23 abril, 2014

EL AMOR 
Y EL PODER

Julio Escoto
(Teatro J. E. Gaitán, 3000 asistentes
Sfe. de Bogotá, 22 de Agosto de 2000)

A Sir Francis Drake,
que llevó la papa americana a Europa (1586)

I.-
Habría que comenzar por definir al amor, y yo prefiero quitarme de navegar en esas profundidades. Mademoiselle de Scudery dijo que “el amor es un no sé qué que empieza no sé cómo y termina no sé cuándo”, y con eso es suficiente para no develar el misterio.
Luego habría que seguir a definir el poder, y yo, además de cierta alergia que me provoca, ni siquiera me atrevo a especular lo que son esas regiones de tormentas tan anchas, de anécdotas tan inacabadas. Ha de ser materia delicada pues un viejo inglés (Lord Colton) advertía que “Ningún hombre es demasiado sabio ni demasiado bueno como para confiarle todo el poder”, y el dictador Jean Bedel Bokassa  o “Papa Bok”, presidente de la República Centroafricana, que se coronó Emperador, que adoraba los saraos y las galas y las danzas, no importaba si horas antes había matado a golpes a su chofer en una calle de Bangui, se ufanaba contando haberle dicho a su “camarada” Charles de Gaulle: “Los poderes nacen del cañón de un arma. El poder es mi vocación”.  (“As I have said to my comrade-in-arms, Charles de Gaulle, ‘All power comes from the barrel of a gun.’ And power is my vocation.”  1977)
De las riberas del Nilo a los suburbios de Camelot, pues, de la casa del Sol Naciente a la Casa Blanca pasando por la casa de citas, que en cierto momento son lo mismo, durante todas las épocas biográficas de la humanidad ambos componentes volátiles amor y poder han estado juntos. En algunos casos, como el de Bolívar, el amor precede y prosigue al poder; en otros, como en el del Príncipe Eduardo de Inglaterra, que renunció al trono por su dama (Mrs. Simpsom), de la que dependía por una relación más física que sexual, según Churchill, el poder ni siquiera fue, lo consumió el amor.
Lo atractivo del poder es que está rodeado de un aura tal que todos los hombres de la tierra creen que los poderosos son  unos amantes desfogados, insaciables y perfectos, dotados de oportunidades para seleccionar, escoger o despreciar a las damas o a los caballeros más apuestos, lo que si bien es verdad tampoco es verdad absoluta. Ello ha dado pie a toda una fabularia más libidinosa que histórica, abundada ampliamente en la literatura, que corre de Jorge Washington a Billy Clinton, del harem de los califas a las escapadas que se daba periódicamente Omar Torrijos a los casinos de Las Vegas con Chuchú Martínez, de la Malinche a Cecilia Boloco, pues. Invirtiendo el apotegma, la gente piensa que poder es querer, cuando a veces se puede y no se quiere o, más frecuentemente, se quiere y no se puede.
Viagra aparte, como novelista siempre me ha intrigado la calidad del impacto que sobre la conciencia humana ejerce el poder del poder. Cindy Adams decía que “el éxito ha hecho de muchos hombres un fracaso”, alegando con ello la circunstancia especial en que la persona concentra sus fuerzas en la acumulación, en la soberbia del amontonamiento y se olvida de dar, virtud que es la sustancia misma del amor.
Y entonces surgen las contradicciones profundas que uno de escritor procura visualizar. El ego, y sobre todo el descarrilado ego, es usualmente lo que empuja al hombre a dominar a otros, a someterlos y subyugarlos al viento de su propia voluntad. Pero cuando alguien se entrega a la relación íntima, que no es forzosamente sensual, se supone que a lo que aspira es a la disolución del ego para integrarse en el otro, al acercamiento que convoca a la fusión solidaria, a la unión de las almas o los cuerpos en una simbiosis tal que no hay relación dispareja.
El que quiere se da, es decir se anula a la mitad para recibir a la otra mitad, sea esta ella o él o bien toda una comunidad ansiosa. El líder desciende a la congregación y se confunde con ella, se hace uno de los demás, encarna sus cantos, sus mitos y sus ritos, aplasta aquello que de sobresaliente hay en su personalidad para nivelarse y aprender, tomar, succionar otra vez de las ricas raíces la savia extraviada. El ego, pues, se difumina, democratízase dirían los psicólogos sociales, sea con esta mujer con que me acuesto o con la mayoría o minoría que me detesta.
Pero eso es utopía, ningún dueño del poder lo comparte, no por mucho tiempo, o por lo menos lucha para no hacerlo. No hay —hasta el momento no existe en ninguna parte de la tierra— poder sin vanidad.
Y la vanidad, aunque importante componente del amor, es igualmente su ácido más corrosivo. El poder tiene la innombrable virtud de sólo reflejarlo a uno mismo, de robarle a los espejos el paisaje social, el trasfondo humano, el panorama cárnico. No por los aduladores —que nunca faltan y que alaban del amo sus gratas magnificencias y relativizan los defectos atribuyéndolos a firmezas del carácter— sino por ese otro engaño brutal y desquiciante que es la apetencia de la historia con que los usufructuarios del poder se aproximan al tiempo.
Pues en su esencia el poder es síntesis de la vanidad humana; los hombres se distorsionan al encanto de su toque mágico. Estar por encima de los demás, o bien subyugar a los demás, proporciona al individuo la satisfacción de considerarse sumun de alguna forma de selección natural: en la gran machaquera de los molinos de la vida ha sido preferido, diferenciado, escogido. Piensa que de cierta manera se condensan en él las virtudes mayores de la supervivencia, que es decir la fortaleza, el genio y el talento, y que se le ha erigido en guía espiritual o material para conducir a otros, para ejercitar por ellos su numen visionario y transformarse en artífice de la historia, líder de la tribu, lanza de tropa, colmillo de la manada.
El Elegido —pues tal es el concepto prevalente—, el beneficiado del cosmos o selecto de los dioses, empieza a construir entonces su fabulario personal: suprime o inventa los orígenes de la captura del poder, quizás logrado por vía truculenta, se deshace de los testigos fundacionales, es decir de aquellos que, conociéndolo, podrían no avalar o entorpecer su transformación, y comienza el tránsito por su nueva biografía, una donde la vista ya no se pone en el pasado —es decir en el ideario y las promesas— sino en el perfilado del retrato, augusta construcción, minucioso dibujado con que el Hombre —ahora de H mayúscula— irá emergiendo de a poco con galas casi ultraterrenas. La vanidad asume su más grande reto como pintora.
En ese recorrido a veces discreto, a veces bestial, se sacrifica lo que haya que sacrificar, particularmente el amor. La primera inmolada es la fidelidad, prejuicio burgués en unos casos, ignorancia de la globalización en otros, según el lado de la calle donde uno se estaciona a observar. Con excepción de la Tatcher, la Ghandi y otras pocas damas gobernantes, las esposas son usualmente las primeras víctimas, no sólo de la celebridad súbita del cónyuge sino de su inédita potencia animal.
Pues de pronto aquellos apagados profesores de filosofía cuyo diccionario íntimo no pasaba de la postura misionera o tradicional, se hacen sagaces trapecistas del sexo, casi padrones veterinarios, medallistas olímpicos de la pasión. Sus casas chicas, que de chicas no tienen nada, proliferan por la capital, se les multiplican las cuentas de supermercado, en suma, inseminan a la patria. Se da, bajo esas circunstancias, un como afán compulsivo de regar los genes y hay que copular, copular, copular agotadoramente, vespertina y madrugadamente, para que la semilla del genio no se pierda. Para que el ego trascienda y la vanidad no oculte su razón dionisiaca de ser.
Los ejemplos son cuantiosos.
Isabel, soberana inglesa, enamorada de la gloria que Francis Drake le llevaba en galeones desde Cartagena y el Darién de Panamá; el pirata Olonés acechando desde la costa los patrimonios de Guatemala; Iturbide de México soñando con un imperio semi-continental; los Vanderbilt pensando que el tránsito ítsmico de Nicaragua les daba la llave del mundo; William Walker imaginando el más vasto dominio de siervos centroamericanos; Roosevelt calculando trueques, ganancias y monopolios; Pancho Villa haciéndose a la idea de una América orquestada con mariachis; todos ellos, y muchos más, veían en sus actos no la benevolencia inmediata sino el propio rostro, la semblanza magna, el retrato austero pringado de laureles con que habrían de penetrar a la más exclusiva de las logias eternas: la de los pueblos amados y a la vez despreciados que los añorarían y evocarían con amor, que habrían de venerarlos, amor este ya descompuesto en la vanidad y las bacterias del abuso del gobierno.
Derechos Reservados. Armando Lara. "Eva".

II.-
Amor, historia y vanidad, cuántas barbaridades han causado desde la cima del poder...
Por él fueron exterminadas las tribus originales de Norteamérica y son hoy las del Amazonas
10 000 negros mataron los blancos durante la rebelión de Agosto de 1791 en Haití
32 000 asesinó Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador
8000 sumó Somoza en Nicaragua
60 000 en Guatemala durante la larga noche de la represión
2000 acumuló la dictadura de Tiburcio Carías en Honduras
Miles el Porfiriato en México
Millones durante el reinado de Stalin
Machado y Batista segaron con su hoz metálica a la juventud cubana
El sibilante golpe de la guillotina no cesó durante la revolución francesa

¿Por qué es tan necesario que el amor estatal mate?
Hay que hacerse esta pregunta para equilibrar la respuesta.

Pues amor y poder son también:
Hitler y Eva Braun unidos para siempre en un orificio de Walter PPK calibre nueve milímetros corto
Los 4000 pares de zapatos de Imelda Marcos
Los topacios, diamantes y rubíes inservibles de Soraya de Irán
Las joyas de la Corona inglesa en Londres, muchas que fueron robadas aquí a sangre y fuego
Los oros de nuestra dignidad amarrados en las bóvedas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional
Los dientes judíos atesorados en las arcas de la banca suiza durante la segunda guerra mundial
El amor de Ronald Reagan por Nancy, borrado para sécula de la memoria
El Che abandonando parientes y familia por la revolución
Idi Amín de Uganda, guardando en el refrigerador los pedazos trucidados de sus enemigos
Felipe II pudriéndose gota a gota de gota en El Escorial
Dos muchachos viejos, John y Robert Kennedy, conchabando muchachas con helicópteros hacia la Casa Blanca.
Derechos Reservados. Vizquerra. "Revolución del sexo".

III.-
Pero quizás estoy siendo muy drástico y severo pues estoy generalizando, lo que es obligatorio dada la brevedad. La anterior es desde luego una visión del poder, esquemática y referencial, pero hay muchas, miles más.

En el libro de los trígonos, el gnóstico árabe Abubequer ben Wahsiyya sentenciaba que “la verdad de la adivinación está en ver más allá con el pensamiento aquello que se adivina” (NUESTROS MODELOS, en: PICATRIX).
Pues habría que realizar un ejercicio reflexivo para imaginar cómo es que se contemplan el amor y el poder desde la óptica de los poderosos, particularmente de los dictadores.
Calibrar por ejemplo qué es más venéreo y orgásmico, si las orgías de sexo o las orgías de sangre.
Qué competencia de placer ocurre entre acariciar una piel o romper una piel.
Cuándo el organismo provee más estamina y potencia, si seduciendo o violando.
Cuál es más dulce canto, el estallido de un beso o el chasquido de una bala.
Y ese que gime, esa que respira agitada, ¿suspira o se queja?
¿Dónde tiembla más el hombre, en la pasión o en el miedo?
¿Son tan persistentes los recuerdos de los muertos como las memorias del amor?...
El amor puede llevar al poder pero muy difícilmente lo contrario.
Derechos Reservados. Juan Ramón Laínez. "Muchachas".

IV.-
Pero además está la magia, todo el rosario de fórmulas rituales con que los hombres se visten para una o la otra experiencia.
El caballero de la antiquísima Orden del Temple, cuenta San Bernardo (Laude novae militiae), tenía “disciplina constante y obediencia siempre respetada: va y viene a la señal de quien posee autoridad: se pone lo que se le distribuye y no busca fuera alimentos ni vestiduras... Los caballeros llevan una vida común sobria y alegre, sin hijos ni mujer; no se les encuentra jamás ociosos o curiosos, y no conservan ninguna noción de superioridad personal: se honra al más valiente... Detestan los dados y el ajedrez, tienen horror de las cacerías, se cortan el pelo al ras, nunca se peinan, raramente se lavan, llevan la barba hirsuta y descuidada, están sucios de polvo y tienen la piel  curtida por el calor y la cota de malla...”
San Bernardo descuidó agregar algunas costumbres raras incluso en su tiempo, como el hecho de que los Templarios nunca dormían solos en las celdas de sus conventos y que montaban a caballo de dos en dos...

O a veces se busca el poder mágico para adquirir el amor, como cuando un alquimista conocido como Picatrix, pero que en realidad se llamaba Abul-Casim Maslama Ben Ahmad, recomienda en la Edad Media la fórmula para preparar un filtro de pasión:
“Se coge sangre de gallo, sangre de pantera y cuajo de conejo, medio metical de cada; y un metical de sangre humana, se junta por fusión y se le añade medio metical de euforbio y se sahuma con ello. Esta mezcla produce intimidad y facilita la espiritualidad del amor”.

¿Hay alguna diferencia entre esta receta milenaria, las que ingenian los campesinos o la que sugieren las pitonisas a las esposas de los ministros cuando van a consultar la suerte?

Picatrix mismo tiene un relato bellísimo sobre la magia y el poder:
“Informaron a Alejandro Magno que una víbora diezmaba el ganado y Alejandro dijo ‘Haced una vaca a propósito de ella’. Le hicieron la vaca y la vaca se comió a la víbora.
Dicen que los abisinios mandan camellos contra el enemigo y que los camellos atrapan al anemigo y se lo traen preso a los abisinios.
Dicen que la apariencia es imán de la apariencia.
Dicen que mover lo estático es más difícil que parar lo dinámico. Lo contrario de detener lo estático es mover lo dinámico.
Dicen que las formas inferiores obedecen a las formas superiores.
Dicen que cuando el agua se inmoviliza es tierra y cuando la tierra se mueve es agua.
Dicen que el viento lleva sin tener manos ni cuello y que el fuego come sin tener boca ni dientes.
Dicen que la hacienda de Salomón estaba en el sello de su anillo porque si se lo ponía venían a él los genios, los hombres, los vientos y las aves, y si se lo quitaba era como cualquier otro hombre”.
Dicen que el amigo de cada cual es su inteligencia y el enemigo de cada cual su necedad”.
(Abul-Casim Maslama Ben Ahmad. EL FIN DEL SABIO Y EL MEJOR DE LOS DOS MEDIOS PARA AVANZAR, Biblioteca de Visionarios, Heterodoxos y Marginados, Madrid, 1982.)
Derechos Reservados. Antonio Vinciguerra. "Lenca con jarrones".


V.-
Estoy convencido, sin embargo, de que no hay exorcismo más poderoso que la voluntad.
Tres cortos ejemplos.
En la maravillosa ciudad de Copán, mil seiscientos años después de haber sido sellada los científicos han revelado la tumba más secreta de la Acrópolis maya. Está enclavada en el centro de todas las direcciones sagradas, bajo dos templos y repellada con estuco ceremonial. La rodean votos, cenizas, restos de ofrendas, cetros y bastones de mando, espinas de mantaraya, gotas de mercurio y esqueletos de jaguares. No había duda, por sus riquezas tenía que ser de Yax K’uk’ Mo’, el fundador de la dinastía de Copán. La osamenta hallada estaba completamente pintada de rojo pero cuando los arqueólogos forenses la examinaron se llevaron la sorpresa del siglo: pertenecía a una mujer.
La evidencia trastocó todas las concepciones académicas. Hasta ahora nunca se había concebido la posibilidad de que el viril fundador del reino Maya, macho-guerrero insaciable, espada flamígera, progenitor-semilla-gran falo insomne, pudiera ser una mujer.
Una intrigante historia de amor y de poder.

Segundo ejemplo: Un jefe misquito, luterano y semisalvaje, secuestra en la ciudad de Granada, Nicaragua, a una moza criolla, virgen y Católica. El romance que la palabra ociosa hace nacer entre los dos termina por obligar a que España e Inglaterra suscriban la paz, por lo menos temporalmente, en la región.
¡Poder santo del amor, ora pro nobis!

Tercer caso: El apuesto caudillo de la Federación centroamericana del siglo XIX, don Francisco Morazán, arde en deseos de iniciar la revolución liberal pero ni él ni sus acólitos poseen un centavo para invertirlo en la conquista del poder.
Entonces se cruza por el camino la figurita menuda de una mujer extraordinaria, dueña de prolongadas haciendas en el valle de Comayagua, región central de Honduras, heredera de cuantiosa viudez, ardiente como palo seco, más dulce que la rapadura.
Lo único que no es breve de ella es el nombre. Se llama María Josefa Ursula Francisca de la Santísima Trinidad Lastiri, casa con Morazán y a lo largo de dieciocho años le financia la revolución a su marido, discretamente va entregando y vendiendo una a una las haciendas, deshaciéndose de joyas, perendengues y collares, hasta el 15 de Septiembre de 1842 en que una contrarevolución captura a Francisco y lo fusila en el Parque Central de San José de Costa Rica, a las cinco en punto de la tarde, exactamente en la misma fecha en que se celebra la independencia de España.
A esa hora María Josefa está encerrada en una capilla, rezando hincada porque la ilusión no se acabe, pero es inútil, los dioses han bajado el dedo pulgar. Luego la resucitan del desmayo, la peinan y la embarcan en un navío rumbo a San Salvador, donde muere seis años después en la más grosera pobreza.
La moraleja es harto innecesaria.

VI.-
Sólo que, para concluir, es necesario recalcar que ninguno de estos dos temas unidos —el amor y el poder— ha de ser contemplado desde la distancia unívoca. Como pertenecen a la vibración íntima del ser humano, son inestables, atmosféricos e impredecibles.
Uno pensaría, por ejemplo, que en la clase poderosa siempre impera la soberbia, o que entre los humildes reina eterno el amor, arquetipos esos que confunden más de alguna vez a poetas y narradores.
Por el contrario, puede darse cualquiera de sus antípodas. Martí, para el caso, ingresa en la locura última al soltar las riendas del caballo y lanzarse en atropellada carrera contra los españoles en la única batalla que peleó desde Cuba, la final donde su Angel de la Guarda —que es como se llamaba su guardaespaldas— observa impotente el vano gesto de vanidad.
O como entre los franceses, adictos de los vinos robustos y los quesos de aromas penetrantes, inventores de esencias y perfumes, cuando Napoleón Bonaparte, en su más bello gesto de humildad y de necesidad, le escribe a la coqueta Josefina desde Italia, entre negociaciones y promesas de batalla, para suplicarle encarecidamente: “Amor, amor, dentro de quince días estaré en París; hasta entonces no te laves tu delicioso bosquecillo”.
Eso lo dice todo sobre el amor y el poder.



Apéndice innecesario:
Lady Nancy Astor: “a la primera oportunidad que tuvo, Adán le echó la culpa a la mujer”
Francoise Sagan: “Me encanta que los hombres se comporten como hombres –fuertes e infantiles”.
Mae West: “Sólo me gustan dos clases de hombres: los domésticos y los importados”
Marilyn Monroe: “los hombres respetan siempre cualquier cosa que los aburra”.
Jayne Mansfield: “Los hombres, esas criaturas con dos piernas y ocho manos”.
Cher: “El problema de algunas mujeres es que se contentan con poca cosa –y luego se casan con él”.
Mae West: “No te cases con un hombre para reformarlo. Para eso están los reformatorios”.
Henriett Tiarks: “Un caballero es un lobo paciente”.


07 abril, 2014

De honduras y “Países Bajos” (*)

… había estado introduciendo en la computadora nuevas señales, (…) abridoras de cerrojos hechos de palabras.
                                           Julio Escoto, Madrugada, p. 64
Víctor Valembois, SEP, UCR.

1.      Signos de color
Para sendas novelas del hondureño Julio Escoto, en concreto El General Morazán marcha a batallar desde la muerte[1] (1992) y Rey del albor. Madrugada[2] (1993), he trazado líneas principales sobre interferencia europea en este escritor contemporáneo, vigentes, como no, para el presente trabajo. Este nuevo enfoque tiene con el anterior una relación de complementariedad. He destacaba ya la indudable huella que dejaron en su producción artística sus estudios en filología. Conviene no solo confirmar esta aseveración sino precisarla.
 ¡Grande el arte que contribuye a trascender!  Con mayor razón si en el caso particular, como también vimos, Escoto aúne acertadamente tres ciencias, constato. Claro esta ciencia, ¡sapientia! del arte novelesco y además, siempre la sirve como su personaje:
Uniendo la semiótica con la historia (para llegar) a entender el colorido de los signos y la trascendencia de los lenguajes con que el ser humano metamorfoseaba sus sentimientos e intenciones, encuadernándolos tras la apariencia de las máscaras y la simulación. (63)
De allí que, en especial en Madrugada, el tema de la “máscara” sea otra columna vertebral (ver, entre otros 187, 342, 487,…). Tarea vital del novelista, asistido del receptor (Holmes y Watson, recordemos) es la de des-enmascarar. En efecto, el lenguaje [es] la materia más sutil e importante que existe sobre el mundo (497).
Pero no se crea que solo en esta novela florece el interés por la palabra, porque cuando en Morazán… el desdichado protagonista señala que solamente los caminos del amor conducen a la perfección, pero todavía no están empedrados (59), de seguro piensa en la dificultad de la comunicación, por esas connotaciones, ese colorido de los signos, como con poesía lo expresa Escoto. Igual, cuando el mismo personaje afirma que “entre las islas de la teoría y el continente de la práctica habría que tender un puente de inteligencia y realidad” (62), o cuando, más abajo reflexiona sobre “la mente no es un puente (…), hay que aprender a transitarlo” (90), allí siempre está el instrumento de las palabras[3], don mágico a veces, obstáculo maldito, otras…




2.      Esos “Países Bajos” de tiempos de Carlos V
Un personaje nunca aparece en escena, por no estar o no haber estado en Honduras sino a miles de kilómetros, en Europa, y sin embargo se alude, a cada rato, en las dos novelas: es el padre de Felipe-dos-palitos, como de manera ingenua lo llama el esclavo, narrador limitado, capítulo 21 en Madrugada. Desde luego refiere a Carlos V, Rey de España. No está demás recordar que este jefe de Estado, aparte de la madre, la famosa “Juana la loca”, como pasaría tristemente a la historia, poco o nada tenía de hispano originalmente. Nacido en Gante (actual Bélgica), en 1500, sobre todo en los primeros años de reinado, anduvo muy condicionado por asesores flamencos[4], valga la redundancia, gente de Flandes[5], cuya conducta en nada favoreció a los súbditos peninsulares. Además, cuando Cortés conquista México, el rey andaba más preocupado por afianzar su corona imperial en el norte europeo. Cantidad de veces, tanto antes de ser proclamado rey, como después, éste se ausentó de España, entre otros por andar de nuevo en Flandes y finalmente, en 1555, será en Bruselas (en sus queridos “Países Bajos” de entonces y en la parte que actualmente sería Bélgica), no en Madrid, España, donde abdica a favor de hijo. Se trata de los históricos "Países Bajos", los dominios nórdicos que la casa unificada de los burgundios y los habsburgos poseía, reunidos esos anhelos dinásticos en su persona.
En las dos novelas Carlos V resulta un semi-dios: ubicuo pero nunca visto. En Madrugada, se cita cualquier cantidad de veces, por ejemplo, en el capítulo último, intercalado, en orden cronológico el primero, donde incluso en 1497 y para la mente indígena, representaba una realidad ineludible: es el poderoso Señor de mares y tierras, un rey de reyes llamado Carlo y algo más (510). En la cosmovisión local se entiende que era algún pobre pues pedía (511). En paralelismo antitético se visualiza en el capítulo 23, ubicado en 1542, y narrado desde la perspectiva de Antonio Fuentes y Guzmán, súbdito español. Allí, como en otras novelas centroamericanas sobre la época[6], se reverencia al monarca con toda retórica: Príncipe cristiano, Su Majestad, el Emperador cesáreo y Católico, el rey, nuestro señor, etc. Así, aunque no se le nombre explícitamente pero está claro que es el imperio español de su época (como en 238). En definitiva, desde el epígrafe de Bartolomé de Las Casas[7], dirigido a un Muy Soberano Señor hasta la penúltima página, cuando es calificado como príncipe de Castilla, este Carlos V de Flandes está tras bambalinas.
Incluso en Morazán…, la otra novela que se sitúa exclusivamente en el siglo XIX, no puede faltar la referencia a Carlos V, de manera reiterada. Lo es en forma explícita (27), como implícita varias veces (42, 48, 76 y 78), en relación con la búsqueda, desde entonces y por mandato del Emperador, de un canal interoceánico: volveré sobre el asunto. Pero el lector atento encontrará en Madrugada otros “puentes” a veces sutiles, a tan evidentes como sorprendentes con esos “Países Bajos” en su primera acepción. Por ejemplo, y siempre en orden cronológico, aquí van dos:
Uno: en referencia explícita al mismo rey y a sus inmensos gastos, en 1542 Fuentes se refiere al financiamiento fuera de España, al inicio de la conquista, entre otros con los Fugger, banqueros alemanes[8], pero también se menciona la ciudad de Amberes (445), en Flandes, puerto floreciente en el siglo XVI hasta que las tropas del Duque de Alba incendiaron la ciudad. Dos: el mismo Fuentes comenta el tiempo antes de 1542 y lo que les aconteció a Fray Blas de Castillo y otros, quienes quisieron ascender al volcán Masaya, para lo cual aconsejáronse con un padre flamenco, quien también quería saber el secreto del volcán, el que les dijo que no podía ser aquello sino metal de oro o plata, y de la mayor riqueza en el mundo (438), todo según un texto no ubicado, leído por el personaje Fuentes. No logro ubicar a este compatriota[9].

3.      Esos “Países Bajos” de los holandeses
Por grandiosa que haya sido la circunstancia en que al Emperador flamenco y español le tocó reinar (¡una primera verdadera mundialización[10], nada menos, anterior a la actual globalización!), por mucho que se empeñó en mantener un imperio unitario bajo la fe cristiana, su abdicación tres años antes de morir, en 1558, revela que se dio cuenta de su fracaso. Durante el mandato de su hijo, totalmente “españolizado” y “anti-flamenco”, se prendió la mecha, tanto del fraccionamiento territorial como religioso de este regalito, sus Países Bajos que sin embargo Carlos V le había encomendado. Esta división prefigura un tanto lo que, siglos después, serían lo que en terminología dudosa se conoce como Holanda y Bélgica.
Ahora, la frontera norte de Bélgica y sur de los “Países Bajos”, bastante guarda de la línea divisoria entre catolicismo (al sur) y el protestantismo, sobre todo calvinista (al norte), a raíz de la comentada y violenta reconquista (sí, así, con el mismo término utilizado contra los moros), del Duque de Alba[11].  ¡Tiempos aquellos!  Lástima, no todas las manos fabricaban inocentes encajes de Flandes (389), como secular producto de exportación como consta en tantas obras literarias; otras, entre españolas y mercenarias,  sostenían las picas[12]: son los piqueros de Flandes (293), a los que alude también la novela. Pese a su superioridad en armas, los españoles no pudieron con la guerrilla flamenca.
En su Madrugada, Escoto reconstruye más bien eventos referidos a la parte que logró escabullirse a la bota española: el norte de la comentada línea divisoria. Con el aporte de tanto capital flamenco, humano y financiero en exilio, allí fue surgiendo una nueva nación empresarial (el “holandés errante”) y progresista (que lo diga Descartes). Inicialmente, a fines del siglo XVI, se llamaba “las XVII Provincias Unidas", que la misma España fue reconociendo recién mucho después, con los Acuerdos de Utrecht[13], en 1713. Ahora bien, por comodidad, por desconocimiento sobre todo y dentro de un típico mecanismo de “la parte por el todo”, a este conjunto de provincias, sobre todo afuera, se le fue dando muchas veces el nombre de “Holanda”. Este error geográfico se generalizó de tal manera al mismo tiempo que la parte de “Holanda” (con Ámsterdam y Rótterdam[14], entre otros) y adquirió tal preeminencia que los nombres se confundieron (a nivel de lengua, también se liaron los nombres de castellano, por la provincia de Castilla, y español, por toda España). El resto de esos dominios nórdicos de Carlos V quedó como "los Países Bajos Meridionales (o del Sur)" o "los Países Bajos Españoles".
Explicado el “colorido” nuevo, tan importante, de la expresión combinada (“Países Bajos”) que aquí sirve de guía, queda por averiguar su uso en las dos novelas de Escoto. No se observan rastros de este segundo uso en Morazán… En cambio abundan las aplicaciones en Madrugada. Pasa que el autor “peca” por retomar la equiparación, en realidad incorrecta de Holanda y holandeses. Nunca, en esta novela, figuran los “Países Bajos” según la segunda acepción señalada; en cambio, son legión las alusiones a “los holandeses”, las más de las veces metidos dentro de un grupo, entre otros nacientes imperialistas europeos (24, 100, 279, 286, 293, 333, 351, 445,…). Pero se detectan dos casos específicos de “holandeses” individuales, cuya importancia resulta crucial para el sentido global de la novela y su proyección hacia casos futuros.
El primero es ese capítulo 19, intercalado también, llamado “Reunión en Omoa” que Escoto sitúa en 1633. En ese puerto dando al Golfo de Honduras, en reconstrucción literaria un puñado de europeos acude a una cita. Uno proviene de esos nuevos “Países Bajos” recién descritos y es holandés de pura sangre: Abraham Blauvelt (identificado por otros, ignorantes del neerlandés, como Bleevelt o Blewfields). Pues bien, ese nombre, traducido en español, significa “campo azul”, lo cual da Bluefields (en plural) en inglés. Como se sabe, refiere a un puerto en el Caribe nicaragüense, creado por ese corsario. Por cierto, uno de los temas de conversación es el paso (322), la travesía interoceánica o Estrecho dudoso que hace rato se buscaba.
Paso a un segundo corsario o filibustero (por de pronto, palabra neerlandesa, esta última), no por completo invento literario, menos interesante. En claro montaje detectivesco, al principio de la novela y por un trecho apenas, aparece. Se identifica a sí mismo como Frank Hollander (73), norteamericano. Pues bien, más de cuatrocientas páginas más tarde vuelve, en una balacera, donde muere. El astuto Escoto, por medio de su narrador omnisciente, solo sugiere que [Jones] solo recordaba (…) como que apellido [del otro] tenía algo que ver con Holanda (481). ¡Con eso basta! Resulta totalmente coherente el apellido de ese gringo con la reminiscencia. Funciona el “nomen est omen” del latín por el que se rompe la gratuidad o arbitrariedad del signo: al contrario, se vuelve indicio, pista. En este caso, en buena semiología que le encanta a Escoto, este agente norteamericano de la “Contra” (la contrarrevolución norteamericana para tumbar el sandinismo), Frank Hollander en persona viene a significar un corsario de nuevo cuño, más allá del siglo XVII que fue su época de gloria. Con lo cual, increíble pero cierto, entre “holandeses” le dan continuidad a la novela y refuerzan el argumento de la citada espiral histórica. El signo anodino, vuelto metáfora y hasta símbolo, nos advierte incluso, a principios del Siglo XXI, que la especie de los corsarios no ha muerto: al contrario, ahora actúa a nivel global.


4.      Los “Países Bajos” en tiempos de Morazán
En 1814 surgió un tercer significado histórico a la expresión “Países Bajos”, muy a tomar en cuenta para la correcta decodificación de las novelas históricas aquí bajo la lupa. Al ser derrotado Napoleón la primera vez (la segunda sería en Waterloo, al sureste de Bruselas), el Congreso de Viena, bajo el impulso del Canciller Metternich, decide crear un Estado suficientemente grande y fuerte, un “Estado-tapón[15]”, contra el expansionismo francés. Lo malo es que, sin consultar a los interesados, decidieron juntar lo que ahora son Bélgica y los Países Bajos.  
Así se fabricó el "Reino Unido de los Países Bajos", construcción artificial, con el Rey Guillermo I como jefe del nuevo Estado, cosa que era ya de “Holanda”. Regiría el principio de ambulancia de capital (entre La Haya y Bruselas) que fracasó igual en la región centroamericana. Por lo menos en esta parte valía una sola lengua, la de Cervantes, mientras en esas “tierras bajas”, los antiguos dominios de Carlos V, existía (y existe) un corte horizontal de oeste a este, al sur de Bruselas, con el idioma neerlandés (mayoritario entonces y ahora), arriba de esta línea y el francés abajo. Cabe tomar en cuenta además el empuje económico, minero e industrial que predominaba en Valonia (el sur) y no en Flandes (el norte), de manera que ese parto de los montes apenas duró quince años: en 1831 nació Bélgica sobre un territorio que, simplificando, corresponde a los antiguos “Países Bajos Meridionales”.
 En su región, Francisco Morazán (1792-1842) luchó, a precio de su vida, contra el “autonomismo ancestral” (Morazán…, 41) que también prevalecía en el comentado norte europeo. Pese a que se le conoce como un hombre de armas tomar, su vía preferencial de acción era el civilismo: por su educación y lecturas basadas principalmente en la Ilustración europea (ver en el trabajo anterior), era un Bolívar centroamericano. Repasando mentalmente hechos ocurridos en todo caso antes del previsible divorcio señalado entre esos “cónyuges”  tan disímiles y reunidos a la fuerza por el viejo Metternich,  el ahora todavía tan mal conocido unionista hondureño pensó:
Dediqué (diversos esfuerzos) a evitar que se continuara derramando sangre centroamericana y facilité que el Ministro de los Países Bajos organizara en Abril pláticas de paz… (37)
¡Este Ministro de los Países Bajos no era el Ministro de Holanda, como entenderíamos ahora!  Él era el General Jan Verveer[16]: holandés, sí, y Ministro Plenipotenciario, sí, pero del "Reino Unido de los Países Bajos" en esa Guatemala que en esa década aludida formaba parte de otro “Reino Unido”, el de Centroamérica. Cometer la confusión, como lo hacen Escoto y Rafael Leiva[17] es tan grave -lo mismo que tan inocente- como cuando un europeo, por ignorancia, mete a todos los países de la región ístmica en el mismo saco. Verveer estaba allá desde por lo menos 1825, cuando empezaron las conversaciones con miras a un contrato.
En 1825, solo dos potencias europeas tenían un representante consular en Centroamérica: Inglaterra y los “Países Bajos”, es decir el Reino Unido respectivo. Francia no tenía agente diplomático sino desde México. Ahora bien, los dos “Reinos Unidos” (el de “Inglaterra” como reza la también engañosa fuente centroamericana, y el de los “Países Bajos”, como explicamos recién”) tenían intereses imperiales en la zona. Bastante documentación existe sobre los desmanes del terrible Chatfield inglés, pero poco se ha estudiado el claro interés del llamado “holandés errante”, construyendo su imperio marítimo. Entonces abríamos nuevas relaciones con Europa y América (48), señala Morazán, con el resultado de solo dos embajadores: uno en Estados Unidos y el otro en Europa, concretamente ante esos “Países Bajos”. Pero ya se quería liberar de ese “América para los americanos[18]” al estilo de Monroe. Al ser entonces todavía jefe de facto de Centroamérica, a Morazán le sale interés por el contrapeso europeo, partiendo de las exploraciones de Humboldt, que entreveía posibilidades interoceánicas por diversos lugares del istmo. Pero como vimos, el sueño viene de antes: esos corsarios europeos del Siglo XVIII, evocados en Madrugada, conversan sobre el mismo hipotético paso (322).
La erección de una embajada en los “Países Bajos” se inscribe entonces en este contexto. Ahora bien, al poner Escoto en boca de Morazán negociábamos la construcción del canal oceánico con los holandeses (48) caben dos comentarios por la precisión en ciertas palabras que aquí hemos emprendido. Primero, constatemos el mismo error frecuente en toda la historiografía de América Central, de confundir esos “holandeses” con todo el “Reino Unido de los Países Bajos”. Segundo, está por ver si aquello de negociábamos no tira demasiado la cobija de la iniciativa del lado de Morazán. Bien puede el General haber declarado la cuestión del canal como el primer objeto[19] de su misión gubernamental, pero otra cosa es la cuestión de los medios, que no serían ciertamente centroamericanos.
Al respecto, se sabe que en ese Reino, y más concretamente vía Bruselas, hubo entonces y después todavía por lo menos en tres oportunidades perspectivas trans-ístmicas[20]. Para este anhelo compartido, un triste obstáculo fue la proclama e independencia de Bélgica en julio de 1831. Cuando en setiembre de ese mismo año aciago Morazán es proclamado Presidente de la República Federal de Centro-América ya el Reino Unido de los Países Bajos había pasado a mejor vida. Lo cual no quita que a este auténtico jefe de Estado que fue Francisco Morazán se le evoca con respeto y hasta con cariño en cantidad de lugares también de Madrugada (108, 130, 143, 406,…), la otra novela de Escoto.


5.      “Este ´País Bajo´ que es el mío”
Por lo explicado queda más claro ya cómo “los Países Bajos”, en el uso actual, contiene cierto contrasentido, porque a una nación única se le da un nombre en plural. Desde 1831 el término compuesto quedó más reservado al norte de los originales dominios de Carlos V. Ahora bien, no por el cambio de nombre, al sur, de “Países Bajos Españoles” a “Bélgica”, estos 32.000 kilómetros cuadrados dejan de tener mucho de “tierra baja”: el término se justifica en lo geológico y en muchos aspectos, cierto estereotipo de “Holanda” (con los tulipanes, los quesos, los molinos,…), forman parte, igual, de la realidad en todo el conjunto. No es de extrañar por ello que una de las canciones más conocidas, a nivel nacional e internacional respecto de ese territorio, en su letra recalca aquello del “llano país que es el mío”, evocado por el  cantante belga Jacques Brel[21].
Nunca se menciona la palabra “Bélgica” o algún término afín en las dos novelas en consideración, de Escoto: en Morazán… no habría tenido sentido, porque los hechos evocados se sitúan antes de existir este Estado como entidad independiente; tampoco en Madrugada figura, como tal. Y sin embargo, en esta compleja creación existe todo un eje estructurante entre el allá y el acá, entre una idea de Bélgica (más que una realidad, a veces) y lo latinoamericano, incluyendo lo hondureño. Es curioso, si en el trabajo anterior, hemos demostrado a partir de lo literario un vuelco, en los últimos dos siglos, de la orientación este-oeste a lo norte-sur predominante, confirmo aquí esta perspectiva, pero con una notable excepción: en su búsqueda de identidad y de des-alienación, varios personajes de la última novela miran hacia el este y concretamente: ¡Bélgica!
Vía este país hubo por lo menos tres intentos posteriores a Morazán, todos frustrados, para un canal en Centroamérica[22]: el nuevo Estado belga resultó sumamente dinámico hasta la Primera Guerra Mundial[23]. Pasa que, siempre dentro de lo verosímil artístico, conviene subrayar que se recoge y hasta aviva una visión estereotipada de este país, la cual, a su vez se apoya en cierta realidad. Me explico: desde las últimas décadas del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial, tremenda es la cantidad de estudiosos latinoamericanos que acude a universidades europeas. Es lo que pasa, a todas luces con Ramón Soto, Canciller hondureño evocado en Madrugada. Escoto lo describe así:
… conservador de arrugada estirpe y estirada educación europea, (…) abogado (…) luciendo el más acabado diseño de la moda sobre el anticuado deslumbre de sus zapatillas protocolarias de charol (…). Debía reconocérsele el registro enciclopédico de su dominio en el área diplomática, la disciplina de poseso que lo infestaba (…) su voluminosa voluntad de estudio… (158-59).
Aun sin explicitar el autor dónde supuestamente aprendió su oficio este personaje, el lector familiarizado con el mundo educativo y cultural de hace un siglo, o casi, siente que ese modelo escrito obedece al perfil de educación rigurosa, sí, pero memorística, amplia sí, pero poco evolutiva, como se daba en las viejas metrópolis europeas. No interesa si esta descripción obedece a una figura real. Se visualiza como prototipo de un individuo eficiente, pero enajenado, producto de una educación alienante. Uno siente que el narrador, detrás del cual apenas se disfraza el mismo Escoto, se refiere a ese tipo de educación universitaria con cierta ironía si no desprecio.
Todo lo contrario se respira al palpar la nueva enseñanza superior que se perfila, sobre todo a partir de conversaciones entre Jones y Miqui, dos personajes principales, siempre de Madrugada. El primero es norteamericano, pero prueba ser capaz de pensar en forma independiente, hasta en contra de su propio gobierno; el segundo es salvadoreño (93), en la línea, adivinamos de Monseñor Romero (que no se menciona). Felizmente para ciertos centros de educación superior en Europa, en particular después de los eventos “revolucionarios” de mayor 1968, cambió el paradigma. Se trataba de formar alumnos pensantes por sí mismos, siempre con gran cantidad de materiales de estudio, con mucha importancia de la memoria, pero también con la garantía de que fuesen capaces después de re-interpretar lo aprendido en aplicación a la realidad de su nuevo entorno. A no dudarlo, para la defensa de la identidad profunda, nacional e individual, como la que se destila en la novela, es el modelo anhelado.
Un tanto a contrapelo de lo que se vería como normal aquí, no partiré de la literatura sino de la historia. En otras investigaciones mías he podido confrontar grupos de estudiosos costarricenses en Europa, para llegar al mismo contraste de dos grupos. En efecto, he detectado en los hechos, por un lado, la existencia de una verdadera generación que obtuvo sus títulos, sobre todo de medicina, en Bruselas en los años veinte del siglo pasado[24], y por otro lado, también he demostrado la existencia, medio siglo más tarde, de otra generación sobre todo de doctores en filosofía de la Universidad de Lovaina[25] de esa misma nacionalidad. Para las dos remesas hubo grandes exigencias de estudio, saliendo todos buenos profesionales quienes aguantaron hasta la meta del título, pero el primer equipo obedece más a un esquema europeizado, mientras los del otro, por su desempeño, se mostraron claramente latinoamericanistas. Con lo cual la realidad confirma lo desplegado en la novela: el modelo de la torre de marfil versus el de estudio como medio para el compromiso.
Frente a la educación de pulcros modales y afectada resolución (158) con la que Escoto caracteriza al Ministro de Relaciones Exteriores de su tierra, con desdeño, ningún lector negará que, siempre en la misma Madrugada, el narrador estila simpatía por una buena moza que estudió también en Europa. Sheela es un personaje mucho más importante, que ese leguleyo acucioso.  Es clave la narración y buen ejemplo respecto de la nueva educación universitaria que se requiere. Ella aflora en el ambiente desde el final del capítulo 10, pero como cruel Simenon que resulta Escoto (buenos escritores en lo detectivesco los dos) demora su identificación a lo largo de seis capítulos. Para llegar al conocimiento de que ella estudió y trabajó en la Universidad de Lovaina (247), Jones y el lector fueron informados gota a gota (que sabe francés, que estudió marxismo, que entiende de Weltanschauung: 220, 224, 229,…).
En acertado suspense policiaco en la novela asistimos a un montaje arquetípico de la idea de universidad progresista dentro de un país, Bélgica, que se presenta con la misma imagen falaz. Se observa una cadena de simplificaciones en torno a “Lovaina” como de izquierda (223, 243,…), en estrecha asociación además con revolucionarios latinoamericanos (243, 344, 396, 401). Es un estereotipo, pero que como tal, siempre parte de la realidad. Por otro lado, justamente tampoco se podrá negar que esa “idea de Bélgica” y concretamente de su universidad más vieja obedece también a lo histórico: en esos históricos años sesenta, allí estudiaron el Camilo Torres y el Gustavo Gutiérrez aludidos en la novela (101).  Y esa guerrilla de Dios (111) a la que refiere Miqui pareciera contar con la simpatía del narrador.
Para terminar, dos puntos, de otros extraños cruces entre la realidad y la ficción: Resulta primero que este “país bajo que es mío” según canta Brel, lo es también para el suscrito; segundo, entre las brumas del tiempo, vivencia azarosa en Centroamérica en época de lluvias, consta que el escritor Escoto fue mi alumno[26], formado yo en esa Lovaina en esos precisos años agitados y no niego gran simpatía y hasta afinidad intelectual por el personaje del colega Jones.… Todo, no sé si por destino manifiesto o de circunstancia enteramente fortuita. Feliz coincidencia.

6.      Cosmopolitismo en acción
He estimado necesario ahondar, no en chauvinismo trasnochado, sino en esos “colorcitos” de connotaciones, sobre todo respecto del campo semántico “Países Bajos”, cosa de evitar lo que el agudo Escoto identifica como un conciliábulo sin palabras (452). Confío que con base en esta novela total, resulta y resultará un conversar profundo, escritor-lector. Hay que ponerle ganas, evitando los escollos que los mismos términos, en su evolución, a veces esconden. Es una dificultad salvable. Ahora contemplamos todo el tremendo edificio verbal que se construyó: también Seymour Menton aplaudió Madrugada.
A partir de dos novelas muy diferentes, más allá de cantidad industrial de eventos por lo general muy bien narrados, Escoto siembra magistralmente inquietudes superiores, de tipo profundamente humanista y universal, con base en el mestizaje regenerador, la tolerancia de credos y costumbres y la paz construida entre todos. No tiene relevancia si Julio Escoto conoce personalmente Bélgica, si le gusta y si tiene planes por allá. Interesa su línea de novelística histórica, conectando lo centroamericano con Europa, por lo que el pasado, aun muchas veces doloroso e injusto pueda tener de lecciones para el futuro. Respecto de Bélgica, ojalá retome y amplíe la presencia imaginaria, artística, del país, que como vimos, en lo decimonónico correspondía a una potencialidad que no se mantuvo. Sobre todo con el advenimiento de la (relativa) paz en Centroamérica a raíz de los Acuerdos de Esquipulas y con la reorientación geopolítica europea hacia su propio Hinterland al este, después de la caída del Muro de Berlín, son prácticamente inexistentes ya los lazos históricos entre la región ístmica y este pequeño pero dinámico país del norte europeo.
Confío en el valor del arte, aquí de la novela, en su función cognoscitiva y crítica, complementaria, no sustitutiva de la tarea del historiador. A pesar de que las dos novelas, en el fondo implican fracasos de los respectivos personajes, el lector no puede quedar indiferente, en ninguno de los dos casos. Confío en que la espiral un tanto pesimista con la que Escoto interpreta el devenir del hombre, más allá de errores y tanteos por lo menos logre avanzar: no distinguía Carpentier en el sentido que “el hombre no avanza, pero la humanidad sí”?  Wishfull thinking, profesor Jones-Escoto? No creo. Luchemos, el artista por su lado, el crítico por otro y los lectores conscientes por todos lados para que se haga realidad ese pensamiento barroco: “sueños hay que verdad son”. Adelante, Julio, (y no me refiero a las vías propuestas ni por Julio Iglesias ni por Julio Cesar), sino a este demasiado reservado hondureño que construye por el camino, todavía no empedrado, del arte. Como su personaje perseverante, afirmemos:
Construya sus sueños… métase en ellos, despelléjese haciéndolos verdad, si no ¿de qué sirve todo? (393)

BIBLIOGRAFÍA
Craeybeckx, Lode: Cent ans de démocratie bourgeoise, Ed. L´Églantine, Bruselas, Bélgica, 1931.
Escoto, Julio: El General Morazán marcha a batallar desde la muerte, Centro Editorial, San Pedro Sula, 1992.
Escoto, Julio: Modelos operacionales y semiótica de la ideología, tesis inédita para la Maestría en Letras, Universidad de Costa Rica, 1984: cito este trabajo porque en cierto sentido a partir de este estudio teórico, Escoto sigue luchando, ahora por la vía literaria, contra tantas imposiciones ideológicas.
Escoto, Julio: Rey del albor. Madrugada, Centro Editorial, San Pedro Sula, 1993.
Kossmann, J.A.: De Lage Landen, Geschiedenis van de Noordelijke en Zuidelijke Nederlanden, (Historia de los Países ajos del Norte y del Sur), ed. Ons Erfdeel, Rekkem, Bélgica, 1988.
Leiva Vivas, Rafael: Francisco Morazán y sus relaciones con Francia, Edit. UNAH, con primera edición en 1988.
Leiva Vivas, Rafael: “Las relaciones diplomáticas en la obra de Francisco Morazán”, en revista Paraninfo, del Instituto de Ciencias del Hombre Rafael Heliodoro del Valle, Tegucigalpa, pp. 145-155.
naylor, Robert A.: Influencia británica en el comercio centroamericano durante las primeras décadas de la Independencia (1821-1851), Plumsock Mesoamerican Studies y Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica, Antigua, Guatemala, 1988.
obregon, Clotilde: Costa Rica. Relaciones exteriores de una república en formación 1847-1849, Edit. Costa Rica, 1988, 308 páginas.
saenz Carbonell, Jorge: “Las relaciones entre los Países Bajos y Costa Rica”, en un volumen colectivo Costa Rica - los Países Bajos, 150 años de relaciones diplomáticas, Editado conjuntamente por la Embajada de los Países Bajos en San José y el Instituto del Servicio Exterior Manuel María Peralta, San José, Costa Rica, 2002, pp. 4-27.
Valembois, Víctor: “Idea de Europa” desde el trópico centroamericano”, investigación sobre la novelística del hondureño; con énfasis en las relaciones con el Viejo Continente, complementario con el presente trabajo. 





[1] Utilizaré la edición de la misma casa del autor: Centro Editorial, San Pedro Sula, 1992 y por simplicidad abreviaré el título a Morazán…
[2] Por comodidad, a partir de ahora abreviaré este título a Madrugada.
[3] Y con riesgo de importunar: cuando Morazán señala con el dedo a “los costarricenses, prestos a halagar y alabar cuando lo necesitaran” (80), alude, igual, a un uso determinado de la lengua. Lo mismo pasa cuando, hacia el final observa que “desde mi arribo a Costa Rica [he] tenido que moverme cuidadosamente entre un anillo creciente de círculos de traición”, siempre estamos confrontados con usos peculiares, esta vez sibilinos, del lenguaje.
[4] Es curioso que Escoto no alude a ellos. Tengo en preparación al respecto un trabajo. En opinión de Unamuno, todos los malos seculares de España, poco menos, venían de ellos: ver “Unamuno y Bélgica (a partir del Repertorio Americano)”, en “Actas del simposio hacia la comprensión del 98” por la Editorial de la Universidad de Costa Rica, 2001, con el Dr. Jorge Chen como editor, pp. 163-178.
[5] “Flamenco” es gentilicio legítimo para los de Flandes, mucho antes de que, por simple homonimia surgiera aquella referencia a músicos andaluces. Ver mi trabajo: “Ensalada flamenca para todos los gustos”. (Ensayo sobre la palabra “flamenco”).
[6] Pienso en dos otras y buenas novelas centroamericanas sobre las cuales van sendos trabajos para esta misma colección, en la medida en que contienen cantidad de interferencias flamencas. Remito entonces, en primer lugar a “Lectura “flamenca” del “Burdel de las Pedrarias”, en esta misma colección. En segundo lugar: “Réquiem por Castilla del Oro: cobija política nicaragüense con ribetes trasatlánticos y flecos hasta nuestros días”. Trabajos sobre interferencias belgas en Ricardo Pasos y Julio Valle” respectivamente.
[7] En la p. 427 de la novela, don Antonio Fuentes y Guzmán arremete fuertemente contra don Bartolomé: no es para menos: ya mucho antes de las Nuevas Leyes de Indias, impulsadas por Carlos V en 1492, el Padre Las Casas, con buen éxito había tomado contacto con los asesores flamencos del rey. Remito especialmente al excelente trabajo de Juan Durán: Bartolomé de las Casas ante la conquista de América, Editorial de la Universidad Nacional, Heredia, Costa Rica, 1992, p. 34.
[8] ¡Benditos términos! A lo largo del presente me he referido varias veces a “Alemania”, para realidades también muy evolutivas. En tiempos de Carlos V, sería difícil tomar un solo término para un conjunto de estados dispersos al este del Rin: tienen en común la ascendencia germánica; para el siglo XIX y hasta 1918, habría que poner “Prusia”; para la segunda guerra mundial: “Alemania”.
[9] Partiendo de mi investigación: “Quién es quién entre flamencos en el área circuncaribe colonial”, ponencia para un congreso de historia en Honduras, 2004, ¡sigo en busca de la identidad de ese curioso flamenco geólogo!  Una de las fuentes de Escoto puede haber sido el relato de “Juan Sánchez Portero: entrada y descubrimiento del volcán Masaya”, que figura en el Archivo de Indias, en Sevilla, reproducido en Descubrimiento, conquista y exploración de Nicaragua, crónicas seleccionadas por Jaime Incer Barquero, Colección Cultural de Centro-América, de la Fundación Vida, Nicaragua, 2002. Pero allí no hay rastro de ningún  padre flamenco.
[10] En su día, he elaborado un esquema de no menos de siete “mundializaciones”: “La incidencia idiomática de diversas globalizaciones”, Estudios Filológicos, Universidad Austral, Valdivia, Chile, nº 37, 2002, pp. 151-167.
[11] A esos hechos refiere el cuadro “Las lanzas” de Velásquez, quizá más conocido como la “Rendición de Breda”, ciudad entonces reconquistada pero que por avatares históricos, pertenece a esa nueva entidad de los “Países Bajos”, como fue surgiendo en segunda acepción, también  mal llamados “Holanda”.
[12] Eran unas lanzas largas con un hierro corto y agudo en la punta: no por nada, a los dos lados del Atlántico prevalece todavía la frase de “una pica en Flandes”, como “empresa muy difícil, imposible”.
[13] Pongo este topónimo con una “t” final, como debe ser y no me explico por qué tanta historiografía, sobre todo hispana, se empeña en seguir truncando esta ciudad, de donde era originario también el único Papa que aportaron los Países Bajos (en su acepción inicial): Adrian VI de Utrecht.
[14] Por su nacimiento allá, ilegítimo por cierto, a Erasmo se le fue conociendo internacionalmente como “de Rótterdam”, cosa correcta si se quiere, si no se olvida que desde 1502 en adelante enseñó sobre todo fuera de allí, más bien en la Flandes anterior al Duque de Alba, con su universidad en Lovaina, tantos años y con su casa, ahora museo, en Anderlecht, cerca. Como sea, cuando uno lee con cuidado el “Elogio de la locura”, cuando el autor refiere a “la lengua popular”, a las claras se da uno cuenta que se refiere al neerlandés, la lengua común (con algunas divergencias regionales) de “Holanda” (con el “holandés”) y “Flandes” (con el “flamenco”).
[15] Traduzco de lo que me enseñaron en mis clases de historia. En la documentación que manejo (ver Kossmann, en bibliografía) se habla de “una fortaleza contra Francia”, con el término “bolwerk” que, curiosamente, pasó al francés y después al español como “bulevar”. Ver mi texto, inédito: “El neerlandés, la lengua de más de veinte millones de europeos. Ejercicio intelectual en tres partes: 1) Precisiones terminológicas para uso “circuncaribe”; 2) Puentes curiosos con el español y el área “circuncaribe”;  3) Pasado, presente y futuro en contexto global.”
[16] Tanto Clotilde Obregón como Jorge Sáenz Carbonell, en obras citadas en bibliografía, refieren (resp. p. 91 y p. 6) a firmas de contrato, pero como si fuera entre Morazán y “Holanda” (clásico error en la historiografía centroamericana) para la construcción de un canal interoceánico del lado de Costa Rica y Nicaragua.
[17] Entiendo que el primer citado sigue al segundo en su libro Francisco Morazán y sus relaciones con Francia, Edit. UNAH, con primera edición en 1988. Ver especialmente pp. 54-56.
[18] La fórmula implica otra confusión terminológico que perdura hasta ahora: siendo que el término “americano” originalmente más bien refería a la actual América Latina, ahora en el norte pretenden ser dueños de un destino manifiesto y de esa misma palabra. Pero, honor a quien honor merece, el imperialismo no americano, sino norteamericano (y no me refiero a México ni a Canadá) llevó a cabo ese objetivo. Ahora en manos panameñas, esperemos que sea para el bien de toda la humanidad.
[19] Cito por el segundo estudio de Rafael Leiva, en bibliografía, p. 149.
[20] Refiero al libro de Naylor, citado en bibliografía: en p. 88 comete el mismo error que Leiva y otros historiadores, al referirse al “gobierno holandés [que] realizó negociaciones con el presidente Morazán”, debiéndose entender el “Reino Unido de los Países Bajos”, como expliqué.
[21] Reza así la letra de una estrofa, traducida para la ocasión: Con sus catedrales como únicas montañas/ y negros campanarios como mástiles/ donde diablos en piedra arrancan nubes/ con el hilo de los días como único viaje/ y caminos de lluvia como único buenas noches/ con el viento del oeste escuche cómo se empeña en querer ser/ el llano país que es el mío.
[22] Refiero nuevamente al libro de Naylor, citado en bibliografía: 1) en p. 67 y otras alude a la colonización belga en Santo Tomás de Castilla, Guatemala, trampolín para un canal; 2) en p. 88 señala un tratado de 1844, entre Bélgica y Nicaragua, para un canal. Entiendo que estaban fondos comprometidos de la “Société Générale” de Bruselas, por cierto un banco creado por el rey holandés; 3) p. 89: Napoleón III de Francia intentó finalmente lo mismo vía su proyecto imperial, con Maximiliano de Austria y Carlota de Bélgica.
[23] Ver entre otros: Cent ans de démocratie bourgeoise, estudio con abundante documentación en cifras, de mano de Lode Craeybeckx (L´Églantine, Bruselas, Bélgica, 1931). Para los efectos del presente estudio, consta el dato que al principio, la unidad monetaria en Bélgica eran los florines (pp. 18-19), como ahora todavía en los Países Bajos y que son los ingleses, en la línea del “divide et impera”, los que estimularon la ruptura del Reino Unido de los Países Bajos (pp. 74-75)
[24] Ver mi trabajo: “Una generación única de profesionales ticos, formados en Bélgica”, Herencia, volumen 7-8, n° 1-2, 1995-96, pp. 15-26.  A estas promociones pertenecen también cantidad de profesionales de otras nacionalidades. En el caso de los colombianos eso explica la repercusión de esta realidad en la novelística de García Márquez y Álvaro Mutis, como he demostrado en otras investigaciones.
[25] Refiero a mi estudio: “La Maison Saint Jean” y otra generación de estudiosos costarricenses en Bélgica”, Revista de Filosofía, UCR, LX (103), julio-diciembre 2003, pp. 147-155. El escritor nicaragüense Ricardo Pasos pertenece a este mismo grupo. También su novelística se ve fuertemente condicionado por “lo belga”, pero por otras razones, que ponderé en el trabajo  “Lectura ´flamenca´ del “Burdel de las Pedrarias”, en esta misma colección.
[26] Para obtener la Maestría en Letras, por la Universidad de Costa Rica, allá por los años ochenta.