedaba aún muy lejos. Se haría de noche antes de que la alcanzásemos.
Emprendimos el camino de vuelta. Bajo el árbol y junto a los dos cañones de artillería, nos esperaban aquellos que estaban enfermos del corazón, los que querían escribir comentarios generales, y los que habían regresado antes, unos por haberse enzarzado en una conversación de máximo interés y otros por haberse dejado olvidados los filtros.
El comandante, empapado en sudor y con la barba crecida (se llamaba Policarpo Paz), nos proporcionó un camión militar, que nos llevó a Nacaome, en la retaguardia del frente, para que allí pasáramos la noche. Al llegar al pueblo, nos reunimos en una especie de consejo en el curso del cual se tomó la decisión de que los norteamericanos llamarían inmediatamente al presidente, pidiéndole que diera la orden de llevarnos al frente, a la primera línea de fuego, al infierno de la guerra, a la tierra rociada de sangre.
Por la mañana nos mandaron un avión que debía llevamos al otro extremo del frente, allí donde se libraban los más duros combates. La lluvia que había caído durante la noche convirtió la pista de despegue del aeropuerto militar de Nacaome en un pardo barrizal. El viejo y descacharrado DC-3, negro por el hollín de sus tubos de escape, aparecía sumergido en el agua como si de un hidroavión se tratara. Tiroteado el día anterior por cazas salvadoreños, tenía el casco lleno de boquetes, tapados con unos tablones de madera sin pulir. La sola visión de aquellas tablas aterrorizó a los que decían estar enfermos del corazón. Se quedaron en Nacaome para luego regresar a Tegucigalpa.
Los demás sí volamos al otro extremo del frente, a Santa Rosa de Copán. Al tomar velocidad para despegar, el avión despedía tanto fuego y tanto humo como lo hubiese hecho un cohete emprendiendo viaje a la luna. En el aire, chirriaba y crujía mientras daba bandazos de un lado para otro como un borracho azotado por un fuerte viento de Otoño. Ora bajaba en picado, ora se disparaba hacia arriba en un lance a la desesperada, todo menos volar de un modo normal, en línea recta. En el interior del avión, que estaba destinado a transportar mercancías, no había ningún tipo de banco o butaca. Nos agarrábamos con todas nuestras fuerzas a una barra de hierro para no estrellamos contra los laterales. Las fuertes ráfagas de viento, que entraban por los anchos boquetes, parecían querer arrancamos la cabeza. Sólo los pilotos, dos muchachos jóvenes y despreocupados, nos sonreían a través de los retrovisores la mar de divertidos, como si hubiesen acabado de inventar un juego estupendo.
—Lo más importante—me gritaba a voz en cuello Antonio Rodríguez, de EFE, en un intento de hacerse oír a pesar del rugir de los motores y el ruido del viento— es que sigan funcionando los motores. ¡Ay, madre mía, que sigan funcionando!
En Santa Rosa de Copán (un pueblucho somnoliento, ahora repleto de militares), un camión nos llevó al cuartel, atravesando callejones llenos de barro. El cuartel se encontraba en una antigua fortaleza española, rodeada por un muro gris e hinchado por la humedad. Cuando penetramos en el interior, en el patio vimos a tres prisioneros heridos que estaban siendo sometidos a un interrogatorio.
—¡Hablen! —rugía el oficial encargado de interrogados—, ¡confiésenlo todo!
Debilitados por la pérdida de sangre, los prisioneros apenas si balbuceaban. Desnudos de cintura para arriba, permanecían de pie, uno con una herida en el vientre, otro en el brazo y el tercero con una mano destrozada por la metralla. El que tenía una herida en el vientre no aguantó mucho tiempo; entre gemidos, se retorció como si hiciera una pirueta de baile y se desplomó sobre el suelo. Los otros dos enmudecieron, contemplando a su compañero con miradas ausentes y aturdidas.
Un oficial nos condujo ante el comandante de la guarnición. El capitán, pálido y demacrado por el cansancio, no sabía qué hacer con nosotros. Ordenó que se nos proporcionaran unas camisas militares. Mandó a su ordenanza que trajera café. El comandante temía que en cualquier momento pudieran aparecer unidades salvadoreñas. Santa Rosa estaba situada en el centro de la línea de ataque del enemigo, es decir, junto al camino que une el Atlántico con el Pacífico. El Salvador, situado en la costa del Pacífico, ambicionaba conquistar Honduras, bañada por el Atlántico. De conseguirlo, el pequeño El Salvador se habría convertido de repente en una potencia de dos océanos. El camino más corto al Atlántico conducía precisamente por el lugar donde nos encontrábamos: pasaba por Ocotepeque, Santa Rosa de Copán, San Pedro Sula, y llegaba a Puerto Cortés. Las avanzadillas blindadas de El Salvador se habían adentrado ya bastantes kilómetros en territorio hondureño. Avanzaban siguiendo la orden: ¡Salir al Atlántico!, ¡salir a Europa!, ¡salir al mundo!
Su radio repetía: «CUATRO GOLPES, MANO DURA, Y NI RASTRO DE HONDURAS.»
Honduras, más pobre y débil, se defendía con uñas y dientes. Por las abiertas ventanas del cuartel se veía cómo oficiales de alta graduación mandaban al frente nuevos destacamentos. Reclutas muy jóvenes aparecían formados en irregulares filas. Eran unos muchachos de pequeña estatura y aspecto frágil, morenos, indios todos ellos, y sus rostros expresaban tensión y miedo al tiempo que valor y determinación. Los oficiales les decían algo mientras señalaban con el brazo horizontes lejanos. Después aparecía un cura que rociaba con agua bendita a los pelotones que iban a la muerte.
Al mediodía y en un camión descubierto, fuimos al frente. Los primeros cuarenta kilómetros del viaje transcurrieron en calma. Penetrábamos en unas tierras cada vez más montañosas, en unos cerros verdes, cubiertos por la tupida frondosidad de la selva tropical. En sus laderas aparecían chozas de barro abandonadas, algunas calcinadas. En un tramo vimos a los habitantes de toda una aldea andando, con hatillos al hombro, a lo largo del camino. En otro lugar, un nutrido grupo de hombres vestidos con camisas blancas y tocados con anchos sombreros nos amenazaban agitando sus machetes y fusiles. Después, a lo lejos, muy lejos, oímos ecos de cañonazos.
De repente, alcanzamos un punto en el camino donde imperaba una agitación febril. Llegábamos a un prado que penetraba como una cuña en la selva, un lugar al que traían a los heridos. Unos yacían sobre camillas y otros directamente sobre la hierba. Deambulaban entre ellos varios soldados y dos enfermeros; no había médico. A un lado, cuatro soldados cavaban un hoyo. Los heridos yacían silenciosos, pacientes; se nos antojaba de lo más extraordinario esa paciencia suya, esa capacidad sobrehumana para soportar el dolor, tan característica de los indios. Aquí, nadie gritaba ni pedía auxilio. Los soldados les daban de beber agua y los enfermeros, muy primitivos, les curaban las heridas lo mejor que sabían. No me cabía en la cabeza lo que vi a continuación. Uno de los enfermeros, bisturí en mano, iba de un herido a otro y les extraía las balas del cuerpo, como se sacan las pepitas de una manzana. El otro vertía tintura de yodo sobre las heridas y las tapaba con gasas.
En un momento dado, los soldados trajeron en un camión a un campesino herido. Era salvadoreño. La bala se le había incrustado en la rodilla. Le ordenaron tumbarse en la hierba. El campesino, descalzo, estaba pálido y ensangrentado. El enfermero removía el bisturí en el interior de su rodilla en un intento de encontrar la bala. El campesino gimió.
—Cállate, pobre diablo—le dijo el enfermero—, no me molestés.
Ayudándose con los dedos, finalmente extrajo la bala, Roció la herida con el yodo y la vendó de cualquier manera.
—Levántate y sube al camión—le dijo un soldado de la escolta—, ¡vamos!
El campesino se puso en pie a duras penas sobre la hierba y se encaminó, cojeando, hacia el camión. No dijo ni una palabra, ni un solo gemido salió de su boca.
—¡Arriba!—le ordenó el soldado.
Nos lanzamos en ayuda del campesino, pero el escolta nos rechazó con un culatazo. Ya no era un hombre bueno. Era un soldado de la primera línea del frente, enfurecido y con los nervios alterados. El campesino se agarró con las manos a las altas barras de la caja del camión y se encaramó a la plataforma. Su cuerpo se desplomó sobre ella con estruendo. Pensé que había muerto. Pero unos instantes después su cabeza asomaba entre las tablas y un rostro gris, de expresión tensa a la vez que ingenua, esperaba sumiso el siguiente acto del destino.
—Denme un cigarrillo—nos pidió con un ronco hilo de voz. Tiramos al interior del camión todos los cigarrillos que llevábamos encima. El camión se puso en marcha mientras él reía feliz; tenía tantos cigarrillos que podría satisfacer las ansias de fumar de su pueblo entero.
Entretanto, los enfermeros aplicaban una gota a gota a un soldado que agonizaba. Muchos curiosos contemplaban la operación. Unos se sentaban alrededor de la camilla en la que se estaba muriendo el herido, otros permanecían de pie, apoyados sobre sus fusiles. El moribundo tendría unos veinte años. Le habían alcanzado once balas. Si aquellas once balas se hubieran alojado en un cuerpo débil y viejo, el hombre habría dejado de existir en el acto. Pero las balas penetraron en un cuerpo joven, fuerte, recio, de modo que la muerte encontraba una tenaz resistencia. El herido yacía inconsciente, ya al otro lado de la existencia, y sin embargo lo que aún le quedaba de vida libraba, obstinada, su última y desesperada batalla. El soldado estaba desnudo de cintura para arriba, y todos veían cómo se tensaban sus músculos y las gotas de sudor se deslizaban por su moreno torso. Observando aquellos músculos tenía y los chorros de sudor todo el mundo podía comprobar con sus propios ojos la encarnizada lucha con que la vida desafiaba a la muerte. Todos seguían con angustioso interés aquel feroz combate, porque querían saber cuánta fuerza había en la vida y cuánta en la muerte. Todos querían saber hasta dónde la vida era capaz de luchar contra la muerte, y si una vida joven que aún existía y se negaba a rendirse conseguiría ganarle el pulso a la muerte.
—¿Tiene alguna posibilidad de sobrevivir?—preguntó uno de los soldados.
—Ninguna—respondió el enfermero, sosteniendo en lo alto una botella de suero.
Todo el mundo se sumió en un grave silencio. Violenta y entrecortada, la respiración del herido recordaba la de un corredor de fondo después de una carrera agotadora.
—¿Alguno de ustedes lo conocía?—preguntó al cabo de un rato uno de los soldados.
El corazón del herido trabajaba con todas sus fuerzas, hasta el punto de que se oían sus febriles latidos.
—Nadie—le contestó otro soldado.
Por el camino subían camiones, los motores rugían. Junto al bosque, cuatro soldados cavaban un hoyo.
—¿Es de los nuestros o es uno de ellos?—preguntó el soldado sentado junto a la camilla.
—No se sabe—le respondió el enfermero tras unos instantes de silencio.
—Es de su madre—dijo uno de los soldados que permanecían de pie a un lado.
—Ahora ya es de Dios—agregó otro, pasado un rato. Se quitó la gorra y la colgó en el cañón de su fusil.
—El cuerpo del herido temblaba, víctima de violentas sacudidas. Bajo la brillante piel morena aún latían sus músculos.
—Qué fuerte es la vida—habló en tono lleno de asombro el soldado que se apoyaba en su fusil—. Todavía sigue en él. Todavía sigue.
Los demás contemplaban al herido con una expresión de gravedad dibujada en sus rostros. El silencio lo envolvía todo. El moribundo respiraba cada vez más despacio; la cabeza se le caía hacia atrás. Los soldados o se sentaban inmóviles o se arrebujaban los unes contra los otros, como si quisieran conservar un resto del calor ofrecido por un fuego a punto de extinguirse en medio de un campo helado. Al final, aunque esta situación aún se prolongó durante un buen rato, alguien habló:
—Ahora sí que ya se ha ido. La vida que le quedaba lo ha abandonado.
Contemplándolo, sobrecogidos, permanecieron un rato más junto al muerto, pero al ver que allí ya no iba a pasar nada, se dispersaron, cada uno por su lado.
Nosotros seguimos nuestro camino, que ahora bordeaba un cerro cubierto de vegetación. Después de atravesar un pueblo abandonado, San Francisco, enfilamos un sinuoso camino, erizado de curvas y más curvas. Al salir de una de ellas, nos vimos envueltos de repente en pleno caos de la guerra. Soldados disparando y corriendo de un lado para otro, el aire atravesado por el silbido de las balas, ametralladoras apostadas a ambos lados del camino escupiendo largas ráfagas de fuego. El conductor frenó en seco, y en ese preciso instante, justo delante de nosotros, estalló una granada. Al cabo de un segundo oímos un nuevo silbido y una nueva explosión. Después otra y otra. ¡Santo cielo!, pensé, esto es el fin. La plataforma de nuestro camión quedó vacía en un abrir y cerrar de ojos, como si un ciclón nos hubiera barrido de allí. Huimos en desbandada, los unos por encima de los otros, para alcanzar la tierra lo más rápido posible, para rodar hacia una cuneta o hacia cualquier otro sitio, con tal de desaparecer. Mientras corría vi por el rabillo del ojo cómo el grueso operador de la televisión francesa, conmocionado, iba de un lado para otro en una febril búsqueda de su cámara. Alguien le gritó: «¡Al suelo!», y sólo aquella voz, y no las explosiones de las granadas ni el traqueteo de las ametralladoras, lo devolvió a la realidad; el operador se desplomó sobre la tierra, cayendo como un muerto.
Salí disparado hacia donde me parecía que el ruido no era tan intenso, corrí entre los arbustos y la maleza como alma que se lleva el diablo, en un desesperado intento de alejarme lo más posible de aquella curva, en la que habíamos caído en medio del fragor de una batalla campal; corrí montaña abajo por la tierra desnuda de la pendiente, tropezando mil veces sobre el barro resbaladizo, soñando con alcanzar el bosque, la tupida selva. Caía, me levantaba y volvía a correr, hasta que oí el estampido de un nuevo tiroteo que estalló delante de mis narices; las balas silbaban entre las ramas y rugía el fuego que lanzaban las ametralladoras. Me tiré al suelo boca abajo, pegándome a la tierra hasta con el último átomo de mi cuerpo.
Cuando controlé los nervios y me calmé lo suficiente para abrir los ojos, vi un pedazo de tierra por el que caminaban las hormigas.
Caminaban disciplinadas una tras otra por sus múltiples senderos. No era el mejor momento para observar insectos, pero la sola imagen de unas hormigas caminando tan tranquilas, la visión de un mundo diferente, de otra realidad, me devolvió la capacidad de razonar. Pensé que si conseguía dominar el miedo lo bastante para ser capaz de taparme por algún tiempo los oídos y dedicarme tan sólo a la observación de las hormigas en Si! afanosa peregrinación, empezaría a racionalizar las cosas con un mínimo de rigor. Pegado a la tierra entre los matorrales, me tapé los oídos con toda la fuerza que quedaba en mis dedos y observé a las hormigas.
No sé cuánto tiempo permanecí allí, con la nariz pegada a la tierra, pero cuando levanté la cabeza, vi ante mis ojos el rostro de un soldado.
Quedé como paralizado. Lo que más me aterraba era caer en manos de los salvadoreños, que no habrían vacilado ni un segundo en matarme. El salvadoreño era un ejército cruel, cegado por su fatuidad, que en la locura de la guerra fusilaba a todo aquel que caía en sus manos. Quizá habrían respetado la vida de un norteamericano o un inglés, aunque no necesariamente. El día anterior habíamos visto en Nacaome el cuerpo de un misionero norteamericano masacrado por los salvadoreños.
El soldado estaba tan sorprendido como yo. Arrastrándose por la selva, me vio en el último momento. Se acomodó el casco, adornado con hojas y hierba. Tenía un rostro oscuro, ajado y demacrado. En la mano apretaba un viejo máuser.
—¿Quién eres?—me preguntó.
—Y tú, ¿a qué ejército perteneces?
—Honduras—decidió responderme, porque ya se había dado cuenta de que yo era allí un extraño que no luchaba ni con unos ni con otros.
—¡Honduras! ¡Hermano querido!
Lleno de alegría, saqué un papel del bolsillo. Era un salvoconducto firmado por el comandante en jefe del ejército hondureño, el coronel Ramírez Ortega, dirigido a las unidades destacadas en el frente y autorizándome a permanecer en los territorios donde se desarrollaban las operaciones de guerra. Todos los miembros de nuestro grupo de periodistas habíamos recibido uno en Tegucigalpa, antes de salir para el frente.
Le dije al soldado que debía llegar como fuera a Santa Rosa y de allí a Tegucigalpa para enviar un telegrama a Varsovia. Él se mostró muy contento, pues al hacerse una acertada composición de lugar vio que, esgrimiendo la orden del comandante en jefe del ejército (el escrito obligaba a todos los subordinados a prestarme ayuda), podría valerse de mí para retirarse a la retaguardia.
—Iremos juntos, señor—me dijo— El señor dirá que me mandó acompañarle.
Era un recluta, un campesino pobre al que habían llamado a filas hacía una semana, que desconocía el ejército y al que la guerra le importaba poco; sólo pretendía sobrevivir.
En derredor nuestro estallaban los proyectiles, silbaban las balas, disparaban los cañones, traqueteaban las ametralladoras; a lo lejos se oían gritos y el olor a humo y pólvora impregnaba el aire.
La compañía a la que pertenecía mi soldado se dirigía a rastras entre los matorrales hacia la cima de la montaña en la que, saliendo de una curva, habíamos caído de lleno en el infierno de la guerra y donde había quedado nuestro camión. Desde el lugar en el que yacíamos pegados a la tierra se veían las suelas de goma, gruesas y acanaladas, las botas de la compañía arrastrándose, suelas que se deslizaban por la hierba, después se quedaban inmóviles, luego volvían a deslizarse, uno, dos, uno, dos; unos metros hacia adelante y de nuevo un parón. El soldado me dio un golpecito en el hombro y me dijo:
—Señor, ¡mire cuántos zapatos!
Clavó la vista en las botas de los soldados de la compañía que se arrastraban, entornó los ojos, reflexionando con gravedad acerca de algo que le preocupaba y, finalmente, habló con una voz llena de desazón:
—Toda mi familia anda descalza.
Empezamos a arrastrarnos por la selva.
El tiroteo amainó por unos instantes, y el soldado se detuvo, cansado. Me dijo con voz jadeante que lo esperara mientras él volvía hasta el lugar donde acababa de producirse el último combate de su compañía. Los vivos seguramente ya se habrían alejado de allí, me dijo, pues tenían la orden de perseguir al enemigo hasta la misma frontera, y en el campo de batalla sólo quedarían los muertos, que ya no necesitaban zapatos. Él iría hasta aquel lugar, descalzaría a algunos muertos, escondería las botas entre los arbustos y señalaría el escondrijo. Cuando terminara la guerra y lo licenciaran, regresaría y calzaría a toda su familia. Ya había calculado que por un par de botas militares le darían tres pares de zapatos de niño, y él era padre de nueve criaturas.
Por un momento pensé que se había vuelto loco, y hasta llegué a decirle que lo tomaba bajo mi mando y que debíamos seguir arrastrándonos sin perder un minuto. Pero el soldado no me prestó la más mínima atención. Obsesionado con los zapatos, ansiaba llegar a la línea de fuego para recoger su botín, toda una fortuna desperdigada entre la hierba, y esconderlo antes de que lo sepultaran bajo tierra. Para él, sólo ahora la guerra empezaba a cobrar sentido, ya tenía un objetivo. Ya sabía lo que quería y lo que debía hacer. Por mi parte, tenía la certeza de que no nos volveríamos a encontrar nunca más si en aquel momento él se marchaba de allí. Por nada del mundo quería quedarme solo en medio de aquel trozo de selva. Ignoraba quién lo controlaba, desconocía las posiciones de los ejércitos, y tampoco sabía cuál era la mejor dirección que debía tomar. No hay nada peor que verse solo en una guerra extraña y en un país extraño. Así que, decidido a no separarme de él, seguí al soldado, siempre a rastras, en dirección al campo de batalla. Llegamos a un lugar en el que se abría un pequeño claro en medio del espesor de la selva desde donde pudimos ver, a través de los troncos y las ramas, el desolador paisaje de después de una batalla. El frente se había desdoblado en dos flancos, los proyectiles estaban al otro lado de la montaña que se levantaba a nuestra izquierda, mientras que a nuestra derecha se oía el estruendo de las ametralladoras, que si bien parecía llegar de debajo de la tierra, debía de proceder del desfiladero. Ante nuestra vista apareció un mortero abandonado en medio de un campo sembrado de cadáveres.
Le dije al soldado que yo no daría un paso más. Que hiciese lo que había venido a hacer, no sin tomar las precauciones para no perderse, y que volviera lo más pronto posible. Me dejó su fusil y se lanzó tras su objetivo a grandes zancadas. No lo vi alejarse, sólo pensaba que nos descubrirían de un momento a otro, que alguien saldría de repente de entre los matorrales lanzando una granada. Con la cabeza hundida en la tierra, una tierra húmeda que olía a podrido y a humo, sentí náuseas. Ojalá no caigamos en una trampa, pensaba, ojalá consigamos alcanzar un mundo más tranquilo. Este soldado mío..., él sí que está contento por fin. Los nubarrones que se cernían sobre su cabeza han desaparecido para que el maná pueda caerle del cielo. Él ya ha ganado su guerra; volverá a su aldea con un saco de zapatos, lo vaciará en medio de la choza, y los niños bailarán de alegría.
El soldado trajo su botín y lo escondió entre los arbustos. Se enjugó la cara empapada de sudor y recorrió con la vista varias veces el lugar para no olvidado. Echamos a andar. Lloviznaba, y la niebla envolvía los claros del bosque. No seguíamos una dirección fija, nos limitábamos a mantenemos lo más alejados posible del teatro de operaciones. Debíamos de encontramos a poca distancia de Guatemala. Un poco más lejos estaba México. Y más allá, Estados Unidos. Pero para nosotros, en aquel momento, todos esos países pertenecían a otro planeta, un planeta lejano cuyos habitantes vivían su propia vida y pensaban en asuntos totalmente diferentes. Tal vez ni siquiera sabían que aquí teníamos una guerra. No hay guerra que se pueda transmitir a distancia. Una persona se sienta a la mesa y se pone a comer tan tranquila mientras ve la televisión: en la pantalla, torbellinos de tierra saltan por los aires —corte—, se pone en marcha la oruga de un tanque —corte—, los soldados caen abatidos y se retuercen de dolor, y el espectador pone mala cara y maldice furioso porque, pendiente de la pantalla, ha puesto demasiada sal en la sopa. La guerra vista a distancia y hábilmente manipulada en una mesa de montaje no es más que un espectáculo. En la realidad, el soldado no ve más allá de la punta de su nariz, tiene los ojos cubiertos de polvo e inundado de sudor, dispara a ciegas y se arrastra por la tierra como un topo. Y, sobre todo, tiene miedo. El soldado destacado en el frente es muy parco en palabras; si se le pregunta, a menudo no contesta, encogiéndose de hombros por toda respuesta. Por regla general, pasa hambre y está muerto de sueño, ignora cuál será la siguiente orden y qué ocurrirá dentro de una hora. La guerra crea una situación en la que uno convive permanentemente con la muerte. Es una experiencia que siempre queda profundamente grabada en la memoria. Más tarde, conforme avanzan los años, el hombre recurre con una frecuencia cada vez mayor a sus vivencias de la guerra, como si con el paso del tiempo se le multiplicaran los recuerdos, como si hubiera pasado toda su vida en una trinchera.
Mientras atravesábamos sigilosamente el bosque pregunté al soldado por qué él y sus compatriotas luchaban contra El Salvador. Me respondió que no lo sabía, que eran asuntos del gobierno. Le pregunté cómo podía luchar sin saber en nombre de qué causa derramaba su sangre. Repuso que viviendo en el campo más le valla no hacer preguntas. El que pregunta despierta sospechas del alcalde de la aldea. Luego, el alcalde no duda en mandar al curioso a realizar trabajos de la comunidad. Al prestar esos servicios, el campesino se ve abocado a descuidar su terruño y a su familia, y pasa más hambre que nunca, que ya es decir. La miseria que los azota todos los días ya es suficiente. Hay que vivir de modo que el nombre de uno nunca llegue a los oídos de las autoridades, del poder. En cuanto oye un nombre, el poder lo apunta en seguida, y el hombre que lo lleva, una vez identificado, no dejará de tener problemas. Los asuntos del gobierno rebasan la capacidad de la mente de un campesino, pues los gobernantes tienen conciencia, algo que al campesino jamás le dará nadie.
Al anochecer, caminando por el bosque cada vez más erguidos, porque habían amainado ya los ecos del combate, llegamos a Santa Teresa, una aldea de barro y paja. Acampaba allí un batallón de infantería, diezmado en las luchas que había librado durante todo el día. Agotados y conmocionados por las vivencias del frente, los soldados vagaban entre las chozas. Seguía lloviznando; todos estaban sucios y cubiertos de barro.
Los soldados del puesto de guardia que habíamos encontrado al entrar en la aldea nos condujeron ante el comandante del batallón. Tras enseñarle el salvoconducto del jefe del ejército le pedí que me facilitara el viaje a Tegucigalpa. El buen hombre puso a mi disposición un coche, no sin advertirme que tendría que esperar hasta la mañana siguiente, porque me resultaría imposible viajar de noche y sin luces por aquellos caminos de montaña, convertidos en un barrizal, que pasaban entre abruptos barrancos. El comandante estaba sentado en una choza vacía y escuchaba la radio. El locutor daba lectura, uno tras otro, a los comunicados del frente. Después oímos la noticia de que una serie de países de ambos hemisferios habían expresado su deseo de comenzar negociaciones con el propósito de poner fin a la guerra entre Honduras y El Salvado. Ya se habían pronunciado sobre la guerra países de Latinoamérica y algunos de Europa y Asia. Se esperaba una inminente toma de posición por parte de África. Asimismo se esperaba un comunicado sobre la postura de Australia y el resto de Oceanía. Llamaba la atención el silencio que guardaban China y Canadá. El silencio de Canadá se explicaba por el hecho de que Ottawa tenía en el frente a un corresponsal, Charles Meadows, y no quería que una declaración oficial le complicara la vida o le dificultara la realización de su comprometida y peligrosa misión.
A continuación, el locutor leyó una noticia procedente de Cabo Kennedy informando del lanzamiento del cohete Apolo XI. Tres astronautas, Armstrong, Aldrin y Collins se dirigían hacia la luna. El hombre alcanza las estrellas, descubre mundos nuevos, planea en la infinitud de la galaxia. Las felicitaciones llegan a Houston de todos los rincones de la tierra, informaba el locutor, la humanidad entera celebra el triunfo de la razón y el pensamiento.
Mi soldado, exhausto después del largo y arduo día, dormitaba en un rincón de la estancia. Lo desperté de madrugada para anunciarle nuestra partida. El chofer del batallón, vencido por el agotamiento y el sueño, nos llevó a Tegucigalpa en un jeep. Para no perder tiempo, fuimos directos a Correos. Allí, en una máquina prestada, escribí un telegrama que más tarde se publicó en los periódicos polacos. José Málaga lo envió en seguida, sin hacerme esperar turno y sin que pasara por la censura militar (de todos modos, el telegrama estaba escrito en polaco).
Mis compañeros regresaban del frente. Cada cual por su lado, porque todos se habían perdido en aquella curva donde habíamos caído en medio del fuego de la artillería. Enrique Amado, de Radio Mundo, había topado con una patrulla salvadoreña compuesta por tres hombres de la Guardia Rural. Se trata de un cuerpo de gendarmería privada al servicio de los grandes latifundistas de El Salvador, reclutado entre delincuentes y criminales, tipos muy peligrosos. Le ordenaron ponerse en la posición de quien va a ser fusilado. Enrique hizo todo lo posible por ganar tiempo: primero rezó un buen rato y después les pidió permiso para satisfacer una necesidad fisiológica. Sus verdugos disfrutaban viendo a un hombre aterrado de miedo. Después de divertirse un rato, volvieron a ordenarle que se pusiera firme para que pudieran fusilarlo. Pero en ese preciso instante, entre los matorrales, se oyó el tableteo de una ráfaga de ametralladora y uno de los soldados de la patrulla se desplomó sobre el suelo. Los otros dos fueron hechos prisioneros.
La guerra del fútbol duró cien horas. El balance: seis mil muertos, veinte mil heridos. Alrededor de cincuenta mil personas perdieron sus casas y sus tierras. Muchas aldeas fueron arrasadas.
Las hostilidades cesaron gracias a la intervención de los países de América Latina si bien la frontera entre Honduras y El Salvador sigue siendo, hasta la fecha, escenario de muchas escaramuzas armadas en el curso de las cuales mueren personas y las aldeas se convierten en cenizas.
La verdadera causa de la guerra del fútbol radicaba en lo siguiente: El Salvador, el país más pequeño de América Central, tiene la densidad de población más alta de todo el continente americano (más de 160 personas por kilómetro cuadrado). La gente se agolpa en un espacio tremendamente reducido, máxime cuando la inmensa mayoría de la tierra está en manos de catorce poderosos clanes de terratenientes. Incluso se dice que «El Salvador es la propiedad particular de catorce familias». Mil latifundistas poseen exactamente diez veces más extensión de tierra que la que poseen cien mil campesinos juntos. Dos tercio de la población rural no tienen ni un acre. En unas migraciones que se han prolongado durante años, una buena parte de este campesinado ha emigrado a Honduras, donde había grandes extensiones de tierras sin dueño. Honduras (112.000 kilómetros cuadrados) es casi seis veces mayor que El Salvador, al tiempo que tiene una población dos veces menor (alrededor de dos millones y medio de habitantes). Se trataba de una emigración bajo cuerda, ilegal, pero tolerada por el gobierno de Honduras durante años.
Los campesinos de El Salvador se establecían en Honduras, fundaban sus aldeas y llevaban una vida algo mejor que la que dejaban atrás. Su número alcanzó unos trescientos mil.
En los años sesenta se manifestaron los primeros síntomas de malestar entre los campesinos hondureños, que reclamaban tierras en propiedad. El gobierno proclamó un decreto de reforma agraria. Al ser un gobierno al servicio de la oligarquía terrateniente y ejecutor de la voluntad de Estados Unidos, el decreto no preveía ni la fragmentación de los latifundios ni el reparto de las tierras pertenecientes al trust americano United Fruit, que posee grandes plantaciones bananeras en el territorio de Honduras. El gobierno pretendía entregar a los campesinos hondureños las tierras ocupadas por los campesinos de El Salvador. Eso significaba que trescientos mil emigrantes salvadoreños debían regresar a su país, donde no tenían nada. A su vez, el también oligárquico gobierno de El Salvador se negó a recibirlos, llevado del temor de una revuelta campesina.
El gobierno de Honduras insistía y el gobierno de El Salvador se negaba. Las relaciones entre los dos países se volvieron muy tensas. A ambos lados de la frontera, los periódicos llevaban a cabo una campaña de odio, calumnias e insultos. Mutuamente se tachaban de nazis, enanos, borrachos, sádicos, sabandijas, agresores, ladrones, etc. Organizaban pogromos e incendiaban comercios.
En estas circunstancias les tocó jugar a las selecciones nacionales de fútbol de Honduras y El Salvador. El partido decisivo se jugó en terreno neutral, en México (ganó El Salvador por 3 a 2). Los hinchas de Honduras fueron acomodados en un lado del estadio y los de El Salvador en el opuesto, sentándose en medio cinco mil policías mexicanos armados con imponentes porras.
El fútbol ayudó a enardecer aún más los ánimos de chovinismo y de histeria seudopatriótica, tan necesarios para desencadenar la guerra y fortalecer así el poder de las oligarquías en los dos países.
El Salvador fue el primero en atacar. Tenía un ejército mucho más fuerte y contaba con una victoria fácil.
La guerra terminó en un impasse. La frontera se mantuvo intacta. Es una frontera trazada a ojo en medio de la selva, en un terreno montañoso que reclaman ambos países.
Parte de los emigrantes regresaron a El Salvador, mientras que otros siguen viviendo en Honduras.
Los dos gobiernos estaban satisfechos de la guerra, porque durante varios días Honduras y El Salvador habían ocupado las primeras planas de la prensa mundial y habían atraído el interés de la opinión pública internacional. Los pequeños países del Tercer Mundo tienen la posibilidad de despertar un vivo interés sólo cuando se deciden a derramar sangre. Es una triste verdad, pero así es.
1969
Tomado del libro “La guerra del fútbol y otros reportajes”, Ryzard Kapuściński, Editorial Anagrama, Barcelona, 1992
Luis Suárez dijo que habría guerra, y yo siempre creía a pies juntillas todo lo que él decía. Vivíamos juntos en Ciudad de México, y Luis me daba clases sobre América Latina. Me enseñaba lo que es y cómo comprenderla. Tenía un olfato especial para ver venir los acontecimientos. En su tiempo, predijo certeramente la caída de Goulart en Brasil, la de Bosch en la República Dominicana y la de Jiménez en Venezuela. Mucho antes del regreso de Perón, creía firmemente que el viejo caudillo volvería a ser presidente de Argentina, como también vaticinó la muerte inminente del dictador de Haití, François Duvalier, cuando todo el mundo le auguraba muchos años de vida. Luis sabía moverse por las arenas movedizas de la política de este continente, en las que aficionados como yo cometíamos error tras error y acabábamos hundiéndonos sin remisión.
En esta ocasión, Luis expresó su opinión sobre la guerra que se nos avecinaba, después de doblar el periódico en el que acababa de leer una crónica deportiva, dedicada al partido de fútbol que habían jugado las selecciones nacionales de Honduras y El Salvador. Los dos equipos luchaban por clasificarse para el Mundial que, según lo anunciado, se celebraría en México en 1970.
El primer partido se jugó el domingo 8 de junio de 1969
en la capital de Honduras, Tegucigalpa.
Nadie en todo el mundo prestó la más mínima atención a este acontecimiento.
El equipo de El Salvador llegó a Tegucigalpa el sábado, y todos sus miembros pasaron la noche en blanco en el hotel. No pudieron dormir porque fueron víctima de una guerra psicológica que desencadenaron los hinchas hondureños. El hotel se vio rodeado por un hervidero de gente. La multitud arrojaba piedras contra los cristales y aporreaba láminas de hojalata y bidones vacíos. A cada momento estallaban con estruendo los petardos. Se disparaban en aullidos espantosos los cláxones de los coches que habían rodeado el hotel. Los hinchas silbaban, chillaban, proferían gritos llenos de hostilidad. El escándalo se prolongó durante toda la noche. Y todo para que los jugadores del equipo contrario, sin haber podido pegar ojo, nerviosos y cansados, perdieran el partido. En Latinoamérica, semejantes prácticas están a la orden del día, así que no sorprenden a nadie.
Al día siguiente, Honduras venció al equipo de El Salvador, muerto de sueño, por 1 a 0.
Cuando el delantero centro del equipo hondureño, Roberto Cardona, metió en el último minuto el gol de la victoria, en El Salvador, una muchacha de dieciocho años, Amelia Bolaños, que estaba viendo el partido sentada frente al televisor, se levantó de un salto y corrió hacia el escritorio, en uno de cuyos cajones su padre guardaba una pistola. Se suicidó de un disparo en el corazón. «Una joven que no pudo soportar la humillación a la que fue sometida su patria», publicó al día siguiente el diario salvadoreño El Nacional. Transmitido en directo por televisión, al entierro de Amelia Bolaños asistió la capital entera. Encabezaba el cortejo fúnebre la compañía de honor del ejército de El Salvador, portando su estandarte. Detrás del féretro, cubierto con la bandera nacional, marchaba el presidente de la república acompañado de sus ministros. Tras el gobierno desfilaban los once jugadores del equipo de El Salvador, que esa misma mañana habían vuelto al país a bordo de un avión especial, no sin que antes, en el aeropuerto de Tegucigalpa, les llenaran de vituperios, les escupieran en la cara, los ridiculizaran y vilipendiaran.
Una semana después se celebraba en un campo de fútbol de bello nombre, Flor Blanca, de la capital salvadoreña, San Salvador, el partido de vuelta. Esta vez fue el equipo de Honduras el que pasó la noche en blanco: una multitud de hinchas encolerizados rompieron todos los cristales de las ventanas del hotel para, a continuación, arrojar al interior de las habitaciones toneladas de huevos podridos, ratas muertas y trapos apestosos. Los jugadores fueron llevados al estadio en carros blindados de la I División Motorizada de El Salvador, lo que los salvó de la venganza del vulgo sediento de sangre que se apiñaba a lo largo del trayecto, enarbolando los retratos de la heroína nacional, Amelia Bolaños.
Las afueras del estadio estaban tomadas por el ejército. Alrededor del campo mismo, cordones de soldados del regimiento de élite de la Guardia Nacional blandían sus metralletas listas para disparar. Cuando sonó el himno nacional de Honduras, el estadio estalló en gritos, silbidos, abucheos e insultos, que no cesaron hasta la última nota. A continuación, en lugar de la bandera nacional de Honduras, que había sido quemada minutos antes para gran júbilo de los espectadores, locos de alegría, los anfitriones izaron en el asta un harapo sucio y hecho jirones. Resulta evidente que, dadas las circunstancias, los jugadores de Tegucigalpa no pudieron pensar en el juego. Sólo pensaban en si iban a salir de allí con vida. «Menos mal que hemos perdido este partido», dijo con alivio el entrenador del equipo visitante, Mario Griffin.
El Salvador ganó por 3 a 0.
Directamente del campo de fútbol, el equipo de Honduras fue llevado al aeropuerto en los mismos carros blindados que lo habían traído. Peor suerte corrieron sus hinchas, que, golpeados y pateados sin piedad, huían hacia la frontera. Dos personas resultaron muertas. Docenas tuvieron que ser hospitalizadas. Ciento cincuenta coches hondureños fueron incendiados. Pocas horas después, la frontera entre ambos países quedaba cerrada.
Todo esto lo leyó Luis en el periódico y dijo que habría guerra. En sus tiempos había sido un gran reportero y conocía a la perfección su terreno.
En América Latina, decía, la frontera entre el fútbol y la política es tan tenue que resulta casi imperceptible. Es larga la lista de los gobiernos que cayeron o fueron derrocados por los militare sólo porque la selección nacional había perdido un partido. Los periódicos llaman traidores a la patria a los jugadores del equipo perdedor. Cuando Brasil ganó en México el Campeonato Mundial, un amigo mío, exiliado político brasileño, estaba destrozado: «La derecha militar», dijo, «tiene asegurados por lo menos cinco años de gobierno sin que nadie la importune.» En su camino hacia el título de campeón, Brasil ganó a Inglaterra. El diario Jornal dos Sportes, que se publica en Río de Janeiro, explica la causa de la victoria en el artículo titulado «Jesús defiende a Brasil» con estas palabras: «Cada vez que el balón se acercaba a nuestra portería y parecía que nada podría salvamos del gol, Jesús bajaba un pie de entre las nubes y despedía la pelota fuera del campo.» El artículo se publicó acompañado de dibujos que ilustraban ese fenómeno sobrenatural.
El que va al campo de fútbol puede perder la vida. Tomemos como ejemplo un partido en el que México pierde con Perú por 1 a 2. Desesperado, un hincha mexicano exclama en tono sarcástico: «iViva México!» Instantes después muere masacrado por la multitud. No obstante, también hay veces en que esas fuertes emociones acumuladas se descargan de otra forma. Después del partido en el que México ganó a Bélgica por 1 a 0, borracho de tanta felicidad, Augusto Mariaga, alcaide de la cárcel de Chilpancingo (estado de Guerrero), que alberga exclusivamente a presos condenados a cadena perpetua, recorre los pasillos pistola en mano, dispara al aire y, al grito de «¡Viva México!», abre una a una todas las celdas, dejando en libertad a 142 criminales peligrosos. El tribunal absuelve a Mariaga, «porque, según se puede leer en la motivación de la sentencia, actuaba llevado por un arrebato de patriotismo».
—¿Crees que merece la pena ir a Honduras?— le pregunté a Luis, que en aquella época era redactor de Siempre, un semanario serio e influyente.
—Creo que sí — me contestó—, seguro que pasará algo. A la mañana siguiente aterricé en Tegucigalpa.
Al anochecer un avión sobrevoló la ciudad y arrojó una bomba. Todo el mundo oyó el estruendo del estallido. Las colinas que rodean la capital multiplicaron la violenta explosión del metal reventado, por lo que más tarde hubo quienes sostuvieron que se trataba de todo un bombardeo. El pánico se apoderó de la ciudad. La gente se refugiaba en los portales, los comerciantes cerraban sus tiendas. Los conductores abandonaban los coches en medio de la calle. Una mujer corría por la acera, gritando: «¡Mi hijo! ¡Mi hijol» De pronto enmudeció, y todo se sumió en el silencio. Un silencio tal que la ciudad parecía muerta. Al cabo de unos instantes se apagó la luz, y toda Tegucigalpa quedó sumida en la más profunda oscuridad.
Fui corriendo al hotel, irrumpí más que entré en mi habitación, coloqué una hoja de papel en la máquina de escribir y me puse a redactar el texto de un telegrama para Varsovia. Tenía mucha prisa, porque sabía que era el único corresponsal extranjero en Tegucigalpa y que podía ser el primero en transmitir al mundo la noticia del estallido de la guerra en América Central.
La habitación estaba tan oscura que no podía ver nada. Bajé a tientas a la recepción, donde me dejaron una vela. Volví al cuarto, encendí la vela y puse mi transistor. El locutor daba lectura al comunicado del gobierno de Honduras sobre el inicio de la guerra con El Salvador. Después vino la noticia de que el ejército salvadoreño había comenzado los ataques a Honduras a lo largo de toda la línea del frente.
Empecé a escribir:
TEGUCIGALPA (HONDURAS) PAP 14 DE JULIO VÍA TROPICAL RADIO RCA HOY A LAS SEIS DE LA TARDE EMPEZÓ LA GUERRA ENTRE EL SALVADOR Y HONDURAS LA AVIACIÓN DE EL SALVADOR BOMBARDEÓ CUATRO CIUDADES HONDUREÑAS STOP AL MISMO TIEMPO LAS TROPAS DE EL SALVADOR VIOLARON LA FRONTERA CON HONDURAS INTENTANDO PENETRAR EN EL INTERIOR DEL PAÍS STOP EN RESPUESTA AL ATAQUE DEL AGRESOR LA AVIACIÓN DE HONDURAS BOMBARDEÓ LOS MÁS IMPORTANTES CENTROS INDUSTRIA-LES Y OBJETIVOS ESTRATÉGICOS DE EL SALVADOR Y LAS FUERZAS TERRESTRES EMPRENDIERON ACCIONES DEFENSIVAS.
En aquel instante oí gritar desde la calle: «¡Apaga la luz!», una, dos, más veces, y con una voz cada vez más apremiante y nerviosa, así que me vi obligado a apagar la vela. Seguí escribiendo a tientas, a ciegas; sólo de cuando en cuando alumbraba el teclado de la máquina con la llama de una cerilla.
LA RADIO INFORMA QUE SE LIBRAN DUROS COMBATES EN TODO EL FRENTE Y QUE LAS TROPAS DE HONDURAS CAUSAN GRANDES BAJAS AL EJÉRCITO DE EL SALVADOR STOP EL GOBIERNO EXHORTA A LA NACIÓN A DEFENDER LA PATRIA EN PELIGRO Y APELA A LA ONU PARA QUE CONDENE LA AGRESIÓN.
Bajé al vestíbulo con el telegrama, encontré al propietario del hotel y le rogué que buscase a alguien que me acompañase a Correos. Como había llegado ese mismo día, desconocía Tegucigalpa por completo. No es que sea una ciudad grande —apenas un cuarto de millón de habitantes—, pero está situada sobre colinas, lo que hace que tenga un entramado de calles complicado. El propietario quería ayudarme, pero no tenía a nadie disponible, y yo tenía prisa. Al final, llamó a la policía. Ningún agente tenía tiempo. Así que llamó a los bomberos. Al cabo de un rato llegaron tres, con sus uniformes de trabajo, cascos y hachas incluidos. Nos saludamos a ciegas; no pude ver sus rostros. Les supliqué que me condujeran a Correos. «Conozco muy bien Honduras», mentí, «y sé que es un país que alberga a la gente más hospitalaria del mundo. Estoy seguro de que: no me negarán el favor. Es muy importante que el mundo sepa la verdad sobre quién empezó la guerra, quién disparó primero, etc., y quiero asegurarles que lo que he escrito es la purísima verdad. Ahora lo primordial es el tiempo; debemos damos prisa».
Salimos del hotel. A través de la oscura noche sólo pude distinguir la línea de la calle. No sé por qué, pero hablábamos en voz muy baja, susurrando. Contaba los pasos en un intento de memorizar el camino. Estaba a punto de llegar a mil, cuando los bomberos se detuvieron y uno de ellos llamó con los nudillos a una puerta. Desde el interior, una voz nos preguntó con insistencia quiénes éramos. Luego la puerta se abrió fugazmente, tan sólo un instante, para que desde fuera no se viese la luz. Ahora ya estaba dentro. Me dijeron que esperara. En todo Honduras había un solo aparato de télex, que en esos momentos estaba ocupado por el presidente de la república. El presidente mantenía por télex un intercambio de impresiones con la embajada de Honduras en Washington, a la que le ordenaba solicitar ayuda militar al gobierno de Estados Unidos. La consulta se prolongó lo indecible, porque tanto el presidente como el embajador usaban un lenguaje increíblemente salpicado de florituras, amén de que la conexión se cortaba a cada momento.
Hasta medianoche no conseguí comunicarme con Varsovia. La máquina imprimió el número TL 813480 PAP VARSOVIA. Di un salto de alegría. El operador me preguntó:
—¿Varsovia es un país?
—No es un país. Es una ciudad. El país se llama Polonia.
—Polonia, Polonia -repitió en un intento de reconocerlo, pero vi que el nombre no le evocaba nada.
Preguntó a Varsovia:
HOW RECEIVED MSG BIBI + + = :?
y Varsovia contestó:
RECEIVED OK OK GREE FOR RYSIEK TKS TKS + + + !
Abracé al operador efusivamente, deseándole que saliera de la guerra sano y salvo, y me dispuse a regresar al hotel. Apenas salí a la calle y recorrí una veintena escasa de metros, me di cuenta de que me había perdido. Estaba envuelto en una oscuridad total, densa, espesa e impenetrable, como si una venda negra me cubriera los ojos; no podía ver nada en absoluto, ni siquiera mis propios brazos, extendidos hacia adelante. El cielo debía de haberse cubierto de nubes pues habían desaparecido las estrellas, y en ninguna parte se veía luz alguna.
Estaba solo en medio de una ciudad extraña y desconocida, que no podía ver y que parecía haber quedado sepultada bajo tierra. Un silencio cargado de tensión lo envolvía todo; la ciudad había enmudecido como si la hubieran hechizado, ni una sola voz, ningún sonido llegaba de ninguna parte. Caminaba hacia adelante, palpando, como un ciego, las paredes, las cañerías de desagüe y las rejas de los escaparates. Me percaté de que mis pasos retumbaban sobre la acera, así que empecé a andar de puntillas y con sumo sigilo. De pronto, mi mano dio en el vacío: no había más pared; debía de haber llegado al final de la manzana. ¿Habría salido a una plaza? ¿O tal vez se trataba del final de un terraplén y tenía delante un precipicio? Palpé el suelo con los pies. ¡Asfalto! Estaba en medio de una calzada. Crucé al otro lado y volví a pegarme al muro. Perdido, sin saber dónde quedaba Correos ni dónde estaba el hotel, seguí avanzando. De repente oí un estruendo ensordecedor, sentí que perdía el equilibrio y me desplomé sobre la acera.
Había volcado un cubo de basura de hojalata.
En aquel tramo, la calle debía de bajar en pendiente, porque el cubo rodó con estrépito durante un buen rato. En ese momento oí abrirse muchas ventanas, de donde me llegaban unos susurros llenos de terror: «¡Silencio! ¡Silencio!», voces ahogadas de una ciudad que quería que aquella noche el mundo se olvidara de ella, que deseaba sumirse en la oscuridad y el silencio, que se defendía de ser desenmascarada. A medida que se alejaba, vacío, el cubo de basura calle abajo, se abrían más y más ventanas y se repetían los susurros de «¡Silencio!, ¡silencio!», suplicantes unos, furiosos otros. Pero no había manera de detener al monstruo de hojalata, que rodaba por las desiertas calles como enloquecido, chocando con estrépito contra los adoquines, las farolas y los bordillos. Aterrorizado y empapado en sudor, me tendí sobre la acera, pegándome a ella como una lapa. Temía que empezasen a dispararme. Había cometido un acto de traición contra la ciudad. El enemigo podía haber oído el ruido del cubo de basura y así localizar la situación de Tegucigalpa, que, en semejante oscuridad y silencio, no había manera de detectar. Pensé que no me quedaba más que una salida: huir, largarme de allí lo más lejos posible. Me levanté de un salto y eché a correr. Me dolía la cabeza debido al fuerte golpe que me había dado al caer sobre la acera. No obstante, seguí corriendo como un poseso hasta que tropecé con algo y volví a caer de bruces. Sentí el sabor de la sangre en la boca. Me levanté y me apoyé contra una pared. El cerco de los muros se cerraba sobre mí, un ser indefenso, acorralado por una ciudad que ni siquiera podía ver. Agucé la vista en espera de la luz de las linternas, convencido de que me seguirían para darme caza. Atraparían al intruso que había infringido la última orden dada en esta guerra, orden que prohibía a todo el mundo salir a la calle durante la noche. Pero no ocurrió nada; todo estaba sumido en un silencio sepulcral y la más absoluta oscuridad. Seguí a tientas mi incierto camino, con los brazos extendidos, perdido en el laberinto de las calles, magullado, sangrando y con la camisa hecha jirones. Debía de llevar allí siglos enteros, seguramente había llegado ya hasta el fin del mundo. De repente cayó un aguacero, una violenta tormenta tropical. Por un instante un rayo iluminó la ciudad fantasma. Me vi en medio de unas calles que me eran completamente desconocidas, vi unos edificios viejos y míseros, una casa de madera, un farol, el empedrado. Todo desapareció en una fracción de segundo. Sólo se oía el ruido de la lluvia y, de cuando en cuando, los bandazos del viento. Temblando de frío y empapado, permanecí inmóvil durante un rato, sacudido por escalofríos. Palpé el muro hasta encontrar la entrada de un portal, donde me refugié del aguacero. Acurrucado entre el muro y el portal, intenté dormir, pero no lo logré.
De madrugada me encontró allí una patrulla del ejército. —Estúpido insensato— me dijo un sargento con cara de sueño-, ¿dónde te metes en una noche de guerra?
Me contemplaban con miradas llenas de sospecha; querían llevarme a la comandancia de la ciudad. Por suerte llevaba encima mi documentación y pude explicarles lo que había pasado. Me acompañaron al hotel. Durante el camino, el sargento me dijo que los combates no habían dejado de librarse durante toda la noche, pero como el frente estaba lejos, en Tegucigalpa no se podían oír los disparos.
Desde la mañana, la gente cavaba trincheras y levantaba barricadas. La ciudad se preparaba para el sitio. Las mujeres hacían acopio de alimentos y sellaban las ventanas con tiras de papel adhesivo. La gente corría por las calles sin orden ni concierto en un ambiente de pánico generalizado. Brigadas de estudiantes pintaban lemas con grandes caracteres en las paredes y en las vallas. Un cargamento de poesía se volcó en Tegucigalpa, y en pocas horas sus muros se cubrieron con miles de inscripciones.
NI LO SUEÑEN CABEZAS DURAS.
JAMÁS CONQUISTARÁN NUESTRO HONDURAS
U otras como éstas:
¡EH, PAISANOS. SIN TEMOR
A DEGOLLAR AL AGRESORI
¡VENGAREMOS EL 3 A 0!
¡CUBRA LA INFAMIA A PORFIRIO RAMOS.
QUE SE ACUESTA CON UNA SALVADOREÑA!
QUIEN VEA A RAIMUNDO GRANADOS
AVISE A LA POLICÍA.
¡ES UN ESPÍA DE EL SALVADOR!
Los latinoamericanos, que ya de por sí están obsesionados con los espías, los servicios secretos, los complots y las conspiraciones, ahora, en circunstancias de guerra, en todo el mundo veían a un confidente de la quinta columna. Mi situación tampoco se presentaba color de rosa. A ambos lados del frente, la propaganda había desatado una campaña salvaje culpando a los comunistas de todas las desgracias, y yo era el único corresponsal en la zona procedente de un país socialista. Queda quedarme allí hasta el final de la guerra, pero sabía que podían expulsarme en cualquier momento.
Fui a Correos e invité al operador a una cerveza. El hombre estaba muy asustado, porque, aunque su padre era hondureño de origen, su madre era ciudadana de El Salvador. Como mestizo, se encontraba entre los sospechosos. No sabía qué suerte iba a correr. Desde la mañana, la policía agrupaba a todos los salvadoreños en unos improvisados campos de concentración, estadios las más de las veces. En toda Latinoamérica, los estadios cumplen esta doble función: en tiempos de paz sirven como terreno de juego, y en tiempos de crisis se convierten en campos de concentración.
Se llamaba José Málaga. Bebíamos cerveza en un bar próximo a Correos. Nos unía la misma situación de inseguridad e incertidumbre, los dos estábamos subidos en el mismo carro. José telefoneaba a cada momento a su madre, que se había encerrado en casa, y le decía: «Mamá, estoy bien, no han venido a buscarme, sigo trabajando.»
Al mediodía llegaron cuarenta corresponsales, mis colegas de México. Fueron en avión hasta Guatemala, y allí alquilaron un autobús, pues el aeropuerto de Tegucigalpa permanecía cerrado. Todos querían ir al frente. Para conseguir este objetivo, nos dirigimos al palacio presidencial, un edificio feo, de fachada seudomodernista y pintado de un azul chillón, situado en pleno centro de la ciudad. Ahora, el palacio aparecía rodeado de ametralladoras, ocultas tras sacos de arena. En la explanada había baterías antiaéreas. Hombres uniformados aparecían por doquier. En el interior del palacio los soldados dormían por los pasillos entre montones de armas. El desorden generalizado era la nota dominante del lugar.
Todas las guerras provocan un terrible desorden y no hacen sino malgastar vidas y cosas. La humanidad lleva miles de años de guerras y, sin embargo, parece que cada vez se empiece desde el principio, como si se tratase de la primera guerra en la historia.
Nos recibió un capitán que se presentó como el portavoz del ejército. Preguntado por la situación, dijo que sus tropas obtenían victoria tras victoria a lo largo de todo el frente y que el enemigo sufría graves pérdidas.
—De acuerdo—convino Green, de la AP—, pero nosotros queremos verlo.
En todas partes hacíamos hablar a los norteamericanos, pues aquélla era su zona de influencia y, como les hacían caso, podían conseguir muchas cosas. El capitán anunció que saldríamos hacia el frente al día siguiente, con la única condición de cumplir el requisito de traer dos fotografías.
Llegamos por carretera a un lugar donde vimos dos cañones de artillería y grandes cantidades de municiones amontonadas bajo un árbol. Delante teníamos la carretera que conducía a El Salvador. A ambos lados del camino se extendían tierras pantanosas y, tras la franja de la ciénagas, la selva, verde y tupida. De la frontera con El Salvador nos separaban ocho kilómetros.
Empapado en sudor y con la barba crecida, el comandante que estaba al frente de la defensa de la carretera nos dijo que no podíamos continuar. Que allí empezaba el territorio de operaciones militares en el que ambos ejércitos libraban duros combates, luchando de tal manera que resultaba muy difícil determinar dónde actuaba y qué controlaba cada uno de los contendientes. En la espesura de la selva no se veía nada. A menudo, destacamentos de bandos enemigos, errando perdidos entre la maleza, se percataban de su mutua presencia sólo en el momento en que se encontraban cara a cara. Por añadidura, los dos ejércitos usaban el mismo tipo de uniforme, llevaban idénticas armas y hablaban la misma lengua, así que, cuando una patrulla topaba con otra, no podía saber si había dado con los suyos o con el enemigo.
El comandante nos aconsejó que volviésemos a Tegucigalpa, pues en caso de intentar adentrarnos en la selva nos exponíamos a morir sin saber ni tan siquiera a manos de quién (como si eso tuviese alguna importancia, pensé). Pero entonces las cámaras de televisión insistieron en que tenían que seguir adelante y llegar a la primera línea de fuego para filmar a los soldados en acción, cómo disparaban y cómo morían. Gregor Straub, de la NBC, dijo que tenía que conseguir el primer plano del rostro de un soldado chorreando sudor. Rodolfo Carrillo, de la CBS, pretendía captar la imagen de un oficial moralmente derrotado que, sentado junto a un arbusto, llorara desconsolado porque habían muerto todos los hombres de su destacamento. El cámara francés quería conseguir un plano general en el que se viera el ataque de un batallón hondureño a uno de El Salvador o a la inversa. Alguien más pretendía rodar la secuencia de un soldado cargando a cuestas el cuerpo de un amigo muerto. Los cámaras fueron secundados por los reporteros de la radio. Enrique Amado, de Radio Mundo, quería grabar el gemido de un soldado herido de muerte, suplicando ayuda con un hilo de voz cada vez más débil, hasta que exhalara el último suspiro. Charles Meadwos, de Radio Canadá, deseaba hacerse con la voz de un soldado maldiciendo la guerra en medio de un tiroteo infernal. Noatake Mochida, de Radio Japan, quería obtener el grito de un oficial que, superponiéndose a la barahúnda de los cañones, hablase con su superior a través de un radioteléfono japonés.
Debido al fuerte estímulo de la competitividad, que siempre se manifiesta en estos casos, muchos otros corresponsales también se mostraron dispuestos a seguir adelante. Si ya se había decidido la televisión norteamericana, ¿cómo habrían podido dejar de hacerlo sus colegas de las agencias de prensa? Ya que iban ‘las agencias norteamericanas, ¿cómo podían faltar la Reuter y la AFP? Puesto que iba el reportero de la NBC, ¿cómo podía quedarse el de la BBC? Llevado por un arrebato de patriotismo, y siendo el único polaco entre aquella gente, decidí unirme al grupo que había optado por emprender la temeraria marcha. Se quedaron bajo el árbol aquellos que dijeron estar enfermos del corazón y los que aducían que los detalles no les interesaban porque se disponían a escribir tan sólo comentarios generales.
Finalmente, unos veinte hombres enfilamos el asfalto vacío e inundado por el sol. El riesgo o, más bien, la locura de aquella marcha consistía en que la carretera pasaba por lo alto de un terraplén, de modo que éramos un blanco perfecto para ambos ejércitos, ocultos en la selva, de la que nos separaban unos cien metros. Bastaba con que nos enviaran una sola ráfaga de ametralladora.
Al principio todo iba bien. Aunque podíamos oír un intenso tiroteo y las explosiones de los proyectiles de artillería, aquellos sonidos nos llegaban de una distancia bastante lejana todavía, de unos dos kilómetros. Para que no decayeran los ánimos, no dejábamos de hablar, nerviosa y agitadamente (a decir verdad, sin sentido). Hubo quien no paró de contar chistes. Y todo para dar la impresión de normalidad: hete aquí ni más ni menos que un grupo de hombres caminando tan tranquilos por una carretera. No obstante, después de recorrer un kilómetro, el miedo empezó a hacer mella en nosotros. Verdaderamente, resulta muy desagradable la sensación que experimenta uno cuando camina consciente de que en cualquier momento le pueden meter un balazo. Las piernas se le vuelven como de plomo y gotas de sudor le empapan la frente. Sin embargo, nadie reconoció abiertamente que tenía miedo. Primero, alguien propuso que nos detuviésemos un rato para descansar. Nos convenía sentarnos unos minutos para tomar aire. Al reanudar la marcha, dos empezaron a quedarse cada vez más rezagados, fingiendo haberse enzarzado en una conversión tan sumamente interesante que no lograban mantener el ritmo de los demás. Después, alguien vio un grupo de árboles de extraordinario interés y quería contemplarlos con más detenimiento. Luego, otros dos declararon que tenían que regresar, porque se habían dejado olvidados los filtros de sus cámaras. Volvíamos a descansar en unas pausas cada vez más largas y frecuentes. Al final quedábamos diez.
Mientras tanto, a nuestro alrededor no pasaba nada. Caminábamos por una carretera vacía hacia El Salvador, respirando un aire puro, cristalino y maravilloso, y contemplando la puesta del sol. En realidad, fue aquel sol el que nos brindó la oportunidad de salir airosos de tan apurada situación, pues de pronto los cámaras de televisión sacaron sus fotómetros y declararon que ya no había luz suficiente para rodar. No había nada que hacer, ni planos generales, ni enfoque de detalles, ni movimiento, ni inmovilidad. Además, la primera línea de fuego quedaba aún muy lejos. Se haría de noche antes de que la alcanzásemos.
Emprendimos el camino de vuelta. Bajo el árbol y junto a los dos cañones de artillería, nos esperaban aquellos que estaban enfermos del corazón, los que querían escribir comentarios generales, y los que habían regresado antes, unos por haberse enzarzado en una conversación de máximo interés y otros por haberse dejado olvidados los filtros.
El comandante, empapado en sudor y con la barba crecida (se llamaba Policarpo Paz), nos proporcionó un camión militar, que nos llevó a Nacaome, en la retaguardia del frente, para que allí pasáramos la noche. Al llegar al pueblo, nos reunimos en una especie de consejo en el curso del cual se tomó la decisión de que los norteamericanos llamarían inmediatamente al presidente, pidiéndole que diera la orden de llevarnos al frente, a la primera línea de fuego, al infierno de la guerra, a la tierra rociada de sangre.
Por la mañana nos mandaron un avión que debía llevamos al otro extremo del frente, allí donde se libraban los más duros combates. La lluvia que había caído durante la noche convirtió la pista de despegue del aeropuerto militar de Nacaome en un pardo barrizal. El viejo y descacharrado DC-3, negro por el hollín de sus tubos de escape, aparecía sumergido en el agua como si de un hidroavión se tratara. Tiroteado el día anterior por cazas salvadoreños, tenía el casco lleno de boquetes, tapados con unos tablones de madera sin pulir. La sola visión de aquellas tablas aterrorizó a los que decían estar enfermos del corazón. Se quedaron en Nacaome para luego regresar a Tegucigalpa.
Los demás sí volamos al otro extremo del frente, a Santa Rosa de Copán. Al tomar velocidad para despegar, el avión despedía tanto fuego y tanto humo como lo hubiese hecho un cohete emprendiendo viaje a la luna. En el aire, chirriaba y crujía mientras daba bandazos de un lado para otro como un borracho azotado por un fuerte viento de Otoño. Ora bajaba en picado, ora se disparaba hacia arriba en un lance a la desesperada, todo menos volar de un modo normal, en línea recta. En el interior del avión, que estaba destinado a transportar mercancías, no había ningún tipo de banco o butaca. Nos agarrábamos con todas nuestras fuerzas a una barra de hierro para no estrellamos contra los laterales. Las fuertes ráfagas de viento, que entraban por los anchos boquetes, parecían querer arrancamos la cabeza. Sólo los pilotos, dos muchachos jóvenes y despreocupados, nos sonreían a través de los retrovisores la mar de divertidos, como si hubiesen acabado de inventar un juego estupendo.
—Lo más importante—me gritaba a voz en cuello Antonio Rodríguez, de EFE, en un intento de hacerse oír a pesar del rugir de los motores y el ruido del viento— es que sigan funcionando los motores. ¡Ay, madre mía, que sigan funcionando!
En Santa Rosa de Copán (un pueblucho somnoliento, ahora repleto de militares), un camión nos llevó al cuartel, atravesando callejones llenos de barro. El cuartel se encontraba en una antigua fortaleza española, rodeada por un muro gris e hinchado por la humedad. Cuando penetramos en el interior, en el patio vimos a tres prisioneros heridos que estaban siendo sometidos a un interrogatorio.
—¡Hablen! —rugía el oficial encargado de interrogados—, ¡confiésenlo todo!
Debilitados por la pérdida de sangre, los prisioneros apenas si balbuceaban. Desnudos de cintura para arriba, permanecían de pie, uno con una herida en el vientre, otro en el brazo y el tercero con una mano destrozada por la metralla. El que tenía una herida en el vientre no aguantó mucho tiempo; entre gemidos, se retorció como si hiciera una pirueta de baile y se desplomó sobre el suelo. Los otros dos enmudecieron, contemplando a su compañero con miradas ausentes y aturdidas.
Un oficial nos condujo ante el comandante de la guarnición. El capitán, pálido y demacrado por el cansancio, no sabía qué hacer con nosotros. Ordenó que se nos proporcionaran unas camisas militares. Mandó a su ordenanza que trajera café. El comandante temía que en cualquier momento pudieran aparecer unidades salvadoreñas. Santa Rosa estaba situada en el centro de la línea de ataque del enemigo, es decir, junto al camino que une el Atlántico con el Pacífico. El Salvador, situado en la costa del Pacífico, ambicionaba conquistar Honduras, bañada por el Atlántico. De conseguirlo, el pequeño El Salvador se habría convertido de repente en una potencia de dos océanos. El camino más corto al Atlántico conducía precisamente por el lugar donde nos encontrábamos: pasaba por Ocotepeque, Santa Rosa de Copán, San Pedro Sula, y llegaba a Puerto Cortés. Las avanzadillas blindadas de El Salvador se habían adentrado ya bastantes kilómetros en territorio hondureño. Avanzaban siguiendo la orden: ¡Salir al Atlántico!, ¡salir a Europa!, ¡salir al mundo!
Su radio repetía: «CUATRO GOLPES, MANO DURA, Y NI RASTRO DE HONDURAS.»
Honduras, más pobre y débil, se defendía con uñas y dientes. Por las abiertas ventanas del cuartel se veía cómo oficiales de alta graduación mandaban al frente nuevos destacamentos. Reclutas muy jóvenes aparecían formados en irregulares filas. Eran unos muchachos de pequeña estatura y aspecto frágil, morenos, indios todos ellos, y sus rostros expresaban tensión y miedo al tiempo que valor y determinación. Los oficiales les decían algo mientras señalaban con el brazo horizontes lejanos. Después aparecía un cura que rociaba con agua bendita a los pelotones que iban a la muerte.
Al mediodía y en un camión descubierto, fuimos al frente. Los primeros cuarenta kilómetros del viaje transcurrieron en calma. Penetrábamos en unas tierras cada vez más montañosas, en unos cerros verdes, cubiertos por la tupida frondosidad de la selva tropical. En sus laderas aparecían chozas de barro abandonadas, algunas calcinadas. En un tramo vimos a los habitantes de toda una aldea andando, con hatillos al hombro, a lo largo del camino. En otro lugar, un nutrido grupo de hombres vestidos con camisas blancas y tocados con anchos sombreros nos amenazaban agitando sus machetes y fusiles. Después, a lo lejos, muy lejos, oímos ecos de cañonazos.
De repente, alcanzamos un punto en el camino donde imperaba una agitación febril. Llegábamos a un prado que penetraba como una cuña en la selva, un lugar al que traían a los heridos. Unos yacían sobre camillas y otros directamente sobre la hierba. Deambulaban entre ellos varios soldados y dos enfermeros; no había médico. A un lado, cuatro soldados cavaban un hoyo. Los heridos yacían silenciosos, pacientes; se nos antojaba de lo más extraordinario esa paciencia suya, esa capacidad sobrehumana para soportar el dolor, tan característica de los indios. Aquí, nadie gritaba ni pedía auxilio. Los soldados les daban de beber agua y los enfermeros, muy primitivos, les curaban las heridas lo mejor que sabían. No me cabía en la cabeza lo que vi a continuación. Uno de los enfermeros, bisturí en mano, iba de un herido a otro y les extraía las balas del cuerpo, como se sacan las pepitas de una manzana. El otro vertía tintura de yodo sobre las heridas y las tapaba con gasas.
En un momento dado, los soldados trajeron en un camión a un campesino herido. Era salvadoreño. La bala se le había incrustado en la rodilla. Le ordenaron tumbarse en la hierba. El campesino, descalzo, estaba pálido y ensangrentado. El enfermero removía el bisturí en el interior de su rodilla en un intento de encontrar la bala. El campesino gimió.
—Cállate, pobre diablo—le dijo el enfermero—, no me molestés.
Ayudándose con los dedos, finalmente extrajo la bala, Roció la herida con el yodo y la vendó de cualquier manera.
—Levántate y sube al camión—le dijo un soldado de la escolta—, ¡vamos!
El campesino se puso en pie a duras penas sobre la hierba y se encaminó, cojeando, hacia el camión. No dijo ni una palabra, ni un solo gemido salió de su boca.
—¡Arriba!—le ordenó el soldado.
Nos lanzamos en ayuda del campesino, pero el escolta nos rechazó con un culatazo. Ya no era un hombre bueno. Era un soldado de la primera línea del frente, enfurecido y con los nervios alterados. El campesino se agarró con las manos a las altas barras de la caja del camión y se encaramó a la plataforma. Su cuerpo se desplomó sobre ella con estruendo. Pensé que había muerto. Pero unos instantes después su cabeza asomaba entre las tablas y un rostro gris, de expresión tensa a la vez que ingenua, esperaba sumiso el siguiente acto del destino.
—Denme un cigarrillo—nos pidió con un ronco hilo de voz. Tiramos al interior del camión todos los cigarrillos que llevábamos encima. El camión se puso en marcha mientras él reía feliz; tenía tantos cigarrillos que podría satisfacer las ansias de fumar de su pueblo entero.
Entretanto, los enfermeros aplicaban una gota a gota a un soldado que agonizaba. Muchos curiosos contemplaban la operación. Unos se sentaban alrededor de la camilla en la que se estaba muriendo el herido, otros permanecían de pie, apoyados sobre sus fusiles. El moribundo tendría unos veinte años. Le habían alcanzado once balas. Si aquellas once balas se hubieran alojado en un cuerpo débil y viejo, el hombre habría dejado de existir en el acto. Pero las balas penetraron en un cuerpo joven, fuerte, recio, de modo que la muerte encontraba una tenaz resistencia. El herido yacía inconsciente, ya al otro lado de la existencia, y sin embargo lo que aún le quedaba de vida libraba, obstinada, su última y desesperada batalla. El soldado estaba desnudo de cintura para arriba, y todos veían cómo se tensaban sus músculos y las gotas de sudor se deslizaban por su moreno torso. Observando aquellos músculos tenía y los chorros de sudor todo el mundo podía comprobar con sus propios ojos la encarnizada lucha con que la vida desafiaba a la muerte. Todos seguían con angustioso interés aquel feroz combate, porque querían saber cuánta fuerza había en la vida y cuánta en la muerte. Todos querían saber hasta dónde la vida era capaz de luchar contra la muerte, y si una vida joven que aún existía y se negaba a rendirse conseguiría ganarle el pulso a la muerte.
—¿Tiene alguna posibilidad de sobrevivir?—preguntó uno de los soldados.
—Ninguna—respondió el enfermero, sosteniendo en lo alto una botella de suero.
Todo el mundo se sumió en un grave silencio. Violenta y entrecortada, la respiración del herido recordaba la de un corredor de fondo después de una carrera agotadora.
—¿Alguno de ustedes lo conocía?—preguntó al cabo de un rato uno de los soldados.
El corazón del herido trabajaba con todas sus fuerzas, hasta el punto de que se oían sus febriles latidos.
—Nadie—le contestó otro soldado.
Por el camino subían camiones, los motores rugían. Junto al bosque, cuatro soldados cavaban un hoyo.
—¿Es de los nuestros o es uno de ellos?—preguntó el soldado sentado junto a la camilla.
—No se sabe—le respondió el enfermero tras unos instantes de silencio.
—Es de su madre—dijo uno de los soldados que permanecían de pie a un lado.
—Ahora ya es de Dios—agregó otro, pasado un rato. Se quitó la gorra y la colgó en el cañón de su fusil.
—El cuerpo del herido temblaba, víctima de violentas sacudidas. Bajo la brillante piel morena aún latían sus músculos.
—Qué fuerte es la vida—habló en tono lleno de asombro el soldado que se apoyaba en su fusil—. Todavía sigue en él. Todavía sigue.
Los demás contemplaban al herido con una expresión de gravedad dibujada en sus rostros. El silencio lo envolvía todo. El moribundo respiraba cada vez más despacio; la cabeza se le caía hacia atrás. Los soldados o se sentaban inmóviles o se arrebujaban los unes contra los otros, como si quisieran conservar un resto del calor ofrecido por un fuego a punto de extinguirse en medio de un campo helado. Al final, aunque esta situación aún se prolongó durante un buen rato, alguien habló:
—Ahora sí que ya se ha ido. La vida que le quedaba lo ha abandonado.
Contemplándolo, sobrecogidos, permanecieron un rato más junto al muerto, pero al ver que allí ya no iba a pasar nada, se dispersaron, cada uno por su lado.
Nosotros seguimos nuestro camino, que ahora bordeaba un cerro cubierto de vegetación. Después de atravesar un pueblo abandonado, San Francisco, enfilamos un sinuoso camino, erizado de curvas y más curvas. Al salir de una de ellas, nos vimos envueltos de repente en pleno caos de la guerra. Soldados disparando y corriendo de un lado para otro, el aire atravesado por el silbido de las balas, ametralladoras apostadas a ambos lados del camino escupiendo largas ráfagas de fuego. El conductor frenó en seco, y en ese preciso instante, justo delante de nosotros, estalló una granada. Al cabo de un segundo oímos un nuevo silbido y una nueva explosión. Después otra y otra. ¡Santo cielo!, pensé, esto es el fin. La plataforma de nuestro camión quedó vacía en un abrir y cerrar de ojos, como si un ciclón nos hubiera barrido de allí. Huimos en desbandada, los unos por encima de los otros, para alcanzar la tierra lo más rápido posible, para rodar hacia una cuneta o hacia cualquier otro sitio, con tal de desaparecer. Mientras corría vi por el rabillo del ojo cómo el grueso operador de la televisión francesa, conmocionado, iba de un lado para otro en una febril búsqueda de su cámara. Alguien le gritó: «¡Al suelo!», y sólo aquella voz, y no las explosiones de las granadas ni el traqueteo de las ametralladoras, lo devolvió a la realidad; el operador se desplomó sobre la tierra, cayendo como un muerto.
Salí disparado hacia donde me parecía que el ruido no era tan intenso, corrí entre los arbustos y la maleza como alma que se lleva el diablo, en un desesperado intento de alejarme lo más posible de aquella curva, en la que habíamos caído en medio del fragor de una batalla campal; corrí montaña abajo por la tierra desnuda de la pendiente, tropezando mil veces sobre el barro resbaladizo, soñando con alcanzar el bosque, la tupida selva. Caía, me levantaba y volvía a correr, hasta que oí el estampido de un nuevo tiroteo que estalló delante de mis narices; las balas silbaban entre las ramas y rugía el fuego que lanzaban las ametralladoras. Me tiré al suelo boca abajo, pegándome a la tierra hasta con el último átomo de mi cuerpo.
Cuando controlé los nervios y me calmé lo suficiente para abrir los ojos, vi un pedazo de tierra por el que caminaban las hormigas.
Caminaban disciplinadas una tras otra por sus múltiples senderos. No era el mejor momento para observar insectos, pero la sola imagen de unas hormigas caminando tan tranquilas, la visión de un mundo diferente, de otra realidad, me devolvió la capacidad de razonar. Pensé que si conseguía dominar el miedo lo bastante para ser capaz de taparme por algún tiempo los oídos y dedicarme tan sólo a la observación de las hormigas en Si! afanosa peregrinación, empezaría a racionalizar las cosas con un mínimo de rigor. Pegado a la tierra entre los matorrales, me tapé los oídos con toda la fuerza que quedaba en mis dedos y observé a las hormigas.
No sé cuánto tiempo permanecí allí, con la nariz pegada a la tierra, pero cuando levanté la cabeza, vi ante mis ojos el rostro de un soldado.
Quedé como paralizado. Lo que más me aterraba era caer en manos de los salvadoreños, que no habrían vacilado ni un segundo en matarme. El salvadoreño era un ejército cruel, cegado por su fatuidad, que en la locura de la guerra fusilaba a todo aquel que caía en sus manos. Quizá habrían respetado la vida de un norteamericano o un inglés, aunque no necesariamente. El día anterior habíamos visto en Nacaome el cuerpo de un misionero norteamericano masacrado por los salvadoreños.
El soldado estaba tan sorprendido como yo. Arrastrándose por la selva, me vio en el último momento. Se acomodó el casco, adornado con hojas y hierba. Tenía un rostro oscuro, ajado y demacrado. En la mano apretaba un viejo máuser.
—¿Quién eres?—me preguntó.
—Y tú, ¿a qué ejército perteneces?
—Honduras—decidió responderme, porque ya se había dado cuenta de que yo era allí un extraño que no luchaba ni con unos ni con otros.
—¡Honduras! ¡Hermano querido!
Lleno de alegría, saqué un papel del bolsillo. Era un salvoconducto firmado por el comandante en jefe del ejército hondureño, el coronel Ramírez Ortega, dirigido a las unidades destacadas en el frente y autorizándome a permanecer en los territorios donde se desarrollaban las operaciones de guerra. Todos los miembros de nuestro grupo de periodistas habíamos recibido uno en Tegucigalpa, antes de salir para el frente.
Le dije al soldado que debía llegar como fuera a Santa Rosa y de allí a Tegucigalpa para enviar un telegrama a Varsovia. Él se mostró muy contento, pues al hacerse una acertada composición de lugar vio que, esgrimiendo la orden del comandante en jefe del ejército (el escrito obligaba a todos los subordinados a prestarme ayuda), podría valerse de mí para retirarse a la retaguardia.
—Iremos juntos, señor—me dijo— El señor dirá que me mandó acompañarle.
Era un recluta, un campesino pobre al que habían llamado a filas hacía una semana, que desconocía el ejército y al que la guerra le importaba poco; sólo pretendía sobrevivir.
En derredor nuestro estallaban los proyectiles, silbaban las balas, disparaban los cañones, traqueteaban las ametralladoras; a lo lejos se oían gritos y el olor a humo y pólvora impregnaba el aire.
La compañía a la que pertenecía mi soldado se dirigía a rastras entre los matorrales hacia la cima de la montaña en la que, saliendo de una curva, habíamos caído de lleno en el infierno de la guerra y donde había quedado nuestro camión. Desde el lugar en el que yacíamos pegados a la tierra se veían las suelas de goma, gruesas y acanaladas, las botas de la compañía arrastrándose, suelas que se deslizaban por la hierba, después se quedaban inmóviles, luego volvían a deslizarse, uno, dos, uno, dos; unos metros hacia adelante y de nuevo un parón. El soldado me dio un golpecito en el hombro y me dijo:
—Señor, ¡mire cuántos zapatos!
Clavó la vista en las botas de los soldados de la compañía que se arrastraban, entornó los ojos, reflexionando con gravedad acerca de algo que le preocupaba y, finalmente, habló con una voz llena de desazón:
—Toda mi familia anda descalza.
Empezamos a arrastrarnos por la selva.
El tiroteo amainó por unos instantes, y el soldado se detuvo, cansado. Me dijo con voz jadeante que lo esperara mientras él volvía hasta el lugar donde acababa de producirse el último combate de su compañía. Los vivos seguramente ya se habrían alejado de allí, me dijo, pues tenían la orden de perseguir al enemigo hasta la misma frontera, y en el campo de batalla sólo quedarían los muertos, que ya no necesitaban zapatos. Él iría hasta aquel lugar, descalzaría a algunos muertos, escondería las botas entre los arbustos y señalaría el escondrijo. Cuando terminara la guerra y lo licenciaran, regresaría y calzaría a toda su familia. Ya había calculado que por un par de botas militares le darían tres pares de zapatos de niño, y él era padre de nueve criaturas.
Por un momento pensé que se había vuelto loco, y hasta llegué a decirle que lo tomaba bajo mi mando y que debíamos seguir arrastrándonos sin perder un minuto. Pero el soldado no me prestó la más mínima atención. Obsesionado con los zapatos, ansiaba llegar a la línea de fuego para recoger su botín, toda una fortuna desperdigada entre la hierba, y esconderlo antes de que lo sepultaran bajo tierra. Para él, sólo ahora la guerra empezaba a cobrar sentido, ya tenía un objetivo. Ya sabía lo que quería y lo que debía hacer. Por mi parte, tenía la certeza de que no nos volveríamos a encontrar nunca más si en aquel momento él se marchaba de allí. Por nada del mundo quería quedarme solo en medio de aquel trozo de selva. Ignoraba quién lo controlaba, desconocía las posiciones de los ejércitos, y tampoco sabía cuál era la mejor dirección que debía tomar. No hay nada peor que verse solo en una guerra extraña y en un país extraño. Así que, decidido a no separarme de él, seguí al soldado, siempre a rastras, en dirección al campo de batalla. Llegamos a un lugar en el que se abría un pequeño claro en medio del espesor de la selva desde donde pudimos ver, a través de los troncos y las ramas, el desolador paisaje de después de una batalla. El frente se había desdoblado en dos flancos, los proyectiles estaban al otro lado de la montaña que se levantaba a nuestra izquierda, mientras que a nuestra derecha se oía el estruendo de las ametralladoras, que si bien parecía llegar de debajo de la tierra, debía de proceder del desfiladero. Ante nuestra vista apareció un mortero abandonado en medio de un campo sembrado de cadáveres.
Le dije al soldado que yo no daría un paso más. Que hiciese lo que había venido a hacer, no sin tomar las precauciones para no perderse, y que volviera lo más pronto posible. Me dejó su fusil y se lanzó tras su objetivo a grandes zancadas. No lo vi alejarse, sólo pensaba que nos descubrirían de un momento a otro, que alguien saldría de repente de entre los matorrales lanzando una granada. Con la cabeza hundida en la tierra, una tierra húmeda que olía a podrido y a humo, sentí náuseas. Ojalá no caigamos en una trampa, pensaba, ojalá consigamos alcanzar un mundo más tranquilo. Este soldado mío..., él sí que está contento por fin. Los nubarrones que se cernían sobre su cabeza han desaparecido para que el maná pueda caerle del cielo. Él ya ha ganado su guerra; volverá a su aldea con un saco de zapatos, lo vaciará en medio de la choza, y los niños bailarán de alegría.
El soldado trajo su botín y lo escondió entre los arbustos. Se enjugó la cara empapada de sudor y recorrió con la vista varias veces el lugar para no olvidado. Echamos a andar. Lloviznaba, y la niebla envolvía los claros del bosque. No seguíamos una dirección fija, nos limitábamos a mantenemos lo más alejados posible del teatro de operaciones. Debíamos de encontramos a poca distancia de Guatemala. Un poco más lejos estaba México. Y más allá, Estados Unidos. Pero para nosotros, en aquel momento, todos esos países pertenecían a otro planeta, un planeta lejano cuyos habitantes vivían su propia vida y pensaban en asuntos totalmente diferentes. Tal vez ni siquiera sabían que aquí teníamos una guerra. No hay guerra que se pueda transmitir a distancia. Una persona se sienta a la mesa y se pone a comer tan tranquila mientras ve la televisión: en la pantalla, torbellinos de tierra saltan por los aires —corte—, se pone en marcha la oruga de un tanque —corte—, los soldados caen abatidos y se retuercen de dolor, y el espectador pone mala cara y maldice furioso porque, pendiente de la pantalla, ha puesto demasiada sal en la sopa. La guerra vista a distancia y hábilmente manipulada en una mesa de montaje no es más que un espectáculo. En la realidad, el soldado no ve más allá de la punta de su nariz, tiene los ojos cubiertos de polvo e inundado de sudor, dispara a ciegas y se arrastra por la tierra como un topo. Y, sobre todo, tiene miedo. El soldado destacado en el frente es muy parco en palabras; si se le pregunta, a menudo no contesta, encogiéndose de hombros por toda respuesta. Por regla general, pasa hambre y está muerto de sueño, ignora cuál será la siguiente orden y qué ocurrirá dentro de una hora. La guerra crea una situación en la que uno convive permanentemente con la muerte. Es una experiencia que siempre queda profundamente grabada en la memoria. Más tarde, conforme avanzan los años, el hombre recurre con una frecuencia cada vez mayor a sus vivencias de la guerra, como si con el paso del tiempo se le multiplicaran los recuerdos, como si hubiera pasado toda su vida en una trinchera.
Mientras atravesábamos sigilosamente el bosque pregunté al soldado por qué él y sus compatriotas luchaban contra El Salvador. Me respondió que no lo sabía, que eran asuntos del gobierno. Le pregunté cómo podía luchar sin saber en nombre de qué causa derramaba su sangre. Repuso que viviendo en el campo más le valla no hacer preguntas. El que pregunta despierta sospechas del alcalde de la aldea. Luego, el alcalde no duda en mandar al curioso a realizar trabajos de la comunidad. Al prestar esos servicios, el campesino se ve abocado a descuidar su terruño y a su familia, y pasa más hambre que nunca, que ya es decir. La miseria que los azota todos los días ya es suficiente. Hay que vivir de modo que el nombre de uno nunca llegue a los oídos de las autoridades, del poder. En cuanto oye un nombre, el poder lo apunta en seguida, y el hombre que lo lleva, una vez identificado, no dejará de tener problemas. Los asuntos del gobierno rebasan la capacidad de la mente de un campesino, pues los gobernantes tienen conciencia, algo que al campesino jamás le dará nadie.
Al anochecer, caminando por el bosque cada vez más erguidos, porque habían amainado ya los ecos del combate, llegamos a Santa Teresa, una aldea de barro y paja. Acampaba allí un batallón de infantería, diezmado en las luchas que había librado durante todo el día. Agotados y conmocionados por las vivencias del frente, los soldados vagaban entre las chozas. Seguía lloviznando; todos estaban sucios y cubiertos de barro.
Los soldados del puesto de guardia que habíamos encontrado al entrar en la aldea nos condujeron ante el comandante del batallón. Tras enseñarle el salvoconducto del jefe del ejército le pedí que me facilitara el viaje a Tegucigalpa. El buen hombre puso a mi disposición un coche, no sin advertirme que tendría que esperar hasta la mañana siguiente, porque me resultaría imposible viajar de noche y sin luces por aquellos caminos de montaña, convertidos en un barrizal, que pasaban entre abruptos barrancos. El comandante estaba sentado en una choza vacía y escuchaba la radio. El locutor daba lectura, uno tras otro, a los comunicados del frente. Después oímos la noticia de que una serie de países de ambos hemisferios habían expresado su deseo de comenzar negociaciones con el propósito de poner fin a la guerra entre Honduras y El Salvado. Ya se habían pronunciado sobre la guerra países de Latinoamérica y algunos de Europa y Asia. Se esperaba una inminente toma de posición por parte de África. Asimismo se esperaba un comunicado sobre la postura de Australia y el resto de Oceanía. Llamaba la atención el silencio que guardaban China y Canadá. El silencio de Canadá se explicaba por el hecho de que Ottawa tenía en el frente a un corresponsal, Charles Meadows, y no quería que una declaración oficial le complicara la vida o le dificultara la realización de su comprometida y peligrosa misión.
A continuación, el locutor leyó una noticia procedente de Cabo Kennedy informando del lanzamiento del cohete Apolo XI. Tres astronautas, Armstrong, Aldrin y Collins se dirigían hacia la luna. El hombre alcanza las estrellas, descubre mundos nuevos, planea en la infinitud de la galaxia. Las felicitaciones llegan a Houston de todos los rincones de la tierra, informaba el locutor, la humanidad entera celebra el triunfo de la razón y el pensamiento.
Mi soldado, exhausto después del largo y arduo día, dormitaba en un rincón de la estancia. Lo desperté de madrugada para anunciarle nuestra partida. El chofer del batallón, vencido por el agotamiento y el sueño, nos llevó a Tegucigalpa en un jeep. Para no perder tiempo, fuimos directos a Correos. Allí, en una máquina prestada, escribí un telegrama que más tarde se publicó en los periódicos polacos. José Málaga lo envió en seguida, sin hacerme esperar turno y sin que pasara por la censura militar (de todos modos, el telegrama estaba escrito en polaco).
Mis compañeros regresaban del frente. Cada cual por su lado, porque todos se habían perdido en aquella curva donde habíamos caído en medio del fuego de la artillería. Enrique Amado, de Radio Mundo, había topado con una patrulla salvadoreña compuesta por tres hombres de la Guardia Rural. Se trata de un cuerpo de gendarmería privada al servicio de los grandes latifundistas de El Salvador, reclutado entre delincuentes y criminales, tipos muy peligrosos. Le ordenaron ponerse en la posición de quien va a ser fusilado. Enrique hizo todo lo posible por ganar tiempo: primero rezó un buen rato y después les pidió permiso para satisfacer una necesidad fisiológica. Sus verdugos disfrutaban viendo a un hombre aterrado de miedo. Después de divertirse un rato, volvieron a ordenarle que se pusiera firme para que pudieran fusilarlo. Pero en ese preciso instante, entre los matorrales, se oyó el tableteo de una ráfaga de ametralladora y uno de los soldados de la patrulla se desplomó sobre el suelo. Los otros dos fueron hechos prisioneros.
La guerra del fútbol duró cien horas. El balance: seis mil muertos, veinte mil heridos. Alrededor de cincuenta mil personas perdieron sus casas y sus tierras. Muchas aldeas fueron arrasadas.
Las hostilidades cesaron gracias a la intervención de los países de América Latina si bien la frontera entre Honduras y El Salvador sigue siendo, hasta la fecha, escenario de muchas escaramuzas armadas en el curso de las cuales mueren personas y las aldeas se convierten en cenizas.
La verdadera causa de la guerra del fútbol radicaba en lo siguiente: El Salvador, el país más pequeño de América Central, tiene la densidad de población más alta de todo el continente americano (más de 160 personas por kilómetro cuadrado). La gente se agolpa en un espacio tremendamente reducido, máxime cuando la inmensa mayoría de la tierra está en manos de catorce poderosos clanes de terratenientes. Incluso se dice que «El Salvador es la propiedad particular de catorce familias». Mil latifundistas poseen exactamente diez veces más extensión de tierra que la que poseen cien mil campesinos juntos. Dos tercio de la población rural no tienen ni un acre. En unas migraciones que se han prolongado durante años, una buena parte de este campesinado ha emigrado a Honduras, donde había grandes extensiones de tierras sin dueño. Honduras (112.000 kilómetros cuadrados) es casi seis veces mayor que El Salvador, al tiempo que tiene una población dos veces menor (alrededor de dos millones y medio de habitantes). Se trataba de una emigración bajo cuerda, ilegal, pero tolerada por el gobierno de Honduras durante años.
Los campesinos de El Salvador se establecían en Honduras, fundaban sus aldeas y llevaban una vida algo mejor que la que dejaban atrás. Su número alcanzó unos trescientos mil.
En los años sesenta se manifestaron los primeros síntomas de malestar entre los campesinos hondureños, que reclamaban tierras en propiedad. El gobierno proclamó un decreto de reforma agraria. Al ser un gobierno al servicio de la oligarquía terrateniente y ejecutor de la voluntad de Estados Unidos, el decreto no preveía ni la fragmentación de los latifundios ni el reparto de las tierras pertenecientes al trust americano United Fruit, que posee grandes plantaciones bananeras en el territorio de Honduras. El gobierno pretendía entregar a los campesinos hondureños las tierras ocupadas por los campesinos de El Salvador. Eso significaba que trescientos mil emigrantes salvadoreños debían regresar a su país, donde no tenían nada. A su vez, el también oligárquico gobierno de El Salvador se negó a recibirlos, llevado del temor de una revuelta campesina.
El gobierno de Honduras insistía y el gobierno de El Salvador se negaba. Las relaciones entre los dos países se volvieron muy tensas. A ambos lados de la frontera, los periódicos llevaban a cabo una campaña de odio, calumnias e insultos. Mutuamente se tachaban de nazis, enanos, borrachos, sádicos, sabandijas, agresores, ladrones, etc. Organizaban pogromos e incendiaban comercios.
En estas circunstancias les tocó jugar a las selecciones nacionales de fútbol de Honduras y El Salvador. El partido decisivo se jugó en terreno neutral, en México (ganó El Salvador por 3 a 2). Los hinchas de Honduras fueron acomodados en un lado del estadio y los de El Salvador en el opuesto, sentándose en medio cinco mil policías mexicanos armados con imponentes porras.
El fútbol ayudó a enardecer aún más los ánimos de chovinismo y de histeria seudopatriótica, tan necesarios para desencadenar la guerra y fortalecer así el poder de las oligarquías en los dos países.
El Salvador fue el primero en atacar. Tenía un ejército mucho más fuerte y contaba con una victoria fácil.
La guerra terminó en un impasse. La frontera se mantuvo intacta. Es una frontera trazada a ojo en medio de la selva, en un terreno montañoso que reclaman ambos países.
Parte de los emigrantes regresaron a El Salvador, mientras que otros siguen viviendo en Honduras.
Los dos gobiernos estaban satisfechos de la guerra, porque durante varios días Honduras y El Salvador habían ocupado las primeras planas de la prensa mundial y habían atraído el interés de la opinión pública internacional. Los pequeños países del Tercer Mundo tienen la posibilidad de despertar un vivo interés sólo cuando se deciden a derramar sangre. Es una triste verdad, pero así es.
1969
Tomado del libro “La guerra del fútbol y otros reportajes”, Ryzard Kapuściński, Editorial Anagrama, Barcelona, 1992
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