14 febrero, 2014

Rey del albor, Madrugada
de Julio Escoto:
la última novela nacional
y la primera novela cibernética

Seymour Menton*

C
asi siete décadas después de la publicación de La raza cósmica (1925) de José Vasconcelos, Julio Escoto (1944) publicó Rey del albor, Madrugada (1993), la primera novela nacional de Honduras y la más reciente y tal vez la última novela nacional de la América Latina. A la vez podría ser la primera novela cibernética de toda la América Latina. Por muy rezagada que parezca una novela nacional en 1993, Madrugada sobresale como la mejor novela hondureña de todos los tiempos y una de las mejores novelas centroamericanas de las últimas décadas. El hecho de que todavía no se haya aplaudido continentalmente[1] se debe a la poca difusión de libros publicados en Honduras y a su configuración física: consta de 547 páginas con márgenes mínimos y renglones apretados.[2]
Aunque la búsqueda novelística de la identidad nacional llegó a su apogeo en los años treinta y cuarenta --Canaima (1935) de Rómulo Gallegos, Cholos (1938) de Jorge Icaza, Bahía de silencio (1940) de Eduardo Mallea, El mundo es ancho y ajeno (1941) de Ciro Alegría, El luto humano (1943) de José Revueltas y Entre la piedra y la cruz (1948) de Mario Monteforte Toledo--, ha seguido cultivándose hasta el presente: La muerte de Artemio Cruz (1962) de Carlos Fuentes, De donde son los cantantes (1967) de Severo Sarduy, Los niños se despiden (1968) de Pablo Armando Fernández y la trilogía de Lisandro Otero: La situación (1963), En ciudad semejante (1970) y Árbol de la vida (1990). Además, hay que tener en cuenta las colecciones de viñetas, poesías y cuentos: Vista del amanecer en el trópico (1974) de Guillermo Cabrera Infante, Las historias prohibidas del Pulgarcito (1974) de Roque Dalton y Las huellas de mis pasos (1993) de Pedro Rivera.
Lo que distingue a Madrugada de sus congéneres es la combinación feliz de los tradicionales ingredientes geográficos, históricos y étnicos de la novela nacional con lo que se podría llamar la novela cibernética con resonancias de las películas de James Bond[3] y otras thrillers posmodernas. 

La computadora desempeña un papel importante en la misión actual [1989] del protagonista, el Dr. Quentin H. Jones, catedrático de historia latinoamericana de la Universidad de Cornell, invitado a Tegucigalpa por el Departamento de Estado para escribir un nuevo texto de historia patria eliminando toda crítica de los Estados Unidos. El hecho de que sea el presidente de Honduras quien le comisiona personalmente este proyecto indica la colaboración del presidente con los Estados Unidos en su proyecto de controlar el destino de Honduras, de Centroamérica y de toda la América Latina. Por ser ciudadano estadounidense, Jones desconfía de los revolucionarios izquierdistas que poco a poco le van revelando los detalles del proyecto imperialista, pero, tal vez por ser afroamericano, acaba por convencerse.
De los veintisiete capítulos de la novela, dieiocho transcurren en el año 1989. Los otros nueve capítulos son en gran parte novelas cortas individuales, fechados en orden cronológico al revés desde 1974 hasta 1495.

Proyecto imperialista
El tema principal de la novela es la denuncia del proyecto imperialista de “convertir ideológicamente a Honduras en un siervo capitalista” (231) y de convertir a toda Centroamérica en “un vasto centro colonial de los Estados Unidos” (332). Los comandantes guerrilleros le aseguran al Dr. Jones que le van a entregar la documentación del proyecto para que él lo pueda divulgar en los medios de comunicación de los Estados Unidos. Igual que las películas de James Bond, la novela termina felizmente. Después de una serie de encuentros y escapes fortuitos y a veces espeluznantes, Jones se junta inesperadamente en el avión con su contacto revolucionario, la bella negra Sheela, médica con “trencitas a la Jamaica” (187), quien lo va a llevar a Kingston, donde “hay una caja de seguridad, la 7876 del Banco de Londres que lo está esperando” (507). Ahí está la documentación.      
Los detalles del proyecto se revelan a través de toda la novela. Al conocer al Dr. Jones en el tercer capítulo, el presidente de Honduras le afirma: “después de haber vivido en Honduras toda mi vida comprendo que el futuro es anglosajón” (31). La meta imperialista es “desespañolizar el pensamiento de la raza mestiza centroamericana” (470). Para realizar la conquista cultural, no bélica, los Estados Unidos van a “hiperbolizar la leyenda negra anti-hispana... protagonizar el American way of life... desde el gusto por el chicle hasta la imperiosidad del jean, el jet o la computadora” (471). El cine, la radio, la televisión, los deportes y las becas van a contribuir a desespañolizar la cultura. El Padre Miguel (Miqui) de San Miguel en El Salvador le explica a Jones cómo Ronald Reagan y Jeanne Kirkpatrick piensan “acabar con la fe católica e instaurar la religión protestante” (112). Hasta el Instituto Lingüístico de Verano, que desde 1934 traduce la Biblia a distintos idiomas indígenas, incluso al garífuna, participa en la conspiración.
Según los guerrilleros, el proyecto imperialista “de la CIA... llamando a las cosas por su correcto nombre, propone estrangular la economía hondureña” (335) para que los hondureños pidan la anexión para el año 2000. Con la anexión, los Estados Unidos podrían suministrarse de los materiales tácticos: molibdeno, cromo, asbesto, petróleo (463) y construir el futuro “canal norteamericano-japonés en los lagos de Nicaragua” (466).
Escrito este mi ensayo en el año 2000 sin que se haya realizado la anexión de Honduras, el proyecto imperialista puede parecer muy exagerado. No obstante, esa exageración podría justificarse si se piensa en los imperios malévolos de las películas de James Bond. También hay que tener en cuenta que Julio Escoto escribió la novela desde la perspectiva de l989: los presidentes Reagan y Bush lanzaron una guerra despiadada contra el gobierno sandinista de Nicaragua; los Estados Unidos se sentían amenazados comercialmente por el Japón y los otros países recién industrializados de Asia; y otra amenaza provenía de “la extinción del petróleo y el progresivo expansionismo islámico” (461).
A la vez, desde la perspectiva de Escoto en 1989, “la sociedad norteamericana está cansada o ablandada por el confort y por la expansión geométrica de consumo de algún tipo de droga” (460). Hoy día, febrero de 2000, la situación económica de los Estados Unidos, después de los dos periodos del presidente Clinton, parece haber mejorado mucho y parece haber crecido también su hegemonía internacional. Claro, para los hondureños y los latinoamericanos en general, esto no reduce la amenaza de la conquista cultural porque en la novela, Miqui insiste con Jones en “la maldad congénita de todos los imperios” (304) y la segunda generación de conquistadores españoles afirman en 1542 que “hay algo en los grandes imperios que los conmina a destruirse a ellos mismos... que el imperio no puede existir sin nuevas conquistas” (436).

La primera novela cibernética
y las películas de James Bond
Aunque sea imposible prever el futuro, el proyecto imperialista no es totalmente estrafalario. Además, sirve para crear en los capítulos ubicados en 1989 una buena novela de aventuras, una novela de espionaje, una película de James Bond moderada, en la cual la computadora desempeña un papel primordial.

La nueva historia patria que está escribiendo el Dr. Jones se redacta en su computadora con un documento titulado “Madrugada”, nombre del “último rey de la ciudad Maya [con mayúscula] de Copán, quien falleció hacia el año 992" (32). Aunque el presidente de la república es quien nombra el documento “Madrugada”, llega a simbolizar  más adelante el movimiento revolucionario. Por casualidad, tecleando en la computadora, Jones da con material clasificado dentro del documento “Madrugada”. Se trata de las frecuencias radiales de NASA y de las bases de la Fuerza Aérea. No tarda en aparecer en el departamento de Jones un yanqui llamado Frank Hollander, y apodado Spider, quien hace derrumbar todo el disco duro de la memoria metiendo un disquete en la ranura, disquete con un virus nuevo. Sin embargo, el técnico de la Embajada llega con una variedad de aparatos (“medidores, oscilógrafos, escanógrafos, voltímetros, sensores, paro de contar” [103-104]) y logra restituir los programas originales del documento “Madrugada”.
En el capítulo veinticuatro, Jones y Miqui descubren en la computadora, también por casualidad, un documento confidencial de la CIA que interpreta en acápites sangrados la historia de Centroamérica entre 1940 y 1988 y la recomendación de anexarla frente a la amenaza de la hegemonía comercial del Japón. Al final del documento, Miqui lee con terror que la CIA ha “logrado plantar un agente en las células de subversión” (474).
En ese momento comienza la carrera para prevenir al jefe de seguridad de los guerrilleros y se intensifica la presencia bondiana. Irónicamente, hacia el principio de la novela, Jones recuerda que su esposa Jennifer le había criticado su falta de espontaneidad y su excesiva fe en el pensamiento y la razón: “‘Tú no, Jones, tú nunca harías un buen James Bond; en cambio al conocerte se harían pis de envidia juntos Franklin, Webster y Einstein’” (56).
Aunque Jones dista mucho de ser “un buen James Bond”, se encuentra involucrado en varias situaciones bondianas. Recibe llamadas telefónicas misteriosas, tanto de los guerrilleros ofreciéndole la posibilidad de “adquirir unos documentos exclusivos sobre la historia del país” (53,87) como del comandante Franklin de la Contra amenazándolo de muerte con la frase en clave “dar café”, que habían usado los franquistas durante la Guerra Civil Española para asesinar a García Lorca (240). El proceso de reunirse con los comandantes guerrilleros se inicia con citas misteriosas en el aeropuerto, en dos restaurantes de Tegucigalpa, en una entrevista con el licenciado José Antonio Casco, ex-Ministro de Trabajo en el gobierno del presidente reformista Ramón Villeda Morales (1957-1963) y en un simulacro de amores con la negra Sheela, bella y casada. Vigilado por un automóvil de la Embajada, Jones se reúne varias veces con Sheela en su nido de amor, un apartamento del edificio La Alhambra. Ahí Miqui levanta la tina del baño para abrir la entrada al túnel tortuoso, un viejo tiro de mina,  por el cual guiará a Jones en su descenso al infierno arquetípico “para conocer la verdad” (307). Después de muchas vueltas en la semi-oscuridad, desembocan en una sala donde todos los comandantes reciben a Jones con entusiasmo. El capítulo termina con la broma pesada de uno de los comandantes: “‘¡Camarrrada Jones!’ saludó con un terriblemente grueso acento moscovita ‘¡Bienvenido, tovarich prrrofesor, Bienvenido!’”  (310).
La aventura bondiana culminante comienza con la emboscada realizada por la Contra fuera de los apartamentos La Alhambra. El “fuelle ultrasónico del balazo” (478) acaba con el comandante Gato y poco después muere Miqui en medio de una “ráfaga de ametralladora” (478). Un guerrillero desconocido --después se revela que se llama Pregunta-- salva a Jones pero sólo para entregarlo a Spider, probablemente agente de la CIA. Spider está a punto de matar a Jones y hasta logra dispararle pero en ese momento aparecen dos agentes israelíes que matan a Spider y a Pregunta y salvan a Jones. El capítulo termina con la despedida en hebreo: “Shalom” (484).
Los israelíes están involucrados en la novela gracias a Erika, asistente de Jones. La mamá de Erika era una lavandera pobre que sufría frecuentes atracos y violaciones en el río Choluteca  antes de conseguir trabajo de lavandera en la casa del matrimonio Goldstein. Los Goldstein protegían a Erika y la animaban a que se dedicara a los estudios. Después la mandan a la Universidad de la Florida y ella se convierte al judaísmo. Mientras trabaja con Jones, entrega una copia del documento “Madrugada” a su rabino, quien seguramente se lo entrega al Mossad, agencia secreta de Israel.
Teniendo en cuenta la complicidad de los grupos protestantes evangélicos en el proyecto imperialista y teniendo en cuenta la actitud anti-contras (y por lo tanto pro-sandinista[4]) que luce la novela, sorprende la imagen positiva de los judíos y de Israel en una novela que pregona una nueva época revolucionaria para la nueva raza cósmica.
Aunque el Dr. Jones no es tan mujeriego como James Bond ni mucho menos, acaba por dejarse seducir por Erika cuando ella le da un masaje para que se reponga de una pesadilla angustiosa. El masaje conduce a la copulación que el autor describe con la misma “maestría increíble” (490) que atribuye Erika a Jones. El la penetra “como se desplazaría armónicamente una nave espacial” (490).

El mural nacional[5]
Aunque aparecen los ingredientes geográficos, históricos y étnicos de Honduras (y de Centroamérica) en el presente novelístico de 1989, se complementan con una gran variedad de recursos artísticos en los capítulos históricos, sin que se note la presencia de elementos bondianos.
Antes de comentar los ingredientes específicos de la novela nacional, hay que teorizar/especular sobre su aparición tardía en Honduras. Aunque la búsqueda de la identidad nacional comenzó a manifestarse en la década de los veinte, sobre todo en el México posrevolucionario (La raza cósmica y los muralistas), llegó a su auge en las décadas de los treinta y los cuarenta. Sin embargo, en ciertos países como Cuba, El Salvador, Panamá y Honduras, la preocupación por la identidad nacional no se expresó de un modo muralístico hasta que un gran suceso histórico llegó a despertar el patriotismo del pueblo: la Revolución cubana de 1959; la guerra civil en El Salvador; la invasión de Panamá en 1989 por los Estados Unidos; y la entrega del Canal a fines de 1999; la instalación de los Contras en Honduras en el otoño de 1981 junto con 1260 soldados yanquis en la base de Palmerola (223).
Antes, Honduras se consideraba “la ideal república bananera” (84), “el llamado país más atrasado de Centroamérica” (83). El mismo licenciado Casco, partidario de los guerrilleros que denuncia la intervención de los Estados Unidos, reconoce la evolución más lenta de Honduras respecto a los otros países latinoamericanos: “avanzamos en una evolución más o menos lenta que la de otros pueblos pero caminamos... cuando se supone que vamos paso a paso formando nuestra nacionalidad, nuesta identidad moderna como nación, intervienen y nos la trastocan, nos la reorientan, nos la modifican” (99). Casco reconoce “lo que parece ser nuestra pasividad” (101).  Hasta Erika, cuyos apellidos, Chac Alvarado, simbolizan el mestizaje, encuentra a los hondureños “con muy limitados deseos de trabajar” (47)  al regresar a Honduras después de cinco años en la Florida. Para promover la conciencia nacional de los hondureños, Julio Escoto no sólo proyecta en Madrugada la totalidad geográfica, étnica e histórica de la nación, con sus lazos centroamericanos, sino que también la proyecta de modo muy positivo.
A pesar de que la unidad nacional de Honduras tiene que superar el obstáculo de la rivalidad geográfica entre Tegucigalpa, centro político, y San Pedro Sula, centro comercial,[6] en la novela se da la importancia primordial a Tegucigalpa. Todos los capítulos de 1989, protagonizados por Jones, transcurren en Tegucigalpa y abundan las descripciones, sobre todo matutinas pero también vespertinas, de las vistas de las colinas, las cuestas empinadas y los cerros.
La larga caminata con el misquito revolucionario Sambulá lo mismo que el viaje en taxi al aeropuerto le proporcionan a Jones la ocasión de conocer distintas partes de la ciudad. Sambulá le dice que “hasta hace veinte años [1969] Tegucigalpa era considerada una de las ciudades más bellas del continente” (136). Jones queda tan impresionado con el paisaje al amanecer que compara a Tegucigalpa con Río de Janeiro y con varias capitales europeas: “el esplendor de la naturaleza, la vigorosidad y la luminosidad de este cielo brillante y azul sólo lo tenían en Tegucigalpa y en Río de Janeiro...” (23). Después de repasar sus propias impresiones de los cielos de Florencia, Colonia, Londres, París y Bonn, los llama “simples bocetos de esta obra magistral. Aquí Dios estrenaba paisaje cada día, paletazos de colores cada día, recomenzaba alegre el gozo de la creación cada día” (23). En cambio, no trata de ocultar las “favelas de cartón, de adobe y de ladrillo... techos oxidados de lámina sostenida con piedras” (500) en contraste con “las extraordinarias mansiones que se afincaban al Picacho, al Hatillo... ornamentadas con los más caprichosos gustos de la arquitectura” (500). Tegucigalpa también se destaca en ciertos capítulos históricos: el golpe militar de 1963 contra el presidente Ramón Villeda Morales, el sitio de Tegucigalpa durante la revolución de 1924 y el trabajo de los esclavos negros en las minas de Tegucigalpa en 1621.
Aunque la costa norte no figura tanto en el presente de la novela, sí se comentan las fincas bananeras, y al final cuando Jones aterriza en San Pedro Sula, la llama “la urbe que más se desarrollaba entre México y Bogotá” (505).  En cuanto a los capítulos históricos, la costa norte predomina sobre Tegucigalpa por la llegada de los españoles en 1495[7] y su lucha contra los indios dirigidos por Lemquiaco; la llegada de los esclavos africanos en 1621, el desembarco de los corsarios ingleses en 1633,  y el secuestro de la criolla Aurelina por los misquitos en 1785-1786 y su traslado de Granagua [Granada, Nicaragua] a Gracias a Dios en la frontera actual con Nicaragua.

La visión geográfica de Honduras se ensancha en el Diario de la guerra de 1924 en que se pelea por todo el país: San Marcos de Colón cerca de la frontera sur con Nicaragua; Comayagua en el centro; San Pedro Sula, Puerto Cortés y La Ceiba en el norte; Juticalpa, Olancho hacia el noreste; Choluteca y Amapala en el extremo sur. Las fuerzas antagónicas llegan por fin a un acuerdo en Amapala gracias a la intervención de Estados Unidos en la persona de Sumner Welles. Copán, en el occidente cerca de la frontera con Guatemala, tiene una gran importancia como centro religioso donde reinaban Madrugada y los dioses mayas, consultados durante la lucha contra los primeros invasores españoles. Por el lado oriental del país se destaca el departamento de Olancho donde en el primer capítulo histórico el padre McKenzie es asesinado en la catedral de Juticalpa por orden del viejo hacendado porque había organizado sindicatos y cooperativas agrícolas.
En el ciclo novelístico de Rómulo Gallegos y en ciertas novelas nacionales como Cholos de Jorge Icaza, El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría y Entre la piedra y la cruz de Monteforte Toledo, la meta de captar la totalidad étnica de la nación consta del enfoque en los distintos grupos raciales. En cambio, en Madrugada, igual que en La raza cósmica de Vasconcelos, se hace más hincapié en el mestizaje y en su superioridad sobre el anglosajón. Tanto la negra Sheela en 1989 como el misquito David Robinson en 1785-1786 afirman que la razón no basta. En un lenguaje muy poético, Sheela le explica a Jones lo que llaman: “el camaleonismo del mestizo... la nuestra es una personalidad en rotación permanente como un espiral de fuego que se va agotando y se va consumiendo pero que a la vez alumbra y se transforma... El problema con los sajones es que lo intelectualizan todo, lo racionalizan todo... la diferencia entre gozar el universo y analizarlo” (228-229). En el capítulo histórico, Don Robinson sostiene un debate paralelo con Aurelina, la joven criolla secuestrada. Católico toda la vida hasta 1782, los ingleses lo convencieron de que se bautizara como cristiano moravo. Para desprestigiar la razón, le explica a Aurelina que “el padre Lutero afirma que la razón es como un borracho montado a caballo... que cuando se le recompone por un lado se derrumba por el otro” (289). Es mucho más importante sentir “la energía del universo” (291). Descendiente del mestizaje de indios y negros, Don Robinson afirma: “somos el fruto de la tierra, los hijos de la tierra americana” (287). Para resolver las diferencias entre los españoles y los misquitos, Robinson propone que Aurelina se case con él: “Serían los esponsales de dos grandes mundos... Seríamos los progenitores de la moderna estirpe americana” (294). Robinson hasta estaría dispuesto a volver a la fe católica. En los últimos renglones del capítulo, Aurelina parece inclinada a aceptar la propuesta: “Don Robinson... tomó despaciosa, delicadamente, la mano sin resistencia de ella por primera vez” (296).
La misma creación de la raza mestiza se discute en un palenque de negros e indios cimarrones en el capítulo histórico de 1621. El viejo sabio Juan Decidor le dice al protagonista negro Mateu Casanga: “Ya no somos lo que fuimos, Casanga, y aún no somos lo que seremos... vamos a parir una nueva raza... Tenemos que esperar que los que hoy nos dominan mezclen su sangre con la nuestra, haciéndonos más fuertes” (390). Por su espíritu rebelde en el Real de Minas de Tegucigalpa, a Mateu Casanga le sacan el ojo izquierdo con una daga ardida (364) y después le cortan una mano y un pie (365), lo que no impide que se escape para llegar hasta el palenque. Aunque los españoles acaban con el palenque y Juan Decidor es matado por “un guardia pardo... y un piquero sambo” (394), sobrevive Mateu convencido más que nunca que el hombre se define por la lucha sin fin[8]: “eché otra vez a rodar los caminos de la esperanza y la fe, que son los únicos que hace el hombre y no se borran” (395), últimas palabras del capítulo.
La lucha sin fin se funde con el concepto del mestizaje en la mescolanza de nombres y apellidos de líderes revolucionarios y personajes del capítulo: “¿O nos tocaba quedar entre los muertos todavía calientes de Agustín Sandinos, Pedro Chajal, Ernesto Guevara, Necum Necum Tecalan, Leví Cienfuegos, Abulaé Martí, Juana India, Espósito Laviana y Farabundo Lima” (395).
Al final de la trayectoria novelesca del Dr. Jones en el vuelo hacia San Pedro Sula, él se imagina copulando con la azafata blanca para contribuir al mestizaje universal: “América era el crisol de las generaciones, la fragua universal de la mezcla de los elementos más disímiles de la humanidad, el hervidero del tiempo, la confluencia geométrica de todos los espacios y las ideas y los sentimientos, el magma, la sima, el cono del volcán” (506). Antes, con la revelación en la computadora de que Estados Unidos “está siendo inevitablemente rebasado por el poderío asiático y a más tardar en 2016 será el mayor deudor del financiamiento nipón” (460), Jones pronostica el futuro racial de los Estados Unidos: “Ya no seremos latinos, nos volveremos americanos negriblancos amarillos” (460).
En cuanto al panorama histórico, Madrugada da más importancia a los temas del mestizaje y de la lucha por la libertad que al panteón de los héroes nacionales. Los nueve capítulos históricos, todos fechados, ofrecen una variedad fascinante de extensión, de temas y de técnicas. Los cuatro capítulos más largos (entre 39 y 51 páginas cada uno) son en realidad novelas cortas individuales que versan sobre distintos episodios de la conquista y la colonización de Honduras.
El título del último capítulo de la novela, “La memoria de nosotros (1495)” y su primera oración, que anuncia la narración en primera persona plural, subrayan la solidaridad de los indígenas en su lucha contra los invasores españoles. Además, el uso inicial de la palabra “hoy” elimina la distancia cronológica entre el lector actual y los sucesos históricos: “Hoy nos ha invadido la ferocidad de los hombres de fuego que vinieron del mar en sus casas flotantes de plata y de algodón hinchadas por un viento que las empujaba hacia las arenas y a las orillas de los templos, en donde nosotros ya habíamos descubierto el humo nuevo que los anunciaba” (508).
Esta descripción, que contiene ciertos elementos más específicos asociados normalmente con la conquista de México, da a este capítulo una trascendencia más allá de las fronteras de Honduras.
Después de reponerse del asombro ante las carabelas y los caballos, los indígenas pierden unas batallas porque las flechas no pueden competir con las balas. Lemquiaco, hijo del cacique, cuyo nombre se parece al del cacique hondureño Lempira, igual que Moctezuma, da la bienvenida a los españoles que cuentan con la ayuda de un intérprete tlaxcalteca. Otro factor “mexicano” que contribuye a la derrota de los indios son las profecías pesimistas desde Copán. Al no poder resistir la fuerza de los españoles, los indios creen que sus dioses los han abandonado.
Los dos españoles que mandan son Fuentes el viejo y Fuentes el joven cuyos familiares ya se dieron a conocer en el capítulo veintitrés, ubicado en el año 1542. Tanto Lemquiaco como Fuentes el joven se identifican con epítetos épicos: “Lemquiaco que era joven, Lemquiaco que era sabio” (519, 524, 527, 534, 536); “Fuentes el joven, que era encelado y marrullero” (522, 538) --lo que evoca las epopeyas medievales. En una alusión aún más específica al Poema de Mío Cid, aparece otro jefe indio Tecum Nicacatl “de los sus ojos llorando” (533) por la derrota de los indios. Con su nombre, que recuerda tanto a Tecún Umán de Guatemala como a Nicarao de Nicaragua, Tecum Nicacatl enseña a los indios a pelear con táctica guerrillera. Sin embargo, gracias a los mastines feroces, triunfan los españoles. Reconociendo la sed de oro que obsesiona a los españoles, Lemquiaco les muestra el camino a Taguzgalpa donde encontrarán el oro. No obstante, con reminiscencias de Cuauhtémoc lo mismo que de Tupac Amaru en el siglo dieciocho, Lemquiaco es cruelmente torturado antes de ser descuartizado, y los pedazos de su cadáver son quemados en una olla. Los españoles pueden haber triunfado pero en la última página de la novela, el narrador (“nosotros”) del capítulo está seguro de que las cenizas de Lemquiaco moran “con los dioses que algún día volverán” (545), rematando el espíritu optimista, revolucionario de toda la novela.
Avanzando cronológicamente a la vez que retrocediendo en la novela, el título del capítulo
veintitrés, “Como en los tiempos de guerra (1542)”, refleja la violencia de la época. Narrado en tercera persona omnisciente, el capítulo presenta en forma dramática no sólo el conflicto entre el hacendado, “la figura ciclópea de [Antonio] Guzmán” (428), y sus peones indígenas sino también sus conflictos con los otros dos hacendados en la zona importante de San Jorge de Olancho[9] y los conflictos de los tres con el rey Carlos Quinto por la promulgación de la nueva Cédula Real.
Igual que tantos otros capítulos y pasajes importantes, el amanecer se identifica con la revolución: “Ese día amaneció un sol de domingo”(408) y los indios de Guzmán “estaban revueltos” (408) porque no querían seguir trabajando los domingos y no estaban conformes “con las leyes que les proveía su Majestad” (408). Todo el capítulo está lleno de suspenso por los presentimientos de los mismos amos. Dice el Juez Repartidor: “‘Los siervos están inquietos y huraños, algo inminente que sólo ellos saben va a ocurrir’” (426). Dominados y maltratados por el mayordomo Fernando, los indios también anuncian “el advenimiento de una pronta liberación” (426) que tiene que ver con su calendario: “el 12 Ahau 18 Zip estaba a punto de concluir y que habrían de suceder cosas maravillosas, según lo anunciaban sus propias y ocultas escrituras” (426). El indio Rodrigo Sochit mata al mayordomo Fernando de una pedrada y logra escaparse a caballo. Por mucho que lo persiga el ciclópeo Guzmán, no lo encuentra y se insinúa que puede haberse transformado en lechuza, su náhuatl. A la vez, cuando el otro mayordomo dispara a un jaguar, resulta muerto “el cacique noble Olaita, el alcalde indio” (453).
Guzmán se había preguntado antes: “por qué en esta tierra se había sembrado tan fértil la semilla de la violencia” (449). En una ampliación geográfica, evoca la muerte violenta de Pedro de Alvarado en México, de Vasco Núñez de Balboa en Panamá, de Fernández de Córdoba en Nicaragua y otras más. Guzmán también reconoce que está viviendo en una “tierra de presagios y vaticinios, población de adivinos magos y brujerías de indios” (451).


Además del conflicto entre Guzmán y sus peones indígenas, otro conflicto igualmente importante se entabla entre Guzmán, el hacendado advenedizo adinerado, y el viejo Fuentes de “rancio abolengo” (432). Hacia el principio del capítulo llega huyendo desesperadamente el hijo mayor de Guzmán perseguido por los Fuentes y los Alguaciles quien lo han herido. Éstos lo acusan de asalto y seducción de la hija menor de Fuentes, “la fogosita” (433). En su deseo de blanquear la leyenda negra, el autor permite que los dos hacendados resuelvan el problema con el matrimonio de los dos jóvenes. Como dice el viejo Fuentes, “‘Hay dos clases de gente en este país... los que arreglan sus problemas en el monte y los que los resolvemos civilizadamente como a ...hidalgos nos corresponde’” (432). En un acto algo paralelo, el hacendado Guzmán viola a la joven sirvienta indígena pero ella no parece sufrir tanto de la pérdida de la virginidad; más bien es “el día más temido y más deseado” (424). Hasta parece gozar y está dispuesta a entregarse voluntariamente: “Pero cuando quiso continuar los juegos, decidida a prodigar voluntariamente lo que a fuerza se le había quitado, Guzmán la apartó con un brusco movimiento” (424). Guzmán condena su propia conducta animalística, e implícitamente la de su hijo: “‘¡Maldición!’, maldijo ‘tenemos el cerebro puesto en la punta de la verga los amos’” (424). Al final del capítulo, tanto la fogosa hija menor de Fuentes como la moza india ya “llevaban prendido el germen de otra existencia” (453) sin darse cuenta. El episodio del hijo herido se enriquece con la descripción detallada de cómo el cirujano tardamudo le saca los perdigones de la pierna.
El tercer conflicto del capítulo tiene que ver con la fecha del título: 1542, fecha de la aprobación de las Leyes Nuevas que reconocen la legalidad de las tierras comunales de los indígenas prohibiendo que los hacendados se las quiten y que definen los términos de los repartimientos y la evangelización de los indígenas. El viejo Fuentes lamenta las nuevas leyes y denuncia al Fraile Bartolomé de las Casas: “‘Hemos llegado tarde... Hace medio siglo podíamos tomar lo que deseáramos y reducir a vasallaje total a los naturales que quisiéramos, pero ya todo ha cambiado, todo varió... en gran parte por la imaginación desbocada de ese frayle no letrado, no santo, envidioso, vanglorioso y apasionado, inquieto y no falto de codicia que nos combate...’” (436). Sin embargo, Fuentes no se atreve a proponerle a Guzmán un acto de rebeldía: “guardó un largo silencio seguro de haberse detenido en el instante exacto para conocer la fidelidad de Guzmán al rey y no poner en duda la suya” (437).
En cambio, en el capítulo clave (el veinte) del encuentro secreto de Jones con los comandantes, el Dr. Núñez Perdomo[10], Secretario del Comité por la Paz, da una interpretación muy positiva de las Leyes Nuevas de 1542, de acuerdo con uno de los propósitos de la novela, el de combatir la Leyenda Negra: “España... promulgó en 1542 un nuevo estatuto, que liberaba al indio de la explotación inhumana y le regulaba, todavía insuficientemente, sus derechos... Y esas Leyes Nuevas, aún con su imperfección... significaron el primer brote realmente humanista en la historia de América... Acabó la guerra y se trabajó en codificar y sistematizar la paz” (341).
Volviendo al año en que se promulgaron las Leyes Nuevas, Fuentes lo mismo que Guzmán prefieren no seguir comentándolas. La llamada codicia de Fray Bartolomé de las Casas les sirve de transición a la historia de Fray Blas del Castillo con quien Fuentes había tratado de “hacer un negocio de minerales en el volcán de Masaya” (438). Fuentes lee en voz alta para Guzmán “un fajo de papeles... folios de papel ácido y rectangular” (438) que narran la historia increíble de cómo Fray Blas bajó al volcán en busca del oro, sin encontrarlo. Esta historia intercalada (438-455) contribuye al suspenso y a la fascinación de todo el capítulo sin distraer la atención del lector de la situación en la hacienda. El relato se interrumpe por la acusación de Guzmán a su mensajero José Mestizo de haber embrujado a su hijo menor. Guzmán lo golpea y le manda castigar con “veinte azotes secos” (442) pese a “las leyes reales que prohibían hacerlo” (442), reclamo hecho por la mujer de Guzmán.
Tal vez la prueba más contundente de que los tiempos estaban cambiando fue “la promulgación de una Cédula Real que permitiría llevar africanos a la América para el trabajo de las posesiones” (443) sin ninguna obligación de parte de los dueños de las haciendas y de las minas. Ochenta años después, la presencia de los esclavos negros es tan fuerte que el capítulo veintiuno, titulado “Mateu Casanga (1621)”, es el más largo (51 páginas) de toda la novela. Mientras los capítulos históricos que lo siguen en la novela se narran respectivamente en tercera persona omnisciente y en primera persona plural, “Mateu Casanga” proyecta una visión de Honduras desde la perspectiva del protagonista negro con la particularidad de un mestizaje lingüístico español-portugués. En realidad, el lenguaje de Mateu es español salpicado de ciertos vocablos en portugués: “bailan alborotados los mulatos y los indianos de servicio... soliviantados en una fiesta en que todo mundo bebeu, todo mundo comeu, sólo yo fiquei sem nada” (345).
Además de lo que ya se ha comentado sobre la importancia de este capítulo para el mestizaje hondureño y latinoamericano, es verdaderamente impresionante la manera dramática en que se capta la totalidad de la experiencia negra. En pocos renglones inolvidables Mateu describe “las factorías africanas de los portugueiros” (349). Después Juan Decidor, el viejo y ciego sabio arquetípico cuenta sus propias experiencias en África señalando las peleas entre las distintas tribus y hasta entre “dos sociedades secretas para alcanzar la libertad y fundar palenques de libertos en la sierra” (388). Sus diferencias parecen aludir a las diferencias internas entre los distintos grupos de sandinistas y de guerrilleros guatemaltecos y salvadoreños en la segunda mitad del siglo veinte: “Pero unos querían de momento la rebelión y otros pedíamos más tiempo, más gobierno de las gentes, más unión entre las naciones antes de empezar a degollar castellanos, porque no hay libertad sin organización, Casanga” (388).
Después de la presentación de la experiencia africana, se dedican más de dos páginas al viaje con todos sus horrores en los barcos negreros, viaje dividido cronológicamente: “de día en día” (350) y de diez noches en diez noches (351).  Una vez en Honduras, los “escravos”, sean “de pueblos mondongos o jolofos o mandingas” (347), sufren el trabajo agotador acompañado de los latigazos, pero tratan de mantener su cultura, sobre todo su religión y su música. Juan Decidor le explica a Casanga “que la esclavitud no es sólo del cuerpo y la materia. Nos amansan primero quitándonos la lengua africana, después nos borran los dioses y nos lavan la memoria de nuestras historias y costumbres para que tomemos las suyas como buenas” (389). En el contexto de toda la novela, esta manera de proceder del imperio español anticipa el proyecto imperialista actual de los Estados Unidos.  No obstante, nada puede apagar los deseos tanto de los negros como de los indios de vivir libres. Tuerto, manco y cojo, Mateu Casanga no abandona su afán de fuga: “Y aunque era otra la color, y suspirábamos por dioses distintos, indios y escravos teníamos mucho en común... Y por confidencias y secreteos nacidos en el trato común... viose en los indianos tan grande afán de fuga y deseos de ser libertos que andábase corriendo la contraseña de cimarronería” (366). Esta historia de Mateu Casanga parece haberse transmitido de generación en generación porque en 1989, Sheela se la cuenta al Dr. Jones:
mis antepasados esclavos añoraban la libertad y según las crónicas coloniales uno de ellos escapó trece veces, ¡trece veces, Quentin!, de la sujeción española... Cada vez le cortaban algo para imposibilitarle huir: los ojos, los brazos, los pies, lo amarraban al cepo y él sólo esperaba, aguardaba pacientemente a que lo soltaran, se arrastraba con los muñones hasta las afueras de la ciudad. Tegucigalpa era entonces sólo un real de minas, y lo volvía a intentar (227).
Al acercarse al palenque, Mateu Casanga, ayudado por su amante Juana de Angola y acompañado de Juana India y otros prófugos, oyen el saludo de “¡Salam!” que se convierte en una especie de coro acompañado de “un teponaztle indio de cuero de venado puesto sobre un tronco de bambuco” (375). El “¡Salam!” anticipa el “Shalom”del capítulo veinticuatro con los dos agentes israelíes y los dos saludos pacíficos recalcan el mensaje de paz lanzado en el primer capítulo por el Dr. Rodolfo Núñez Perdomo.
La convivencia de negros e indios en el palenque contribuye a la formación de La Mosquitia, tierra de los misquitos que se extendía desde Belice hasta Panamá, tema del cuarto de los capítulos históricos más extensos, el capítulo diecisiete, titulado “Aurelina (1785-1786)”. Tanto como el capítulo “Mateu Casanga (1621)” presenta el origen del mestizaje entre negros e indios, “Aurelina (1785-1786)” le agrega la fusión de ingleses y españoles representada por Don Robinson, bilingüe y bicultural. Nacido y criado católico con el nombre de Carlos Yarrinche Tercero, los ingleses le cambiaron el nombre. Sin embargo, Don Robinson le explica a Aurelina que los ingleses trataron mucho mejor a los misquitos que los conquistadores españoles con sus misioneros: “Viéndonos tal cómo éramos [los ingleses] nos propusieron negocio y amistad, comercio y armas conque nos defender y salvar de los otros blancos que nos amarraban y llevaban y vendían como cosas en sus plazas y mercados” (267). La fuerza de los misquitos se demuestra en la toma de Granagua con el saqueo de la catedral y el sitio de Managua y León con la ayuda de los ingleses: “¡naves inglesas, urcas inglesas, tropas inglesas, bucaneros ingleses, un Gobernador inglés!” (257). La fuerza de los misquitos también se deriva de su identificación con sus antepasados lo mismo que con la tierra: “‘No somos españoles ni somos ingleses... somos... los pueblos originales, la sangre que fecundó este continente y lo pobló durante milenios, la savia de esta enorme naturaleza. Sólo somos el fruto de la tierra, los hijos de la tierra americana’” (287).
El tema del mestizaje también se refuerza por la insinuación del mestizaje entre cristianos y moros, o sea que la caída de Granagua a los misquitos recuerda la de Granada a los españoles en 1492: “Arriba de Granagua sobrevolaba un sordo y quebrantado rumor de gritos de batalla, relinchos, ronquidos y órdenes de mando en extrañas lenguas cortas que se encajonaban en los callejones y rebotaban encima de los patios, en las alcobas, las palmeras y los blancos arcos del cementerio... ‘¡Granagua estaba vencida!’... ‘Granagua se había perdido’” (255). El acercamiento entre Don Robinson y Aurelina y su futuro matrimonio se capta estructuralmente por la narración en tercera persona omnisciente que primero se focaliza por Aurelina (“Cuando Aurelina abrió los ojos...” [252]) y luego por Don Robinson (“Don Robinson estaba instalado en el portal de una cabaña de madera”[274]), quien termina por imponerse.
Para 1785-1786 los misquitos ya han incorporado algo de la cultura inglesa en su mestizaje indio-negro-español. En el próximo capítulo histórico, el diecinueve, titulado “Reunión en Omoa (1633)”, se dan los antecedentes de la presencia inglesa en la costa norte de Honduras. Por no querer tolerar el monopolio comercial de España en América, los ingleses encargan a los corsarios penetrar en las colonias como puedan. Igual que los otros capítulos, el diecinueve, pese a su relativa brevedad de diecisiete páginas, está lleno de suspenso con varios refuerzos estructurales. Para subvertir la imagen positiva de los anglosajones pregonada por algunos hondureños de 1989, el co-protagonista de este capítulo es Eugene, viejo inglés, contrabandista, homosexual y borracho. Resulta degollado al final del capítulo por el otro co-protagonista, el Capitán corsario holandés Blauvelt porque sospecha que Eugene vaya a delatarlo a los españoles. Blauvelt desembarca acompañado de un muchacho llamado Morgan, cuyo apellido es el mismo del famoso pirata inglés aunque la posible identificación del muchacho con el pirata queda desmentida por la fecha de nacimiento de éste: 1635.  El muchacho Morgan salpica su habla de refranes que llegan a molestar a Blauvelt, evocando la reacción de don Quijote a los refranes de Sancho Panza. También evocan los refranes de otro personaje de Madrugada, la mamá de Erika.
Pese a las sospechas de Blauvelt, antes de morir Eugene le da buenos consejos para los ingleses:
1. Que no deberían tratar de conquistar a Honduras y a Centroamérica, a causa de la fuerza no sólo de los españoles sino también de los guerreros indígenas: los Xicaques y los Lencas de Honduras y los Quiché de Guatemala.
2. Que deberían tratar mejor a los indígenas aprovechándose del odio que éstos sienten por los españoles: “‘Recojan todo el odio que hay aquí... amásenlo, santifíquenlo, moldéenlo, panifíquenlo’” (322).
3. Que deberían concentrarse en la costa del Caribe: “‘Los dados no hay que tirarlos en el interior sino en la costa, de aquí para abajo hasta Portobello, que es donde hay menos riesgo. ¡Quien conquista la costa Caribe será el dueño del mundo’” (319).
4. Que deberían fijarse en los grandes lagos de Nicaragua que serán “‘el puente de aguas, la unión de los dos mares... la fuente del comercio mundial’” (322).
Aunque Blauvelt degüella al viejo Eugene, el hecho de que el capítulo termine con el amanecer --“Afuera los primeros tintes rosados empezaban a triturar sobre el océano las sombras finales del amanecer” (327)-- indica que los ingleses seguirán esos consejos garantizando su hegemonía en el Caribe... hasta por lo menos mediados del siglo diecinueve.
Ya formado el mestizaje hondureño y centroamericano en la época colonial, los otros cuatro capítulos históricos tienen otra orientación. Tres de ellos están dedicados a acontecimientos importantes del siglo veinte y sólo uno, el más breve de todos --¡tres páginas!-- ocurre en el siglo diecinueve, la declaración de independencia. Aunque ese capítulo aparenta ser dialógico, el título “Los mismos (Septiembre 21, 1821)” refuerza la visión negativa de la independencia. Por el lado positivo, el narrador exalta el nacimiento de la nueva nación centroamericana: “La América estaba comenzando a transformarse en el continente de la justicia, los albores maravillosos de una nueva nación libre y ordenada se encendían sobre el nuevo día de la libertad” (235). Sin embargo, esta gloriosa oración se vuelve irónica si se tienen en cuenta las oraciones anteriores y posteriores. El capítulo está enfocado por don Manuel de Casconia, rico propietario y su esposa doña Rosa: “Don Manuel se reclinó al pie del doble lecho de lino relleno con crines de caballo y dispuesto con almohadones de pluma de gallina...” (235). El título del capítulo se explica en las dos oraciones posteriores: “Todo había cambiado y por el prodigio de la bienaventuranza también todo permanecía igual. Gobernaban los mismos, sus mismos” (235).
O sea que la independencia fue declarada en Guatemala por criollos y peninsulares “pa prevenir las consecuencias q. serían terribles en el caso de q. la proclamase de hecho el mismo pueblo” (234). Casi exactamente las mismas palabras aparecen en Historias prohibidas del pulgarcito (1974) del poeta guerrillero salvadoreño Roque Dalton[11]. Aunque se mencionan en el capítulo algunos de los próceres guatemaltecos como Pedro Molina, Gabino de Gaínza y otros de “los descendientes de las más ilustres y poderosas familias de Guatemala” (234), brillan por su ausencia los próceres hondureños José Cecilio Del Valle (1776-1834), quien escribió la Declaración de Independencia, y Francisco Morazán (1799-1842) de la siguiente generación, quien hizo todo lo posible por mantener unidas las provincias centroamericanas. No aparecen en este capítulo porque habrían complicado la denuncia de las familias hegemónicas. En cambio, en el presente de 1989, el ex-maestro misquito Sambulá, en su conversación con el Dr. Jones, llama a Morazán “nuestro más grande caudillo, un maravilloso hombre de honor” (130).
En la serie de capítulos históricos se da un gran salto de 1821 a 1924, tal vez por el gran número de revoluciones injustificadas, “sangrientas y malévolas” (130) según Sambulá --“entre 1824 y 1950 llegamos a tener unas ciento cincuenta revoluciones, casi como Bolivia” (130). Otra posible explicación sería evitar el relato de los conflictos del siglo diecinueve entre las cinco repúblicas centroamericanas para no perjudicar la imagen novelística de la unidad centroamericana.
Los tres capítulos históricos ubicados en el siglo veinte varían entre sí. El trece, titulado “Diario de la guerra (1924)”, presenta en forma de diario las maniobras militares y diplomáticas desde el 30 de enero hasta el 30 de abril de 1924. Las tropas revolucionarias luchan para que se respeten las elecciones democráticas de 1923, elecciones ganadas por el futuro dictador tiránico, el Doctor y general Tiburcio Carías Andino. Éste, según Sambulá en su conversación peripatética con el Dr. Jones, era “un gigantón indiano de doscientas libras con un gran mostacho... una versión aumentada de Pancho Villa que poseía una sagacidad política increíble para gobernar. Carías era la esperanza”(131). Sin embargo, una vez en el poder, que mantuvo de 1932 a 1948, “coqueteó con las compañías bananeras... hasta convertírseles en algo menos que su sirviente... Carías puso orden, puso paz, es cierto pero a cambio de una represión desconocida en el país” (131). La guerra civil de 1924 era muy sangrienta, duró tres meses y costó unos veinte millones de dólasres. Aunque el énfasis está en las operaciones militares por todo el país, incluso el sitio de Tegucigalpa, se insinúa la culpa de los Estados Unidos y se denuncia el desembarque de los marinos.
Si Carías defraudó las esperanzas del pueblo hondureño, el Dr. Ramón Villeda Morales, presidente entre 1957 y 1963 y protagonista del capítulo once, “Un silencio blanco (1963)”, se presenta como un verdadero reformador honrado. La primera mitad del capítulo se focaliza en setiembre de 1963 entre el teniente Pejuán, que está enterado del próximo golpe militar, y el presidente Villeda Morales, llamado Diego Manuel Velasco, aunque la verja de la casa familiar lleva las iniciales V.M. (142).[12] El presidente recuerda sus días estudiantiles y su servicio social en los pueblos de la frontera con El Salvador acompañado de su esposa Jimena y luego su actuación política contra la dictadura de Carías en 1948, su encarcelación y su exilio en Costa Rica. La segunda mitad del capítulo de 1963, páginas 156-174, se concentra en la discusión animada sobre la reforma agraria en el consejo de ministros. Mientras el presidente y varios de sus ministros abogan por la reforma agraria, el joven Coronel anónimo sentencia que “‘Las bananeras son intocables’” (165). Como el mismo Coronel, “joven y codicioso” (146) había dicho al Comandante de la Fuerza Aérea: “‘¿qué decís si le damos vuelta al Hombre’” (146), se da a entender que el golpe de 1963 contaba con el apoyo de la bananera y por lo tanto de los Estados Unidos.
En contraste con los otros capítulos históricos de la novela, el nueve, titulado “Amanecer en Olancho (1974)”, que versa sobre el asesinato del Padre McKenzie,  es el único que luce suspenso propio de un cuento.
En cuanto a un juicio estético sobre toda la novela, coincido completamente con los aciertos señalados por el centroamericanista Ramón Luis Acevedo: las escenas impactantes, como la inicial; la creación de personajes muy convincentes en su humanidad, el desarrollo efectivo de una complicada intriga; la armónica fusión de realidad y ficción; el impecable manejo de un riquísimo registro lingüístico; la cuidadosa o original estructuración, la vasta y bien empleada erudición histórica y la interpretación profunda y reveladora del pasado y del presente de uno de nuestros países más marginados y menos conocidos. (15)
En cuanto a la interpretación del presente (de 1989), creo importante subrayar el reflejo de la situación ideológica de ese momento. Pese al tono antimperialista de la novela, los comandantes guerrilleros están dispuestos a abandonar la guerra y buscar vías democráticas (344), igual que los guerrilleros salvadoreños de ese año. Sheela le explica al Dr. Jones que “la izquierda hondureña está escindida, fragmentada” (220), como lo eran la izquierda salvadoreña y la guatemalteca de ese año. La misma Sheela comenta las consecuencias de la desintegración de la Unión Soviética para los revolucionarios hondureños, igual que para el gobierno sandinista de Nicaragua:
“no creemos ya más ser comunistas, no sé si me entiende, los cambios que están pasando en el Este, las transformaciones de la perestroika de Gorbachev nos están moliendio la doctrina a todos y a decir verdad ya ni sabemos qué más esperar. Hemos comenzado por abandonar el lema de la dictadura del proletariado, uno de nuestros principios más queridos y ahora ninguno de nosotros se atreve siquiera a pronunciarlo en público”. (221)
No obstante, los comandantes insisten en que el país necesita una revolución aunque “‘ni siquiera es necesario volverlo socialista’” (340). La nueva revolución se define como “una batalla por la honestidad” (340). Hay que “recuperar nuestro ser nacional y sentirnos orgullosos de considerarnos centroamericanos y hondureños... y gozar el orgullo de ser mestizos” (340). Enfrentándose al siglo veintiuno, los comandantes buscan inspiración en el emperador maya Madrugada: “‘Quisiéramos resucitar la voluntad del soberano Madrugada de Copán... que fue capaz de imaginar un nuevo imperio de paz mientras su sociedad se le estaba cayendo a pedazos y se le venía desmembrando... Pretendía un nuevo amanecer, un nuevo hombre llamémosle para ese entonces hondureño aunque no sea así, quizás en el año 992” (341).
Aunque el huracán Mitch de 1998 haya postergado, tal vez por décadas, el nuevo amanecer[13] hondureño, la novela Rey del albor, Madrugada quedará como motivo de orgullo no sólo como base para la creación de una conciencia nacional e istmeña, sino también como una de las mejores muestras de la novela centroamericana de las últimas décadas. 


* Dr Seymour Menton es el más destacado crítico de literatura de Hispanoamérica y autor de diversas obras analíticas que son texto obligado de universidades. Es Profesor Emérito de la Universidad de California (Berkeley). El presente estudio apareció en su nuevo libro “Caminata por la Narrativa Hispanoamericana”, publicado por Fondo de Cultura Económica –FCE- en México (Octubre 2002).




[1]La crítica hondureña Helen Umaña me dijo a principios de marzo de 2000, en el Octavo Congreso de Literatura Centroamericana celebrado en Antigua, Guatemala, que ella misma había publicado algo sobre Madrugada y que conocía algunos que otros comentarios más que se habían publicado en Honduras. Pude leer el análisis breve pero acertado de Ramón Luis Acevedo, “La nueva novela histórica en Guatemala y Honduras” (Letras de Guatemala, 18-19, 1998, 3-17) que comenta tanto Madrugada como Jaguar en llamas (1989) de Arturo Arias.
[2]Mientras Madrugada tiene 47 renglones por página y cada renglón tiene 78 letras y espacios, la primera edición de Cien años de soledad en la editorial Sudamericana de Buenos Aires tiene 351 páginas, con 42 renglones por página y cada renglón tiene 63 letras y espacios.
[3]La novela más bondiana de la América Latina, que es en realidad una parodia de esas películas, es La cabeza de la hidra (1978) de Carlos Fuentes.
[4]En Adiós muchachos de Sergio Ramírez, en Carlos, el amanecer ya no es una tentación de Tomás Borge y en La lotería de San Jorge,  novela mexicana de Álvaro Uribe, se indican las relaciones estrechas entre los sandinistas y los países árabes.
[5]En la nota histórica al final de la novela, Escoto la llama “casi el mural de un país centroamericano” (547) y agradece la colaboración de su esposa Gypsy Silverthorne Turcios, fallecida en 1990.
[6]Se plantea el mismo problema en el Ecuador entre Quito y Guayaquil.
[7]Según la historia ocificial, Honduras fue descubierto en 1502 por Cristóbal Colón.
[8]Así se llama la finca de José Figueres, escogido últimamente como el costarricense más importante del siglo veinte. El Dr. Jones elogia mucho a Figueres por haber “puesto en funcionamiento las medidas sociales más radicales de su época” (84), por haberse opuesto activamente a los dictadores Somoza, Trujillo y Batista y por haber apoyado el movimiento  sandinista y el del grupo Farabundo Martí en El Salvador. La definición del hombre por su deseo eterno de luchar por un mundo mejor también es el mensaje de El reino de este mundo de Alejo Carpentier.
[9]Tegucigalpa no llegó a ser el centro económico y político de Honduras hasta 1580.
[10]La novela comienza con un discurso antimperialista en defensa de la paz pronunciado en el Teatro Nacional por el ex-rector de la Universidad, el Dr. Rodolfo Perdomo. ¿Será el mismo Núñez Perdomo?
[11]Roque Dalton, Historias prohibidas del pulgarcito, México: Siglo XXI, 1974, 27.
[12]Sambulá también lo llama el Dr. Diego Manuel Velasco (131) pero su esposa lo llama Ramón (149).
[13]Por la presencia de “albor” y “madrugada” en el título de la novela, no sorprende en absoluto la conversión de esas palabras y sus variantes “amanecer”, “alba”, “aura” en un verdadero motivo recurrente. Cito a continuación sólo tres de los muchísimos ejemplos: “el aura resplandeciente del sol de la mañana de Tegucigalpa” (236), “destellaba el día resplandeciente de Tegucigalpa” (36), “los albores maravillosos de una nueva nación libre y ordenada” (235).

(Fotografía de coronela guerrillera: Colección José González)

13 febrero, 2014

Julio Escoto
Julio Escoto (1944). Novelista, cuentista, ensayista, editor y gestor cultural hondureño.
Julio Escoto, originario de San Pedro Sula, capital industrial de Honduras, nació el 28 de febrero de 1944, en un contexto de convulsiones sociales. Mientras realizaba estudios primarios y secundarios escribió sus primeras invenciones literarias. Se graduó en 1964 en la Escuela Superior del Profesorado de Tegucigalpa como Maestro, con especialidad en Letras. Entre 1965 y 1969 laboró como profesor de educación media en instituciones de Tegucigalpa, San Pedro Sula y La Lima. También en escuelas de La Lima, Valle de Sula, antigua sede de operaciones de la United Fruit Co. y su imperio bananero.
Entre 1969 y 1972 Escoto se desempeñó como profesor en la Sección de Letras de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, en Tegucigalpa, impartiendo cátedras de Gramática Sistemática y de literaturas hispanoamericana y hondureña. Con patrocinio de la universidad publicó en 1967 una breve saga, Los guerreros de Hibueras, compuesta por tres cuentos que tienen como trasfondo las guerras civiles ocurridas en Honduras entre 1910 y 1940, en las cuales su padre, Pedro Escoto López, había tenido significativa participación. En 1970 obtuvo una Licenciatura en Educación en la Universidad de la Florida (Gainesville, Estados Unidos). Su primera novela, El Árbol de los pañuelos, apareció en 1972, año de otro golpe de Estado en el país. Paralelamente publicaba los ensayos que componen Casa del Agua; la Antología de la Poesía Amorosa en Honduras (1974) y un estudio sobre uno de los más significativos poetas hondureños, Juan Ramón Molina: Tierras, Mares y Cielos (Antología y Estudio Crítico sobre Juan Ramón Molina),1976.
Desde mediados de esa década Escoto comenzó a ganar distinciones, no sólo por sus obras literarias, sino también por los cargos académicos que asumió. Fungió en San José, Costa Rica, como director del Programa Centroamericano de Asuntos Culturales del Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA), desde julio de 1976 a noviembre de 1977. Durante los tres años siguientes asumió en San José el cargo de Director General de la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA), órgano editorial del CSUCA.
Escoto permaneció en Costa Rica hasta 1986. La Universidad de Costa Rica le concedió en 1984 el grado de Magister Litterarum con distinción cum laude. En 1987 se instaló en San Pedro Sula, donde fundó una exitosa empresa, que se denominó Centro Editorial. De esa manera Escoto capitalizaba experiencias editoriales acumuladas durante su estancia en Costa Rica, puesto que entre 1981 y 1986 había sido editor de la “Serie de Libros y Materiales Educativos” del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), y se había desempeñado como editor ejecutivo de las revistas Turrialba y Desarrollo Rural en las Américas, también del IICA, entre 1982 y 1986. Antes de establecer el Centro Editorial Escoto dirigió, de agosto de 1986 hasta abril de 1987, la Unidad de Comunicación en la División de Comunicación de la Fundación Hondureña de Investigación Agrícola (FHIA) en La Lima.

12 febrero, 2014

Derechos humanos y literatura en Centroamérica.
Visión ética desde el caso Honduras.


Exposición en Trinity College, Hartford, CT, EUA., 2013.
Julio Escoto, MA.


La canoa de Yumbé debió medir 42 pies de eslora

[los primogénitos] eran invocados por los músicos, por los cantantes (…) antaño, también los pintores, los cinceladores, los invocaban. Pero se volvieron animales, fueron hechos monos porque se enorgullecían, porque maltrataban a sus hermanos menores. Así fueron aminorados sus corazones; así fueron perdidos, fueron aniquilados Maestro Mono, Maestro Simio, vueltos animales. Popol Vuh.

I.- ETAPA FORMATIVA

Pensamiento anti-colonialista
La biografía de Centroamérica comienza con un secuestro. En 1502 Cristóbal Colón arriba en su cuarto viaje a esas costas y atrapa, en el verano de Julio, a un putún, que es un comerciante indígena, cuando navegan ambos por el golfo de Honduras. Relata la crónica:

Estando el Adelantado [Cristóbal] en aquella isla [Guanaja], con deseo de saber sus secretos, quiso su buena suerte que llegara una canoa tan larga como una galera, de ocho pies de anchura, toda de un solo tronco (…) la cual venía cargada de mercancías de las partes occidentales, hacia la Nueva España. Tenía en el medio un toldo hecho de hojas de palma, no distinto del que llevan en Venecia las góndolas, el cual defendía lo que estaba debajo de tal modo que ni la lluvia ni el oleaje podían mojar nada de lo que iba dentro. Bajo aquel toldo estaban los niños, las mujeres, y todos los bagajes y mercancías[1].

Hernando Colón explica que los 25 hombres que conducían la canoa se rindieron ante los “bateles que los perseguían” y que “tomada, pues, la canoa por los nuestros sin lucha” dice, fue llevada ante Colón, quien ordenó sacaran de ella lo que hubiera de buen precio, como camisas y mantas de algodón, a cambio de “algunas cosas”, probablemente abalorios y espejos.
Y retuvo consigo a un viejo llamado Yumbé para que le mostrase la geografía de ese exótico mundo, y sus peligros, y sus rutas de agua, tras cuyo interrogatorio y cuando “llegaron a donde [Yumbé] no podía ser entendido” porque hablaban otras lenguas, el Almirante le dio “algunas cosas” y lo envió a su tierra “muy contento”. Hernando no indica dónde o cómo se libera a ese primitivo centroamericano pero es probable que lo haya abandonado en cualquier sitio de la costa.
Tras aquel suceso devino la fiera conquista y ocurrieron las verdades y exageraciones en torno a la esclavización de los indígenas, a las masacres cometidas por los capitanes conquistadores, incluso entre ellos mismos, y que dieron pábilo a la nominada “leyenda negra” del reino español, escandalizada y polemizada por los seguidores y detractores de Fray Bartolomé de las Casas.
En tal contexto nacen los primeros héroes del imaginario cívico centroamericano, los caciques indígenas que habrán de pervivir 500 años después como primarios fundadores de la nacionalidad y que resistieron a la primera oleada de la invasión castellana, desde 1525.
Nos referimos al cacique Paris de Castilla del Oro (Panamá), a los 18 guerreros Tapaligüil de León (Nicaragua), todos atacados por Pedrarias Dávila; al cacique Çicumba (Çoçumba, Socremba, Joamba ) de Ticamaya, que combatió por su territorio doce años, y a Elempira, ambos de Honduras, que aglutinó a treinta mil guerreros; y a Tecún Umán de Guatemala, al mítico Atlacatl de El Salvador y a Garabito de Costa Rica, entre muchos otros reconocidos u olvidados por el tiempo[2].
Y aquí debemos detenernos para obtener una primera conclusión. Cuando esos caudillos indígenas asumen su posición de capitanes para oponerse a que su comarca sea absorbida por el dominio europeo, la tesis de los derechos humanos aún no existía; hacían falta centurias, hasta el período de la Ilustración, para que los filósofos concibieran la idea de que el hombre ––y no dios, la religión o los reyes–– fuera el motor de la historia.
Aunque no teorizado ––o sea, no sometido a reflexión crítica–– el pensamiento que conjunta a todos esos guerreros primitivos es el de la defensa territorial, que es decir de los grupos humanos que allí residen. La invasión militar española cae sobre ellos para secuestrarles una posesión o derecho, el derecho de la convivencia y la paz, el de la tierra como residencia de antepasados y espacio para las generaciones futuras, el de su fuente de alimento, de pertenencia y de imaginación, el derecho a la dignidad como seres humanos con raíces y sueños de porvenir…
Cuando el 26 de Agosto de 1789 la Asamblea Constituyente de Francia emite la primera declaración de derechos conocida, afirma:

“la ignorancia, la negligencia o el desprecio de los derechos humanos son las únicas causas de calamidades públicas y de la corrupción de los gobiernos”.

Y siglo y medio más tarde, en 1948, proclama la Organización de Naciones Unidas:

Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.
(Artículo 4. Declaración Universal de Derechos Humanos).

Se puede aseverar, entonces, que un importante componente de la filosofía de derechos humanos nace en América tras la práctica continuada de violencia que los reinos centro europeos ––inglés, francés, portugués, holandés y belga, no sólo el español–– cometen en la América continental e insular, así como en el antiguo Congo de África[3]. Pinto Soria afirma al respecto:

Los traumas y fracturas que ocasionó la Conquista en la sociedad indígena fueron, desde luego, irreversibles; numéricamente en algunos lugares fue al final diezmada ––Honduras y Costa Rica–– y en otros como Guatemala no logró recuperarse durante tres siglos de dominación colonial[4].




Conquista y colonización no fueron, precisamente, “encuentro de dos mundos”
sino esclavitud y groseros vasallajes…

Tras una fatiga de 300 años de abuso colonialista el peso de las tesis revolucionarias de Montesquieu, Descartes, Rousseau y Diderot, entre otros, concluyen por ablandar al duro peñón imperial y en la década de 1800 se relaja el ambiente dictatorial de la monarquía española y surgen nuevas propuestas de gobierno y democratización.
Aparecen entonces dos figuras cimeras en Centroamérica, ideólogos de la autonomía aunque con opuesta aproximación cada cual.
Mientras que el prócer de Guatemala, Pedro Molina, y su esposa Bedoya, piden la independencia de España absoluta y de inmediato, el representante del racionalismo filosófico, José Cecilio del Valle, cree que antes de otorgar la libertad al pueblo se debe educarlo, para que la administre juiciosamente.

Las diferencias entre Valle y Molina no fueron de fondo sino tácticas: Valle era gradualista, Molina exigía transformaciones inmediatas[5]

Valle (Honduras 1772-Guatemala 1834) es figura excepcional no sólo en cuanto a su capacidad como pensador, literato, filósofo, científico, naturalista, economista y político, sino también como educador. Es el primero que pregona en la Centroamérica de 1830 el valor de una nueva ciencia titulada Estadística y que puede procurar a los pueblos inmensas satisfacciones informativas y de comparación, útiles para el buen manejo de gobiernos.
Inmerso en una sociedad abismalmente inculta, con analfabetismos próximos al 99%, y con una burocracia oficial que lo único a que aspira es a complacer a su señor ––sea ese el inmediato gobernador o el rey en la lejana península–– del Valle hace del objeto de la ciencia un sueño de libertad.
Para entonces (1820) el reino de Guatemala está constituido por cinco provincias: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, siendo la primera el centro desarrollado, con las autoridades coloniales, y las otras la periferia subdesarrollada.
Sin conocer la doctrina de derechos humanos, que aún no existía como tal, Valle proclama la necesidad de sustentar toda decisión política sobre una base económica beneficiosa para el ciudadano común. La independencia de 1821, dice, no fue el único propósito de los centroamericanos cuando la proclamaron, pues

¿qué [se] habría adelantado si al gobierno español, inglés o portugués que la regía hubiera sucedido un gobierno despótico? La América se proclamó independiente con dos objetos: [1] tener en su mismo seno el gobierno que debía dirigirla y [2] organizarlo de modo que fuese justo y protector de los derechos individuales de los hombres[6].

Al hablar de derechos individuales” Valle ––único centroamericano admitido a la Academia Francesa–– aviva desde el remoto centro de América las tesis mismas de los grandes maestros de la Ilustración, particularmente en lo que concierne a la necesidad de un Estado que garantice el ejercicio pacífico y estable de la libertad política y la propiedad, entre otros componentes. Y para ello, insiste Valle, se ocupan renovados métodos de educación pública, capaces de hacer que el individuo conozca sus derechos y pelee por ellos en plena conciencia.

Los pueblos que quieran ser libres es necesario que aprendan a serlo; y esas lecciones sólo puede darlas un sistema nuevo de educación[7].

Va mucho más allá, incluso, y recomienda se establezca en cada provincia escuelas de ciencias políticas para entrenar a la nueva clase dirigente.

Ha habido escuelas para enseñar a manejar el cañón y esgrimir la espada, y no se han fundado para enseñar a gobernar…[8]

Le preocupa que el despotismo encuentre asilo propicio en América debido al analfabetismo y superstición de las gentes, y por la ausencia de formación cívica en gobernantes y gobernados. Se interesa además porque el gobierno se constituya sobre la base orgánica de dos poderes complementarios, Legislativo y Ejecutivo, enmarcados forzosamente ambos en las reglas y prescripciones de una Constitución Política moderna. “Moderna”, desde luego, con los valores de 1825.
Varios de sus discursos académicos y oficiales insisten además en la eliminación de la pena de muerte, tan abusada por el régimen colonial, y en que se armonice la relación entre Derecho y Economía Política, ya que esa liaison producirá leyes benéficas para el derecho ciudadano.
En síntesis, entonces, la vida de Valle es dedicada al cultivo de las ciencias, pero no por ellas mismas sino como sustento teórico y práctico para defensa de los derechos comunales.
Por estas y otras motivaciones Arturo Arias ha mocionado para que Valle sea considerado “padre de los estudios culturales” en América, ya que antes que José Martí (1853-1895) ––hasta ahora honrado con tal titulo–– practica en época temprana los fundamentos de esa disciplina de hoy[9].

el pensamiento latinoamericano se suele iniciar con el ensayo Nuestra América (1891) del poeta cubano José Martí, publicado en Nueva York y luego en ciudad de México, y con el Ariel (1900) del ensayista uruguayo José Enrique Rodó [pero más bien] podríamos afirmar con solidez que los estudios culturales latinoamericanos no se inician con los ensayos de Martí, sino que tienen a Valle como punto de partida en la década de los 1820 (…) mi objetivo no es tanto hacer panegírico de Valle, como argumentar que, guste o no, tenemos que ubicarlo en el inicio mismo de los estudios culturales centroamericanos y, sin duda, latinoamericanos, por ser el primer pensador en articular discursos conceptuales en términos interdisciplinarios y culturales desde una perspectiva epistémica continental, fenómeno que prácticamente no se repetiría sino hasta fines del siglo diecinueve[10].

Valle forma parte del distinguido grupo de diputados e intelectuales a quienes se convoca para instalar la primera asamblea constituyente de Centroamérica[11], entre cuyas delicadas tareas se encuentra definir el sistema de unión y gobierno que van a estilar las cinco provincias de su territorio; iniciar la composición de las leyes de la nueva república y, en globalidad, dibujar su perfil democrático.

Cuando la independencia se produce, acarrea consigo un derrumbe de las instituciones de gobierno colonial, fuertemente centralizadas, y se crea un vacío de poder. Y en el desmantelamiento de las viejas estructuras administrativas y constitución de las nuevas unidades políticas, se produce también un abandono de la vieja teoría del derecho divino de los reyes ––que sirvió para legitimar los regímenes monárquicos–– y la adopción de las nuevas ideas liberales republicanas[12].

Imbuida de un alto espíritu humanista, una de las primeras resoluciones de la Asamblea declara abolida en Centroamérica la esclavitud (Abril 24, 1824), ocurriendo este fenómeno nueve años antes que Inglaterra, 39 antes que Rusia y Estados Unidos, y 65 antes que Brasil[13].
Declara asimismo la tolerancia a todos los cultos (Mayo 2, 1832), con lo que rompe un monopolio extenso y secular, el de la iglesia Católica, otorgando un derecho más ––entonces llamados individuales o ciudadanos–– a la sociedad.

Pensamiento federalista
Simultáneamente surge en Centroamérica la extraordinaria figura histórica de Francisco Morazán, Jefe de Estado en Honduras (1827-1828), en El Salvador (1839-1840), en Costa Rica (Abril a Septiembre 1842) y Presidente de la República Federal de Centroamérica (1829-1838).
Morazán llena miles de páginas de la historia regional, con frecuencia más por sus acciones militares destinadas a defender el sistema federativo que por sus propuestas cívicas ante el Congreso o por su pensamiento liberal, dentro del que ocupa sitio de privilegio el tema del derecho ciudadano.
La bibliografía acerca de este prócer es abundante, escrita tanto en el siglo XIX como en los subsiguientes, siendo su legado todavía polémico en países como Guatemala y Costa Rica. Su pensamiento directo se encuentra en pocas páginas (Memorias, Manifiesto de David, Testamento), siendo su acción política y de gobierno las que iluminan mejor su desempeño democrático[14].
En primer lugar, Morazán se destaca por un intenso respeto a los pueblos constitutivos de la Centroamérica de su época, sin excepciones. Al pueblo de la zona selvática de La Mosquitia, que es aliado del reino inglés y por tanto opuesto a la Federación centroamericana, apenas si le dirige el epíteto de “salvaje”, pues comprende que la baja educación y nulo sentido político de esos indígenas es lo que facilita su alienación.
En Enero de 1830 desactiva una rebelión indígena en el actual Departamento de Olancho, en Honduras, asistiendo a conversar con sus jefes bajo un árbol, sin armas ni guardaespaldas, antes que castigarlos y reprimirlos. En 1838 triunfa la subversión inspirada por el caudillo mestizo Rafael Carrera en Guatemala, a quien acompañan miles de indígenas y a quien Morazán busca convencer para la paz en vez de lanzar sobre ellos el poder de las armas; y suscribe con la gente de Carrera un convenio que estos pronto desconocen.
Durante once años de vida política y militar Morazán sustenta la leyenda de que nunca maltrata a sus prisioneros de batalla y que más bien les guarda consideración. Y llega a tal grado esa convicción entre sus enemigos que en cierto caso el jefe opositor Aycinena le deja una nota, antes de huir, donde le encomienda a sus propios soldados heridos[15].
Esas evidencias históricas identifican la praxis de una ética humanista y liberal distinta de los estilos europeos tradicionales de hacer la guerra; que es decir de construir la paz.
A pesar de su formación autodidacta Morazán fortalece, durante los ocho años de sus dos gobiernos como Presidente, a las redes intelectuales y unionistas articuladas en el área, a fin de asegurar la continuidad y pervivencia de la nación federada. Esos círculos liberales requerían de vigor constante pues debían enfrentar una lucha permanente contra viejos y nuevos opositores conservadores, incluyendo personas, vicios y residuos del antiguo sistema colonial.
Para ello se rodea con, y articula a, simpatizantes del pensamiento republicano (los fiebres o anarquistas), por cuanto son estos quienes adversan al statu quo y reclaman su transformación. Contra ellos expresan oposición los conservadores (serviles o aristócratas) integrados por el clero, la nobleza esencialmente guatemalteca (experimentada en administración y privilegios del gobierno español), terratenientes y una vasta población analfabeta, supersticiosa en religión, ausente de cultura política y celosa ante la menor propuesta de cambio.
Desde el día mismo en que se instala la Asamblea Constituyente (Junio 24, 1823), como posteriormente en el congreso regular que conoce Morazán, se declara, aunque a soto voz, la profunda batalla ideológica que va a escenificarse en el tablado político de Centroamérica durante la década. Por ello es importante detenerse aquí un instante para conocer su repercusión sobre la teoría y práctica de los derechos humanos.

a) Idea de nación
Lo primero que debe destacarse es que en tal instante, es decir en 1823, no existe en la zona un concepto estructurado de nación. La idea misma de “Centro América” es factualmente exótica —pues, ¿por qué y en qué nos vamos a asemejar salvadoreños con guatemaltecos, los hondureños y nicaragüenses con los costarricenses?—, carecía de sustancia teórica y apenas si empezaba a formularse.
Así que lo único que presta vida a ese joven cuerpo político es, mejor que nunca, un imaginario, esto es una indefinida colección de ideas y sentimientos en torno al modo en que deben resolverse los conflictos históricos de toda esa región, y la forma en que deben agruparse sus igualdades y similitudes para que de simple manifestación pública asuman expresión política. García Laguardia recuerda cómo en el Acta de independencia de 1821 jamás se menciona la palabra “república”[16].
Era grave y difícil la tarea de los ideólogos de ese tiempo, casi taumatúrgica: la de imaginar e inventar una nación, y durante 19 meses la Asamblea Constituyente genésica produce 784 actas, 137 decretos y 1186 órdenes[17]. La nueva Constitución se adhiere a un gobierno republicano representativo constituido por los tres poderes del pacto social y que es lo que ahora más interesa emite una declaración de los derechos del hombre y del ciudadano sobre la base de los principios aceptados de igualdad, libertad, propiedad y seguridad.
Lógicamente, se recurre a modelos y el más visible, por exitoso, es el federativo de Estados Unidos, si bien no se le copia en forma íntegra[18]. Son muchas las discusiones registradas sobre el tema en el seno de la Asamblea Constituyente, y desde luego muy amplias las dudas.
Estados Unidos nace tras una experiencia colonial relativamente corta, y no como la centroamericana, que dura 300 años. Proviene de un modelo económico diferente al español, más libre en sus relaciones productivas y comerciales. Pero particularmente —entre otros factores— la población que lo habita trae desde su momento de ingreso mejor calidad educativa que la local centroamericana[19]. Adicional a que su actitud mental es proclive a lo rebelde, al desarrollo y la invención, a la exploración de mundos y océanos y al mercantilismo, en tanto que Centroamérica cuenta con una escasa —realmente escasísima— masa crítica intelectual, con una demografía humana de pobre calidad educativa y con vicios heredados de una cultura de protocolos despóticos, discriminatorios y asentados sobre la base del poder exclusivista, no de la inclusión.
Los legisladores de la Asamblea de 1824 reconocen con exactitud la compleja tarea:

Crear un nuevo orden político sobre las ruinas del despotismo ––dicen–– sin el gran cúmulo de conocimientos teóricos y locales que exigen las instituciones modernas: acomodarlas a pueblos heterogéneos, incultos y absolutamente diversos de aquellos de donde vinieron esos principios, sin un plano estadístico ni topográfico, sin tener siquiera un censo de la capital, sin suficientes datos históricos de las costumbres y carácter de sus habitantes, y de su fuerza y capacidad para ser libres, fue para la Comisión un empeño arduo y fatigante excepto porque la estimulaba el victorioso deseo de dar un principio vital a la patria [texto sintácticamente ajustado][20]

La plataforma ética en que se apoya esta Comisión para configurar la Constitución federal centroamericana proviene de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano[21] decretada por la Constituyente francesa en Agosto de 1789, no sólo por ser el documento cívico más avanzado a la fecha sino porque la mayoría de legisladores centroamericanos deriva intelectualmente de la Ilustración y el Enciclopedismo ––como Valle––, pues son liberales republicanos, devotos de Francia y Estados Unidos[22].
Son documentos políticos y teóricos que en principio nacen también del espíritu de la declaración de derechos individuales formulada en Virginia (Estados Unidos) en época temprana y luego en Francia[23].
Nuestro propósito es narrativo y no podemos entrar ahora en esos aspectos. Pero sí debe destacarse que los legisladores de Centroamérica, tanto en la Constituyente de 1824 como en las sucesivas sesiones del Congreso Federal, se inspiraron en la filosofía ética de los derechos humanos nacida en Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Hay escasa referencia al pensamiento de oriente o de India, mientras que el latino americano todavía no existe aglutinado como tal, término este que no nace sino hasta 1856, cuando la lucha contra el filibustero William Walker[24].

Guerra contra la esclavitud
Y es precisamente en este período de la década de 1850 cuando América Central libra su batalla histórica contra el más horrible abuso humano, que es la esclavitud. El abogado, médico y periodista de Memphis, William Walker, arriba a Centroamérica contratado como mercenario por la facción Demócrata de Nicaragua para combatir al partido Legitimista, pero tras ciertos desarrollos políticos acaba convirtiéndose en presidente de ese país.
Entre sus intenciones declaradas figura restablecer el trabajo forzado en Nicaragua y posteriormente en Centroamérica, si consigue ampliar su dominio a otros países del istmo[25].
Como consecuencia esos otros Estados organizaron un ejército asociado que avanzó sobre Nicaragua y venció a Walker, quien huyó de retorno a Estados Unidos vía Panamá, de donde volvió en 1860 con otra fuerza expedicionaria y filibustera.
Esta fue derrotada y Walker fusilado en Trujillo, el mismo sitio Atlántico donde Cristóbal Colón había celebrado su primera misa continental casi cuatro siglos antes.
Mucho antes de que Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) acuñara su grito libertario de “civilización o barbarie” los Estados centroamericanos se enfrentaban a un dilema trascendental: permitir que un nuevo colonialismo se impusiera en sus tierras o combatirlo.
Ese joven imperialismo amparado en la doctrina del Destino Manifiesto, y que fuera encarnado por William Walker y otras fuerzas dominantes de Estados Unidos, agredía directamente al débil equilibrio de los derechos ciudadanos en la región. No es que los gobiernos locales fueran modelo de respeto a la condición humana, sino que ahora el asunto dejaba de ser un juego político interno para convertirse en un intento de dominación por fuerzas externas.
Quiero decir que la acción de Walker pone en peligro la existencia misma de las naciones centroamericanas del momento, situando en riesgo, con ello, al frágil edificio de justicia, equidad, paz y convivencia que el sistema jurídico post-federal venía construyendo lentamente en cada república.
La Gaceta de Guatemala advertía a los nicaragüenses tener cuidado con Walker pues era seguro que con él:

They would soon lose their language, religion, social customs, and Spanish-American traditions. They would be humiliated, scorned, and driven into a miserable corner of Nicaragua, prisoners of foreign exploiters[26].

Esta fue, probablemente, la mayor amenaza que los países centroamericanos hayan enfrentado en torno a su identidad y a la vigencia constante de los derechos ciudadanos establecidos en sus cartas constitucionales.

II.- LA MODERNIDAD

Un viento matutino, pletórico de efluvios,
Sobre todas las frentes de la América avanza.
Juan Ramón Molina. “Águilas y cóndores”.

Existen discusiones en torno a la época en que la región centroamericana ingresa a la modernidad. Para algunos es desde la épica colectiva contra Walker, para otros hasta ya avanzado el siglo XX.
No interesa tanto definir ese proceso sino destacar cómo tras la disolución del gobierno federal, a fines de la década de 1830, y luego del nacimiento de los Estados nacionales centroamericanos en la década de 1840, siguió una larga lucha entre liberales y conservadores con el propósito de restaurar la Federación los primeros, o mantener el statu quo colonial los segundos.
Al entrar esos jóvenes Estados a la modernidad, la naciente libertad de pensamiento y lecturas, así como el nuevo orden económico y comercial establecido, alientan a que surjan artes hasta entonces sólo instrumentales (utilitarias para la religión), como la literatura.
En el caso de Honduras es interesante conocer cómo los llamados gobiernos de la Reforma Liberal (1876-1890) socializan la oferta cultural mediante la creación de archivos y bibliotecas nacionales, diarios y gacetas, la constitución de bandas y orquestas clásicas y populares, la erección de estatuas y monumentos conmemorativos, la convocatoria a certámenes literarios y la publicación de libros, entre otras acciones de proyección intelectual[27].
La aplicación del método sociológico a algunas producciones artísticas nacidas entre 1900 y el presente ofrece un rico depósito de manifestaciones relacionadas con los derechos humanos. Muchas de ellas son retrato de la vibración de su época y en alguna forma captan la conmoción social de entonces permitiendo lecturas no sólo estéticas sino también políticas, económicas y antropológicas.
Se puede leer The grapes of wrath, de John Steinbeck, por ejemplo, tanto desde el ángulo exquisitamente literario como de otras disciplinas, y lo mismo se puede hacer con Leaves of grass, de Whitman o aplicar una red psicoanalítica para estudiar el Hamlet.
En el caso de Centroamérica, y específicamente de Honduras, las leyes entonces emitidas facilitan conocer los avances oficiales logrados en torno a derechos humanos, pero la literatura escrita es la que permite comprender la demanda colectiva y el grito social de cada momento. La literatura actúa entonces como barómetro de las circunstancias y particularmente de la demanda histórica.
Castañeda Batres advierte cómo a inicios del siglo XX los escritores fueron, además de poetas

hombres públicos, ligados estrechamente a la política y a las luchas civiles de su pueblo[28].

A fines del siglo XIX y principios del XX los intelectuales se convierten entonces en agentes motivadores del cambio político y su primer reclamo es por el respeto a la democracia. Este comprende el derecho de elegir y ser elegido pero igualmente el de la alternancia en el poder y el rechazo a la dictadura.
El registro de la producción romántica primero, y modernista después, efectuado por la crítica Helen Umaña revela cómo entre poemas al amor y la naturaleza los autores producen escritos artísticos que demandan la vigencia del derecho político a vivir en democracia.
En el soneto “La musa heroica” José Antonio Domínguez (1869-1903)[29] redacta un como manifiesto militante al pedir a los poetas que se comprometan en la pelea social y que en vez de metáforas conciban pensamientos:

Lanza las flechas de oro de la idea;
depón el culto de Eros y proclama
otro mejor; la lucha te reclama:
yérguete altivo en la social pelea.

A la vez, y con el propósito de vigorizar el sentido de identidad nacional, poetas, narradores y periodistas publican obras que exaltan la acción de próceres y fundadores, mayormente en torno a las figuras cívicas de Francisco Morazán, del honrado José Trinidad Cabañas y del sabio José Cecilio del Valle[30], de quienes destacan las virtudes de honor, honestidad, solidaridad, fraternidad y amor patrio. Estos modelos humanos son propuestos a la sociedad como emblemas de los mejores valores humanistas, y por ende de la práctica más justa y equilibrada del derecho individual y colectivo.
El poeta Juan Ramón Molina (1875-1908) supera al discurso abstracto hasta entonces imperante y cuando parte al exilio, en 1892, se queja, concretamente, del sufrimiento real de su sociedad, dominada por un dictador. Una estrofa de “Adios a Honduras” expresa que el pueblo es como un cóndor que extiende sus alas a la libertad, pero que

al remontarse a coronar su anhelo
un audaz tiranuelo
se las ha cercenado con las balas.

El poema es pródigo en adjetivos duros, tales como “mandatarios estúpidos y abyectos”, “despotismo”, “guerras intestinas” e “infamia”, y revela un temprano nacimiento de la poesía de protesta, distinta de la previa romántica o modernista en donde la palabra era escasamente de denuncia y mayormente dedicada a la práctica lúdica.
Similar actitud adopta su contemporáneo Froylán Turcios contra las guerras civiles ––que son concretas transgresiones al derecho de la convivencia y la paz––, y de quien asevera el poeta José Antonio Funes:

nunca estuvo alejado de las luchas políticas de su país[31].

a) Angelina
La primera novela reconocida como tal en Honduras, el libro “Angelina”, de Carlos F. Gutiérrez (1861-1888), es en sí una ancha metáfora sobre el sufrimiento del pueblo a manos de gobernantes que vulneran los derechos humanos. La obra relata la existencia de una bella joven aldeana nombrada Angelina, a la que un fortachón, que adicionalmente es retrasado mental, rapta, domina y viola en una cueva de montaña.
Gutiérrez, que es romántico, concibe en Angelina a la patria: hermosa e inocente, por lo cual ella se aproxima sin malicia ni temor a los riesgos, pues no teme le hagan daño. Pero el mudo Julián tiene otras intenciones sensuales, cuales son las de posesión y lascivia.
Y de allí que, como hacen los tiranos, tras huir del dominio a que lo sujeta la democracia, captura a Angelina y la encierra sin derechos a pensamiento, expresión, movilidad o independencia, menos a escoger su determinación intelectual o de género. Hasta que los ciudadanos de la villa ––que representan a lo educado y la civilización–– se juntan para rescatar a la muchacha pero llegan tarde para ello. Ante el ultraje Angelina se lanza a un abismo y al loco, es decir a Julián, lo amarra el pueblo a un poste, de donde se espera que nunca escape.
El maestro Arturo Alvarado ve en “Angelina” a la eterna lucha entre naturaleza y cultura[32].

b) La época sandinista
Un caso aún más interesante se da en la relación del poeta hondureño Froylán Turcios (1874-1943) con el líder rebelde nicaragüense Augusto C. Sandino, ya que en este caso el literato se sale de la ficción para defender el derecho real a la soberanía que tienen los pueblos.
Como se conoce, la Infantería de Marina norteamericana desembarca en Nicaragua para estabilizar al país tras las luchas internas, pero permanecen allí, contra la voluntad nacional, hasta 1933. Debido a que Nicaragua había sufrido previamente (1855) la presencia de filibusteros como William Walker, esta intervención de los Marines genera temor y desconfianza de que pueda convertirse en una ocupación general.
Sandino, que entonces es un dirigente menor, se alza en armas y durante seis años (1927-1933) conduce una lucha permanente de guerrillas contra la presencia militar norteamericana hasta que consigue expulsarla del país.
En cierto momento (Septiembre de 1927) Sandino y Turcios establecen comunicación y desde entonces hasta 1929 Turcios se convierte en vocero internacional del movimiento rebelde nicaragüense[33], contribuyendo de tal forma a que las libertades cívicas se restablezcan en Nicaragua, que es decir las prácticas y derechos democráticos de los ciudadanos.
Para tal fin Turcios escribió cartas a intelectuales y políticos famosos del mundo, ante quienes elogió la hazaña de Sandino, así como redactó artículos, ensayos, poemas, y dirigió revistas donde reproducía los partes de guerra de aquel y exaltaba su gesta. Poco más tarde ambos romperían, alegando Turcios que Sandino se había convertido en un político más de los tradicionales en Centroamérica y dejado de ser el héroe que había conocido.

III.- Hacia el presente
La región ha producido escasa teoría sobre el tema de derechos humanos y se ha concentrado, más bien, en ratificar todas las convenciones internacionales acerca de la materia. Ha sido muy rica, en cambio, en expresiones colaterales sobre la vigencia y violaciones al derecho humano, y su literatura imaginativa (novelas, cuentos, poemas) está plagada con manifestaciones directas o metafóricas al respecto.
Una ancha veta para ese tipo de literatura nació cuando los escritores decidieron trasladar a sus libros las historias de los obreros de las empresas bananeras. Estas compañías arriban a Honduras a fines del siglo XIX y durante los siguientes 60 años crecen en forma poderosa hasta adquirir la capacidad de cambiar gobiernos, imponer ministros y diputados, iniciar o detener revoluciones, así como ejercer enorme influencia económica y política sobre la sociedad[34].
Pero así como generaron muchos beneficios tecnológicos y de empleo, igual cometieron graves faltas y abusos, los cuales han sido dramatizados en varias obras literarias. En Opalinaria, por ejemplo, Juan Alger ficciona la forma en que ––como se supone ocurrió en la realidad–– los directivos de la Cuyamel Fruit Company sobornan a un presidente de la república. En la novela Barro la escritora Paca Navas de Miralda reconstruye las artimañas empleadas por los funcionarios de Standard Fruit Company (antes Vaccaro Bros. Co.) para apoderarse de terrenos rurales y urbanos de la ciudad La Ceiba, y los artificios mediante los cuales evaden impuestos, exceden las concesiones otorgadas por el Estado y someten a la región a su dominio económico. En Prisión Verde el laureado autor Ramón Amaya Amador detalla con minuciosidad casi científica la serie de violaciones que la United Fruit Company realiza contra los derechos laborales e incluso cívicos de sus empleados.
Aunque compuestas por inspiración literaria, estas y otras obras similares del período son denuncias puntuales contra los abusos que el poder transnacional practica en Honduras y en los cuales cuenta, frecuentemente, con el aval o complicidad de las autoridades nacionales.
Los abusos presentados en esta literatura de denuncia se refieren mayormente a la explotación del obrero “campeño” de la región Atlántica de Honduras: salarios injustos o discriminatorios, racismo, represión económica e incluso política y policial, manipulación del pago laboral al hacerlo con vales o tokens en vez de dinero, y los cuales sólo pueden ser cambiados en tiendas de la empresa (comisariatos), subvaloración de la mujer, otros.
Tras la represión militar contra un movimiento campesino que reclama mejores condiciones de vida y trabajo, observa Navas de Miralda en Barro:

La forma como terminara la huelga en conato (…) hubo de de ser para el proletariado costeño la negación absoluta de sus Derechos Humanos (p. 164).

Para conocer en forma íntegra el conflicto por estos derechos en la época bananera, la literatura de ficción gestada durante el período es muy ilustrativa.
Casi simultáneamente se da otra línea de protesta en la literatura, provocada por la dictadura de Tiburcio Carías Andino (1876-1969), quien fue electo a la presidencia en 1932 pero que extendió ilegalmente su mando por 16 años, hasta 1948. Su largo gobierno produjo estabilidad y normalidad económica a Honduras según algunos autores[35] pero desencadenó a la vez un sistema tan bien organizado de delación, persecución y represión que la historia lo identifica bajo tres terribles palabras: encierro, destierro y entierro. Su policía secreta fue modelo para otras tiranías[36].
Bajo el reino de Carías fueron transgredidas todas las expresiones del derecho humano[37]. Violó los básicos derechos democráticos al quedarse en el poder sin sufragio popular; los de género pues durante su gobierno fueron escasos los adelantos oficiales en favor de la mujer, a la que negó el voto; los de los seis pueblos indígenas originarios ya que con excepción de los Mayas, que escasamente ocuparon territorio de Honduras, los desconoció; los del sindicalismo, al que reprimió; del derecho político al hacer que su Congreso burlara lo estatuido en la Constitución; del derecho económico al privilegiar a élites amigas, y especialmente a las empresas fruteras, con exenciones y dispensas aduanales, dejando al pueblo sin la menor oportunidad de beneficiarse con tales negocios; del derecho de comunicación pues impuso censura férrea y, en fin, de todas las formas humanistas y democráticas de la modernidad, que Carías reiteradamente vulneró.
Es la dictadura más extensa ocurrida en Honduras pero, como si el pueblo perdonara sus acciones, fue muy llorado tras fallecer tranquilo en su lecho familiar en Julio de 1969. Posiblemente porque, a pesar de todas las violaciones que produjo a los derechos ciudadanos, respetó uno: el enorme hastío popular que ya no lo soportaba en 1948.
Un contemporáneo exilado por Carías en México, el poeta Jacobo Cárcamo (1916-1959), con flamas de ira política apostrofa[38]:

Desde oscuros sepulcros
mil dedos te señalan,
indispensable sátrapa
recostado en un lecho de bayoneta y sangre,
estiércol de la historia de mi Patria.
Hirohito mestizo,
Mussolini de lata.

Cuando se analiza este tipo de procesos sociales queda la sensación de que el desprecio y la violación a los derechos humanos ha sido la constante más grande de la historia, pero no es verdad. La constante más extensa y permanente ha sido la resistencia a esa violación.
En la biografía de los pueblos encontramos siempre figuras y organizaciones que lucharon por devolver el respecto a la condición humana y que incluso se sacrificaron por ello. Y de la misma forma, como resonancia, como registro desde el ángulo estético, existen también múltiples formas artísticas que exhiben y representan la vibración ética de su momento, incluyendo la evolución social de los derechos humanos.
La pintura, la escultura, la música y desde luego la literatura, entre otras artes, muestran, sabiendo leerlas, la temperatura de este tema entre los individuos y las comunidades, pues advierten del grito de alarma y queja de los oprimidos e irrespetados en sus derechos, de los avances y los retrocesos, del concepto e ideas predominantes, pero sobre todo de la dinámica con que las sociedades se mueven en búsqueda de un estadio superior de desarrollo donde el derecho del individuo sea visto como algo prácticamente sagrado.
En los siguientes cincuenta años después del gobierno de Carías, y que concluye a medio siglo XX, ha habido muchos más autores literarios en Honduras que, en forma directa o alusiva, han hecho de la defensa de los derechos humanos un objetivo principal.
Pero esa es otra historia que, ojalá, podamos conversar en una próxima ocasión.
Muchas gracias.

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[1] No le era raro tal procedimiento. En A people´s history, Zinn dice: “This was to have enormous consequences: it led Columbus to take some of them aboard ship as prisoners because he insisted that they guide him to the source of the gold”. And: “he took more Indian prisoners and put them aboard his two remaining ships”. p. 3.
[2] Pastor Fasquelle. Biografía de San Pedro Sula: 1536-1954. San Pedro Sula, Honduras, Centro Editorial, 1989.
[3] Ver la terrible novela de Mario Vargas Llosa, El sueño del Celta, y su complemento historicista: Williams et al. La tragedia del Congo.
[4] Pinto Soria, Ed. “El régimen colonial (1524-1750)”. Historia General de Centroamérica. p. 12.
[5] Arias. Configurando los estudios culturales centroamericanos.
[6] García Laguardia. “José del Valle. Ilustración y Liberalismo”. p. xxvii. Opuesto a esa visión es el libro de López Jiménez. Valle. Fouché de Centro América… Leer por equilibrio: Oquelí, Ramón, Ed. Antología de José Cecilio del Valle, y, Leiva Vivas. Vigencia.
[7] Del Valle. Plan de la Constitución política de la nación Mexicana. Cit., en García Laguardia, p. LIII.
[8] Idem.
[9] Arias. Op. Cit.
[10] Idem.
[11] Sus figuras fueron Mariano Gálvez, Francisco Barrundia, José Simeón Cañas entre otros. Ver: Pinto Soria. “La independencia y la Federación” en Historia General de Centroamérica, pp-73-136.
[12] García Laguardia. De Bayona a.
[13] Ídem
[14] Ortega. Morazán, laurel sin ocaso. Para endosos literarios sobre su vida, aunque históricamente correctos, ver mi libro: El General Morazán marcha a batallar desde la muerte (novela), 2012. Griffith amplía el conocimiento de los escritos del héroe en: The personal archive of Francisco Morazán.
[15] Ver Rosa. Historia del Benemérito. pp. 123-139.
[16] García Laguardia. De Bayona
[17] Ese corpus jurídico “se orientó a constituir el nuevo país: formuló las nuevas denominaciones al darle el nombre de Provincias Unidas del Centro de América; organizó un ejecutivo colegiado de tres miembros; declaró religión oficial la Católica; garantizó la inmunidad parlamentaria; se prometió a reconocer la deuda pública; declaró la igualdad ante la ley; confirmó a las autoridades existentes; creó la primera biblioteca pública ya que las existentes, algunas importantes, eran privadas y de acceso limitado; abolió tratamientos [los de excelencia, señoría, don, otros similares]; derogó disposiciones discriminatorias para hijos ilegítimos; dictó regulaciones migratorias favorables a los extranjeros; creó los emblemas nacionales; abolió la esclavitud; reconoció el derecho de asilo; aplicó inquisición revolucionaria contra empleados adversos al nuevo régimen; excitó a las asambleas americanas para realizar un Congreso continental, antecedente del proyecto de Bolívar, idea precursora en la que Valle tiene papel protagónico, y con gran interés siguió los pasos del Congreso de Panamá y designó los representantes guatemaltecos”. Idem. Ver asimismo: Luján. La recepción del constitucionalismo moderno.
[18] “Al trazar nuestro plan, nosotros hemos adoptado en la mayor parte, el de los Estados Unidos, ejemplo digno de los pueblos nuevos independientes, mas hemos creído hacer alteraciones bien notables y crear, por decirlo así, todo lo que debe acomodarse a nuestras circunstancias o ajustarse a los más luminosos principios que desde la época de aquella nación han adelantado en mucha parte la ciencia legislativa. Tuvimos, sobre todo, presentes las Constituciones de España y Portugal, la federativa y la central de Colombia y toda la legislación constitucional de Francia ... nosotros hemos aprovechado alguna parte de las máximas establecidas en todas estas instituciones y combinándolo todo con nuestras ideas, nos propusimos una Constitución peculiarmente nuestra y singularmente ajustada a los principios”. Informe de la Comisión, cit., por García Laguardia en De Bayona…
[19] Passim. Zinn. A people´s history.
[20] Informe de la Comisión, Op. Cit.
[21] Cuya primera traducción americana al castellano, producto de Antonio Nariño y publicada en Bogotá en 1793, debió ser perfectamente conocida y circulada entre los legisladores de Centro América.
[22] La Déclaration des droits de l'homme et du citoyen (1789) fue prefacio a la Constitución de 1791. Una segunda versión ampliada conocida como Declaración de los Derechos del Hombre, de 1793, fue aprobada posteriormente en la Constitución francesa de ese año, ambas brevemente aplicadas, y seguida por la Declaración de Derechos y Deberes del Hombre y del Ciudadano, de 1795 (Constitución de 1795), decretada por el Directorio.
[23] El primer manifiesto de derechos del hombre en la época moderna es la Declaración de Derechos de Virginia, de George Mason y proclamada por la Convención de Virginia en Junio 12 1776. Influyó a T. Jefferson para la definición de derechos humanos contenida en la Declaración de Independencia de EUA, de Julio 04, 1776. Este, fundamentado en el iusnaturalismo racionalista, supone la conversión del derecho subjetivo en centro del orden jurídico. Wikipedia.
[24] Paul Estrade asevera que la expresión América Latina “se inventó en 1856 en son de reivindicación identitaria y de manifiesto político (…) el 22 de Junio de 1856, en París, delante de más de treinta ciudadanos de casi todas las repúblicas del Sur, en acto de repudio a la agresión a Nicaragua, el chileno Francisco Bilbao calificó de ‘latina’ a la América que defendía y promovía y evocó a ‘la raza latino-americana’, oponiéndola a Estados Unidos de América y al yanqui”. El 26 de Septiembre de 1856 y motivado por la misma agresión, el poema “Las dos Américas” del colombiano, exilado en París, José María Torres Caicedo, vuelve a emplear el término.
[25] Passim. Roche. Historia de los filibusteros; Morán. Potencias en conflicto.
[26] Rosengarten. Freebooters must die!, p. 211.
[27] Passim. Escoto. Imágenes de Tegucigalpa.
[28] Cit., por Umaña. La palabra iluminada, p. 46.
[29] Umaña considera que el texto “Himno s la materia” de Domínguez es probablemente “el primer gran poema de la lírica hondureña”. Op. Cit., p. 86.
[30] Escritos sobre estas figuras y temas se encuentran, entre muchos otros, en José Antonio Domínguez, Rómulo E. Durón, Jeremías Cisneros, Esteban Guardiola, Juan Ramón Molina, Froylán Turcios.
[31] Funes. Froylán Turcios. p. 200; Ver: Turcios. Memorias.
[32] Alvarado. Por otra lectura de Angelina. p. 33.
[33] Passim. Wünderich. Sandino, una biografía política; Sélser, Sandino, general. p. 189
[34] Existen muchos estudios sobre el momentum bananero, pero baste citar dos para profundizar en la materia: McCann. Una empresa norteamericana, y, Posas. “La plantación bananera en Centroamérica. 1870-1929”.
[35] Ver Cáceres y Zelaya. “Honduras. Seguridad productiva y crecimiento económico”…
[36] Inestroza. Documentos clasificados.
[37] Es abundante la literatura en torno a Carías. Básicamente se recomienda: Dodd. Tiburcio Carías. Retrato; Argueta. Anatomía; Krehm. Democracia y tiranías.
[38] Sosa. Poesía política.